Presentación de “Creadores de sombras: ETA y el nacionalismo vasco a través del cine” en Vitoria

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6 abril, 2017 · 8:03

Novedad editorial: «Nazis a pie de calle» de Jesús Casquete

Jesús Casquete, profesor titular de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos de la UPV/EHU y miembro del Centro de Estudios Antisemitismo, publica una nueva obra, centrada en las SA.

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Surgidas en Múnich en 1920 con la misión de prestar servicio de protección en actos nazis, las Tropas de Asalto («Sturmabteilung»), las SA, fueron una organización clave para que Adolf Hitler se hiciese con las riendas de Alemania en enero de 1933. Siguiendo tácticas propias del matonismo, su principal cometido fue batirse en la calle con socialdemócratas y comunistas, sin dejar nunca de lado el amedrantar a la población alemana de origen judío.
Basado en documentos de archivo, algunos de ellos inéditos, el libro aborda algunos pilares de la historia de los «soldados políticos» nazis durante la República de Weimar entre 1920 y 1933, la primera experiencia de democracia en suelo alemán que dio pie a un régimen totalitario que condujo a la II Guerra Mundial y al Holocausto.

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«¿Quién dijo miedo?», El Correo, 3-IV-2017

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¿De qué hablamos cuando hablamos de terrorismo? Existen múltiples definiciones, que a veces divergen entre sí. No obstante, la mayoría de ellas coinciden en lo fundamental: se trata de un tipo de violencia que busca un efecto simbólico, psicológico y político superior al de los daños materiales y humanos que producen los atentados. Parafraseando un lema de las Brigadas Rojas, el terrorista ataca a una víctima para asustar a cien. Y es que su herramienta básica es el miedo. Lo evidencia la propia etimología de la palabra: “terrorismo” viene de “terror”.

Los líderes de ETA lo tuvieron claro desde el principio. En 1963 Federico Krutwig escribió que era “recomendable” degollar y torturar a los policías, asesinar a políticos y militares, así como “exterminar” a sus familias. Era “una obligación para todo hijo de Euskalherria oponerse a la desnacionalización, aunque para ello haya que emplearse la revolución, el terrorismo y la guerra”. Un año después Julen Madariaga esperaba que el activista de ETA se transformase en un “gudari-militante” o “terrorista”, para el cual “engañar, obligar y matar no son actos únicamente deplorables sino necesarios”.

Una de las tácticas propuestas por Madariaga consistía en “atacar con grandes irrintzis que paralicen de miedo al enemigo”. Sus fantasías invitarían a la risa, de no ser porque quienes le continuaron al frente de la banda pasaron de las palabras a los hechos. Según un estudio del historiador Raúl López Romo, el balance de la violencia de ETA arroja un saldo de 845 personas asesinadas, un mínimo de 2.533 heridas (de ellas 709 con gran invalidez) y 86 secuestradas. A las víctimas directas hay que sumar las indirectas: los familiares y amigos de las primeras, los 15.649 amenazados (hasta 2001), así como un número desconocido de exiliados forzosos, extorsionados y damnificados económicamente.

El terrorismo también coartó la libertad de amplias capas de la ciudadanía: la de aquellos vascos y navarros que sintieron miedo de utilizar ciertos símbolos, de expresar sus ideas en público y de militar en determinados partidos políticos o movimientos sociales. Desde finales de los años sesenta ETA se dedicó a aplicar la lección de las Brigadas Rojas. Y tuvo bastante éxito en su empeño. Así, el País Vasco y Navarra son las dos únicas comunidades autónomas en las que los niños nacidos durante la etapa democrática escuchamos los mismos consejos que habían recibido nuestros padres durante la dictadura: “No te metas en política. No te señales. No llames la atención. Ten cuidado con lo que dices”. Y es que franquistas y etarras aplicaron una dialéctica similar: la de los puños y de las pistolas. La del miedo.

Por utilizar el concepto de Elisabeth Noelle-Neumann, el terrorismo propició una “espiral de silencio” en Euskadi: muchísimos vascos, sobre todo los no nacionalistas, callaron por miedo, lo que ayudó a generar un clima de opinión predominantemente abertzale: se magnificaron las expresiones, el discurso, el vocabulario y los símbolos de una de las culturas políticas vascas, mientras que se minimizó las de las otras: las izquierdas y las derechas. En ese sentido, ETA pretendió hacer realidad el sueño de las dictaduras totalitarias del siglo XX: erradicar todo atisbo de pluralidad para crear una comunidad uniforme.

Recientemente el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo ha publicado un informe que, utilizando las series estadísticas del Euskobarómetro, demuestra hasta qué punto el temor a ETA condicionó a la población vasca. Valga como muestra un botón: en mayo de 2001, tras la ruptura de la tregua, un 70% de los ciudadanos percibían miedo en el ambiente. El terrorismo hizo que muchos de ellos prefirieran no participar en política: el coste resultaba demasiado alto. Cuantas más víctimas mortales, más se aterrorizaba al conjunto de la sociedad; cuantos más atentados se producían en una localidad, más se intimidaba a sus habitantes.

El estudio revela que el miedo iba por barrios. A la hora de hablar o participar en política, los votantes de partidos constitucionalistas sentían una amenaza mayor que aquellos que apoyaban a formaciones nacionalistas. Por razones obvias: la persecución más dura la sufrieron líderes y militantes de UCD, PP (y antes AP), PSOE, UPN y UA, así como intelectuales, profesores, periodistas y otro tipo de profesionales no nacionalistas. No es justo meter a todos en el mismo saco: no faltaron nacionalistas moderados en el punto de mira de ETA. En cambio, señala el informe, a los simpatizantes de la “izquierda abertzale” el terror les afectó en menor medida. Al fin y al cabo, eran los únicos que se sabían a salvo de la banda.

ETA puso a cada ciudadano en la tesitura de elegir entre adherirse al nacionalismo radical, someterse a la ley del silencio o afrontar las temibles consecuencias de ejercer su libertad. Así, el terrorismo horadó los cimientos de la democracia en Euskadi. La degradó en un plano político y ético. ¿Cuántos de nosotros preferimos callar cuando teníamos necesidad de hablar? ¿Cuántos dejamos hacer a los matones para que no nos señalaran con el dedo? ¿Cuántos no vimos o no quisimos ver que nuestros vecinos tenían miedo? ¿Cuántos miramos hacia otro lado? ¿Cuántos todavía nos negamos a reconocerlo?

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Sergio Cañas reseña «La voluntad del gudari» en la revista «Historia Autónoma»

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Pueden descargar la recensión aquí

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Último número de la revista «Galde»

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No se pierdan el último número de Galde, que incluye un interesante artículo de Raúl López Romo y este otro, igual de interesante, de José Antonio Pérez.

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Pequeña tragicomedia vasca en tres actos

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El blog de Arovite me publica esta entrada, tejida con algunos de mis recuerdos. No se trata de una historia especial ni original, pero es mi historia. O, al menos, una pequeña parte de ella.

 

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Presentación de «Creadores de sombras» en Bilbao

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Aniversario del accidente de Los Rodeos

En las Islas Canarias actuó una banda terrorista que acabó con la vida de una persona e, indirectamente, favoreció que ocurriera la mayor catástrofe de la historia de la aviación. Sus orígenes se remontan a 1964, año en el que el abogado Antonio Cubillo Ferreira fundó el MPAIAC, el Movimiento para la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario. Haciéndose eco de los exitosos procesos de descolonización del Tercer Mundo, Cubillo pretendía hacer lo propio en las islas, a las que consideraba una nación africana conquistada, sometida y expoliada por la metrópoli española. Para ello contaba con un poderoso valedor, el Gobierno de Argelia, que mantenía un tenso enfrentamiento con su homólogo español por el control del Sáhara, lo que también explica que en 1976 proporcionase entrenamiento militar a sesenta y tres activistas de ETA. El brazo armado del MPAIAC se presentó el 1 de noviembre de aquel mismo año con una bomba en Galerías Preciados de Las Palmas de Gran Canaria. Se trataba de las Fuerzas Armadas Guanches, una banda que realizó más de sesenta atentados contra intereses turísticos, entidades bancarias y oficinas de la Administración. El 27 de marzo de 1977 el grupo hizo estallar un artefacto explosivo en la floristería del aeropuerto de Gando (Gran Canaria), que causó nueve heridos. El anuncio telefónico de que iba a tener lugar una nueva detonación hizo que los vuelos fueran desviados al aeropuerto de Los Rodeos, en la vecina isla de Tenerife. La confusión subsiguiente, la mala visibilidad y los errores humanos propiciaron que dos Boeing 747 colisionaran, provocando el más dramático accidente aéreo de la historia: hubo 583 víctimas mortales. Antonio Cubillo negó que los independentistas canarios fueran responsables del atentado del aeropuerto de Grando, si bien reconoció que en otros sitios “pusimos bombas. En cantidad”. Una de esas bombas acabó con la vida del artificiero Rafael Valdenebros Sotelo cuando trataba de desactivarla en La Laguna, en marzo de 1978. Al mes siguiente el propio Cubillo fue apuñalado en Argel, quedando inválido. En 2003 la Audiencia Nacional, confirmando una sentencia de 1990, dictaminó que aquel intento de asesinato estuvo orquestado por varios agentes de Policía, por lo que Cubillo debía recibir una indemnización de 150.000 euros. De cualquier modo, a finales de 1978 las Fuerzas Armadas Guanches declararon una tregua indefinida y al año siguiente el MPAIAC renunció a la “lucha armada”.

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Raúl López Romo: «Elogio de los justos», El Correo, 26-III-2017

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Elogio de los justos

El 22 de mayo de 1986 un pequeño grupo de unas 60 personas participó en una concentración pionera en San Sebastián. Su objetivo era denunciar que dos días antes ETA había acabado con la vida del policía nacional Manuel Fuentes Pedreira en Arrigorriaga. Para comprender la trascendencia del acto hay que ponerse en situación. Hasta entonces, la respuesta social a los atentados terroristas en Euskadi había sido muy limitada. En cambio, el nacionalismo vasco radical, afín a ETA, se movilizaba constantemente, haciendo apología del terrorismo y amedrentando a quienes no pensaban como ellos y se atrevían a decirlo.

Aquel grupo de ciudadanos, que tomó el nombre de Asociación por la Paz, se propuso iniciar una campaña sostenida en el tiempo y salir a la calle cada vez que se produjera un nuevo asesinato para gritar con su silencio: “No en mi nombre”. Gesto por la Paz había empezado a convocar actos similares el año anterior en Vizcaya. Denon Artean-Paz y Reconciliación cogió el relevo en Guipúzcoa.

Hoy se habla de la necesidad de poner en valor trayectorias de mujeres que contribuyeron a cambiar sus circunstancias. Científicas, políticas, deportistas, artistas, activistas… Se trata así de resaltar lo que la historia ha dejado muchas veces en un segundo plano. Sin la aportación femenina no es posible entender la evolución de la sociedad en todos los órdenes. Cristina Cuesta Gorostidi es un ejemplo de precursora.

Cristina nació en San Sebastián en 1962. El 26 de marzo de 1982, cuando tenía 20 años, los Comandos Autónomos Anticapitalistas mataron a su padre, Enrique Cuesta, delegado de Telefónica en Guipúzcoa, y al policía que lo escoltaba, Antonio Gómez. Pocos años después, Cristina fundó la Asociación por la Paz y Denon Artean. Ejerció como portavoz de esas entidades, así como de COVITE, el Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco, del que fue presidenta. Escribió numerosos artículos en la prensa y en 2000 publicó un libro, Contra el olvido, donde reunió testimonios de víctimas del terrorismo. Fue la primera obra en la que se daba voz a esas personas. Actualmente Cristina es directora de la Fundación Miguel Ángel Blanco y ha empezado a escribir su autobiografía. Su hermana Irene la acompañó en muchas de estas peripecias, como en los orígenes del movimiento pacifista.

Las situaciones de violencia grave originan cuatro tipos de comportamiento. Hay perpetradores que provocan un daño injusto. Hay espectadores indiferentes (los retrató Aurelio Arteta) que miran hacia otro lado. Hay víctimas, siempre inocentes, en el sentido de que no fueron merecedoras del dolor causado. Y hay justos que supieron dar una respuesta ejemplar, pese a los riegos que podía suponer, al estilo de los “justos entre las naciones”: ciudadanos de diferentes países que protegieron a judíos, evitando que fueran exterminados durante la Segunda Guerra Mundial.

Esas categorías no son compartimentos estancos. Hay algunas personas que reunieron la doble condición de victimarios y de víctimas, como Melitón Manzanas o Argala; hay otras personas que un día callaron por miedo, pero a la semana siguiente no consintieron un abuso en su entorno, etc. Aún y con todos los matices, esos cuatro tipos ideales nos aproximan a la realidad y, sobre todo, nos ayudan a deslindar que no todos fueron criminales ni todos fueron inocentes. Albert Camus explicó que los terroristas creen ser las auténticas víctimas y la genuina encarnación de la justicia. Sus simpatizantes también los ven así. Eso induce a confusiones. Por eso conviene clarificar cuál es su verdadero rol, evitando legitimaciones o ambigüedades ante el mal. Y es que tanto el relativismo extremo (todos hemos sufrido) como las condenas homogéneas (toda la sociedad fue culpable) laminan moralmente a los justos.

Entre los justos hubo sanitarios que salvaron a víctimas de atentados, artistas, periodistas o literatos que favorecieron la deslegitimación del terrorismo, artificieros que arriesgaron su vida para desactivar bombas, concejales que garantizaron la pluralidad política pese a las amenazas, testigos que ayudaron a detener a comandos evitando futuros ataques o pacifistas que se movilizaron contra la violencia. En esa concentración de 1986 en San Sebastián participaron varias víctimas del terrorismo, con Cristina Cuesta al frente. Las víctimas no cayeron en el ojo por ojo. Esa ausencia de venganza también tiene un valor enorme como referente cívico.

Los intelectuales son más dados a criticar lo que funciona mal que a resaltar aportaciones positivas. Pero estas últimas tienen un formidable poder pedagógico. El Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo que se está construyendo en Vitoria-Gasteiz deberá narrar historias de los justos. No con la intención de construir héroes sin mácula. Nadie es perfecto. Sino para dejar claro que personas corrientes, falibles, como cualquiera de nosotros, pueden dar ejemplo ante una tesitura compleja, eligiendo hacer el bien. Además, estos casos dejan en evidencia que otras actitudes, las opuestas, no eran un fruto inevitable del contexto, sino la consecuencia de abrazar una ideología totalitaria. Entre unos y otros hay un abismo moral. El testimonio de los justos nos ayuda a reconstruir con fidelidad la historia del terrorismo y a poner a cada uno en su lugar. El aniversario del doble atentado contra Enrique Cuesta y Antonio Gómez, del que ahora se cumplen 35 años, es una buena ocasión para recordarlo.

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Monográfico de la revista «Información Comercial Española» dedicado a la Economía del Terrorismo

ICE 893 (2)

Pueden descargarlo aquí

 

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