Mi opinión es que desde la implantación de la democracia en 1977, la pauta en Euskadi fue la convivencia de la sociedad con esa persecución selectiva que ETA ejerció, que no afectaba más que a una parte de ella. Frente a ese acoso constante y cotidiano que ha ejercido ETA y su entorno, buena parte de la sociedad vasca miró hacia otro lado, exceptuando momentos puntuales. Hubo ciertamente algunas manifestaciones contra ETA tras determinados asesinatos (los de Ryan, febrero del 81; de Martínez Barrios, octubre del 83; de Blanco, julio de 1997, todos ellos precedidos por un secuestro…), pero lo que predominó fue la indiferencia social ante la actuación de la banda, a la par que el desamparo, cuando no el aislamiento, de las víctimas del terror etarra. Es la idea de los corazones helados (M. Pagaza), en un contexto general que, en cualquier caso y como elemento que también debe valorarse, el concepto de ciudadanía republicana, de una ciudadanía virtuosa y activa, no se sostiene en nuestra sociedad occidental.
No obstante, la soledad en la que vivieron las víctimas del terrorismo durante un buen periodo de tiempo, la ausencia de un reconocimiento institucional y social, la carencia de calor humano es una losa que debiera pesar sobre una parte sustantiva de la sociedad vasca y sobre el partido al que durante este periodo le correspondió la tarde de gobernar: el Partido Nacionalista Vasco. Hubo así una responsabilidad, una culpa moral, de un segmento importante de la comunidad vasca, que consistió con su silencio la extensión del terrorismo etarra y facilitó con su frialdad hacia las víctimas su marginación social.
Luis Castells (2013): «La historia del terrorismo en Euskadi: ¿Entre la necesidad y el apremio?», en José María Ortiz de Orruño y José Antonio Pérez (coords.): Construyendo memorias. Relatos históricos para después del terrorismo.