María Jiménez y un servidor coordinamos el último número de la Revista Internacional de Estudios sobre Terrorismo. Entre otras secciones, incluye las actas del curso del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y el CIAM, Centro Internacional Antonio Machado que dirigimos en Soria este verano. Participan en este número la propia María, Ana Escauriaza, Matteo Re, Javier Peñalver, Raúl López Romo, Martín Alonso, Txema Portillo, Javier Fernández Sebastián, Ofa Bezunartea Valencia y Alfredo Crespo.
La Revolución de Octubre frustró la recién nacida democracia rusa de 1917. Como escribió Karl Marx, la historia se repite: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa. En agosto de 1991 los comunistas intransigentes dieron un golpe de estado para intentar paralizar el incipiente proceso de democratización que se estaba produciendo en la URSS. Al contrario que Lenin, fracasaron estrepitosamente.
Borís Yeltsin se afianzó, Rusia recuperó su enseña nacional, el PCUS fue ilegalizado y las ilusiones del presidente Mijaíl Gorbachov, que todavía aspiraba a reformar el sistema soviético, se evaporaron. El 8 de diciembre de aquel mismo año los dirigentes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania acordaron sustituir la URSS por la Comunidad de Estados Independientes. Los países que la conformaban empezaron a declararse soberanos. El 25 de diciembre de 1991 Gorbachov dimitió y la bandera roja fue arriada del Kremlin. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas había dejado de existir.
Se cerraba así un experimento social sin parangón en la historia. El comunismo había tratado de construir una sociedad justa e igualitaria: modélica. Pero, para conseguirlo, se había recurrido a expropiar, eliminar derechos individuales, trasladar y/o rusificar a pueblos enteros, controlar a la ciudadanía, perseguir, encarcelar y ejecutar a los disidentes, gestionar la economía de manera centralizada, intervenir en terceros estados y provocar desastres medioambientales como los del mar de Aral o Chernóbil. En suma, en vez de vivir una utopía, cientos de millones de personas sufrieron una dictadura de corte totalitario que llegó al paroxismo con Stalin.
Suele calificarse el derrumbe del bloque del este como pacífico, pero hubo demasiadas excepciones. Según las cifras oficiales, durante el derrocamiento del dictador rumano Nicolae Ceaușescu en 1989 se produjeron 1.104 víctimas mortales y 3.352 heridos. Podrían sumarse al cómputo los entre seis y 100 fallecidos en la Mineriadă. También se registraron atentados terroristas, conflictos internos, limpieza étnica, golpes de estado y/o guerras en Moldavia, Azerbaiyán, Armenia, Chechenia, Ingusetia, Osetia, Georgia o Tayikistán.
Como señalan Javier Rodrigo y David Alegre en Comunidades rotas, “con el fin del comunismo, el este se convirtió en el nuevo Salvaje Oeste”. Hubo un número incontable de muertos, heridos, violaciones y refugiados. En gran medida, aquellas expresiones de violencia respondían a la implantación de un neocapitalismo de rostro inhumano, al repentino vacío del poder, que propició una brutal competición entre viejas y nuevas élites, y a la súbita reaparición de los discursos del odio que supuestamente el marxismo-leninismo había disuelto de raíz: el fanatismo religioso y el nacionalismo radical. Tal fue el origen de la desintegración de Yugoslavia, que, aunque no estaba alineada con la URSS, se vio arrastrada por su desplome. Las consecutivas guerras civiles en los Balcanes arrojan un saldo de 140.000 víctimas mortales.
La historia no terminó hace treinta años. Francis Fukuyama se equivocaba. La democracia liberal no se ha impuesto universalmente y el legado comunista sigue condicionando el devenir de una parte significativa del mundo. El resultado de la caída del bloque soviético es desigual. Aunque arrastran problemas de corrupción, extremismo o crimen organizado, hay países que intentan consolidarse como democracias parlamentarias cercanas o integradas en la UE. Otros, menos afortunados, continúan siendo dictaduras en las que los derechos humanos brillan por su ausencia. Entre ambos polos hay toda una gama de grises.
Aún se registran tanto brotes internos de violencia como conflictos entre los nuevos estados, ya sean militares (por ejemplo, entre Azerbaiyán y Armenia) o híbridos (el reciente de Bielorrusia con sus vecinos). Sobre todos ellos planea la sombra del imperialismo de nuevo cuño de la Rusia de Vladímir Putin, que ha desgajado territorios de Georgia, Moldavia y Ucrania. Ya no lo llamamos Guerra Fría, pero sigue habiendo tensiones entre Moscú y la OTAN.
Una parte de lo malo que trajo la URSS permanece, pero muchos de sus aspectos positivos han ido desapareciendo. No debería sorprendernos que las encuestas revelen que hay gente que recuerda con nostalgia el pasado. Pese a la falta de libertad, el comunismo permitió mejores condiciones de vida para la mayoría de los habitantes de la Unión Soviética y sus satélites. Durante décadas el Estado les garantizó paz, seguridad, convivencia interétnica, educación, medios de transporte, infraestructuras, sanidad, vivienda, trabajo, cultura, arte, etc. Y orgullo colectivo. Hay que tenerlo más en cuenta a la hora de mirar, juzgar y tratar a la Europa central y del este.
En 1962 el movimiento libertario español creó Defensa Interior, un organismo que empleó la violencia para intentar acabar tanto con la dictadura de Francisco Franco como con la vida del propio dictador. Esta organización cometió atentados terroristas en España y ciertos puntos de Europa entre 1962 y 1963, aunque sobre el papel su historia se prolongó hasta 1965. El saldo de sus bombas fue una persona muerta y 35 heridas. En este artículo se arroja luz sobre la vida de quienes sufrieron la violencia de Defensa Interior. Así, la biografía de su única víctima mortal nos sirve para ilustrar tanto su fracaso como las consecuencias de su estrategia.
El 15 de abril de 1951 se disputó en San Sebastián el Campeonato de España de Ciclocrós. Según El Correo, “el recorrido elegido [era] muy espectacular, pero muy duro”. La prueba empezó a las 10:30 horas. Se atacó “fuerte desde el principio”, situándose en cabeza Félix Vidaurreta. Después de la primera vuelta se produjeron varias caídas, teniendo que abandonar Julián Aguirrezábal. Pedro Machain adelantó al pelotón, pero pronto fue alcanzado por Francisco Expósito, Francisco Michelena y Ángel Bruna, que se colocó en primer lugar. “Por fin”, relataba la crónica, “Expósito consigue dejar a sus acompañantes al paso por el alto de Grabadores, llegando destacado a la meta”. Su tiempo: 53 minutos y 59 segundos. Francisco Expósito Camio había hecho “una estupenda actuación”. Se trataba de un “verdadero premio a la constancia y al entusiasmo”.
Aquel campeonato, “que tanto le había ilusionado”, era la culminación de un palmarés jalonado por un total de catorce victorias, además de tres subcampeonatos (1942, 1948 y 1950) y un primer puesto en la (anulada) edición de 1949. Ya fuera en un equipo (Fortuna y Michelin) o como corredor independiente, Expósito fue un notable ciclista profesional hasta que dejó la bicicleta en 1953. Tras su retirada, trabajó como taxista en su localidad natal, Usúrbil.
El 31 de julio de 1975 por la mañana Expósito estaba esperando nuevos clientes dentro de su Seat 132, aparcado en la parada de taxis. Alrededor de las 12:30 horas tres jóvenes se acercaron al vehículo y lo ametrallaron. Fue una carnicería. De acuerdo con el informe forense, la víctima sufrió diecisiete heridas de bala.
Su esposa, Victoria Salaverria, escuchó los tiros desde el domicilio familiar. Desde el balcón observó cómo los terroristas huían en un coche que les estaba esperando. También “vio que los cristales del taxi de su marido estaban rotos”, así que “bajó rápidamente”. En el automóvil “se encontraba recostado y completamente ensangrentado su esposo”. La mujer comprobó que “todavía se encontraba con vida”, pero “tras dar dos o tres boqueadas (…) quedó inerte y muerto”. Tenían cuatro hijas. Además de las autoridades provinciales, al funeral de Expósito acudieron compañeros de trabajo de toda Guipúzcoa.
Excepto la viuda y el conductor del taxi estacionado detrás del de la víctima, un burgalés de 32 años, ningún vecino se atrevió a testificar. Según las diligencias de la Guardia Civil, sus “gestiones (…) resultaron negativas al negar todos los interrogados el haber presenciado los hechos”. Debido a la violencia y a las amenazas a cualquiera que colaborase con las Fuerzas de Orden Público, ETA había logrado imponer la omertà. Como indica Florencio Domínguez, esa es una de las razones por las que todavía hay más de 300 casos sin resolver.
Precisamente la organización justificó el atentado acusando a Expósito de ser “antivasquista” y, sobre todo, “chivato”. Iniciada ocho días antes con el asesinato del conductor de autobús Carlos Arguimberri, ETA anunció su “firme propósito de continuar esta campaña de acción hasta lograr la eliminación total de aquellas personas que se obstinen en seguir informando a las fuerzas represivas”. En la primera operación contra los supuestos “chivatos” (1975-1977), la banda puso en la diana a autóctonos euskaldunes de ideas derechistas (franquistas, carlistas, monárquicos, etc.), que podían disputarle el exclusivismo simbólico de lo vasco. En la segunda, a inmigrantes procedentes del resto de España. El balance final arroja un saldo de 171 atentados y 117 víctimas mortales.
Una de las armas del crimen fue usada al mes siguiente en el asesinato del guardia jurado Demetrio Lesmes Martín, pero la investigación se estancó. No se detuvo a nadie. En febrero de 1977, al no haberse “podido determinar la identidad del Autor o Autores del hecho”, el sumario sobre Francisco Expósito fue sobreseído provisionalmente. La Ley de Amnistía de 1977 borró la responsabilidad penal del delito.
Los líderes de la “izquierda abertzale” han declarado que es viable aliviar el “daño causado” por ETA desde “el respeto, la consideración y la memoria. (…) nos comprometemos a tratar de mitigarlo en la medida de nuestras posibilidades. Siempre nos encontrarán dispuestos a ello”. Demuéstrenlo. Es hora de pasar de las palabras a los hechos. Revelen dónde están los cuerpos de los desaparecidos. Ayuden a esclarecer las circunstancias de los asesinatos que, como el de aquel ciclista usurbildarra, quedan por resolver: sus familias y el resto de la ciudadanía tenemos derecho a saber la verdad. Y acaben con los actos de homenaje a los terroristas que perpetraron los atentados. Si quieren que les creamos, ese sería un buen comienzo.
En este #SierraDelta Contra hablamos con Luis de la Corte, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, acerca de la historia de la yihad y el terrorismo yihadista desde sus orígenes remotos a nuestros días. Durante hora y media, Gaizka Fernández acompaña al profesor De la Corte en un paseo académico por las bases psicológicas del terrorista y un muy completo relato de la historia y bases del yihadismo, así como sus nombres propios. Por el camino, derriban multitud de mitos asentados en el pensamiento popular (el terrorista como psicópata o los ataques suicidas como patrimonio exclusivo del terrorismo yihadista, entre otros)
Después, Carmen Ladrón de Guevara, abogada de la AVT, analiza los avances y carencias en la protección jurídica a las víctimas del terrorismo. A continuación, el escritor Fernando Aramburu reflexiona sobre ‘Patria’ y la relación entre literatura y violencia. Y, para terminar, Ana Iribar, Presidenta de la Fundación Gregorio Ordóñez, nos informa de la exposición sobre el político, quien fuera su marido, que acaba de inaugurarse en el Centro Memorial Víctimas del Terrorismo
Gracias a la vigilancia practicada por sus colaboradores, el comando Goiherri Costa sabía que en el peaje del kilómetro 5 de la autopista A-8, Bilbao-Behovia, a la altura de Irún, solía colocarse un retén de la Policía Nacional. La finalidad de este control, según reza la sentencia, era «proteger los vehículos franceses que transitaban por ella». Como recuerdan los autores de Vidas rotas (2010), «desde hacía algunas semanas habían comenzado a ser ametrallados por miembros de ETA como respuesta a las primeras extradiciones concedidas por el Gobierno de París. Los terroristas se emboscaban en los laterales de la autopista y tiroteaban a los camiones del país vecino».
En la noche del 23 de noviembre de 1984 los integrantes del comando, armados con cinco fusiles de asalto Cetme y un lanzagranadas, «se apostaron, ocultos en la maleza del monte, junto a la autopista». El paraje en el que prepararon la emboscada se llamaba Ventas de Irún. Siguiendo la rutina habitual, llegó a ese punto de la autopista el furgón policial, con un cabo y cuatro números. Cuando los agentes descendían del vehículo, relata la sentencia, los terroristas «lanzaron una granada de las llamadas “anti-carro”, que alcanzó de lleno a Mohamed Ahmed Abderramán, número de la citada policial, al que destrozó causándole la muerte instantánea, abriendo fuego, acto seguido sobre el resto de la dotación, alcanzando al policía Carlos Mota Organero, quien sufrió lesiones de tal envergadura que tardaron en curar 456 días, quedándole secuelas permanentes que le incapacitan para el trabajo habitual».
Tras el ataque, los miembros del comando huyeron al monte. Algunos se refugiaron en el domicilio de una simpatizante de ETA. Otro, legal, es decir, no fichado por las FCSE, se dedicó a trasladar a sus compañeros ilegales a un lugar seguro. Y después se fue a trabajar como si no hubiera pasado nada.
En junio de 1989 fueron condenados por el crimen los etarras José Antonio López Ruiz y José Miguel Latasa Guetaria, que durante el juicio reconocieron «con frialdad de ánimo la paternidad de los hechos». En un proceso posterior, que tuvo lugar en julio de 2002, también fue encontrado culpable del atentado Miguel Ángel Gil Cervera, que había sido entregado por Francia. Al contrario que sus compañeros de comando, se negó a contestar a las preguntas que le hicieron.
Nacido en Ceuta 37 años antes, Mohamed Ahmed Abderramán estaba casado con Aixa Ben Mohamed Dris. Tenían tres hijos y estaban esperando el cuarto, que nació dos meses y medio después del asesinato. En Vidas rotas se cuenta que «Mohamed no tenía servicio esa noche, pero había pedido voluntariamente hacer ese turno porque de esa forma podía llegar a su domicilio a tiempo para llevar al médico a su hija Hamo, enferma con parálisis cerebral». Precisamente había solicitado el traslado al País Vasco «para conseguir los pluses extras que cobraban los policías por peligrosidad y poder pagar los gastos médicos de su hija enferma».