Archivo de la categoría: Euskadiko Ezkerra

Luis Roca reseña “Sangre, votos, manifestaciones” en su blog

Pueden leer la reseña aquí.

Y, de regalo, aquí tienen algunas de las cubiertas que se barajaron para dicha obra, junto a la última, que fue la elegida:

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A lomos de un tigre. ETA, la “izquierda abertzale” y el proceso de democratización

(Euskadi Sioux, 1979) Este artículo, que pueden leer aquí, apareció originalmente en Historia del Presente, nº 19, pp. 23-38.

Resumen
En 1974 ETA se dividió en dos organizaciones rivales. ETAm pretendió inhibirse de la política y centrarse en el terrorismo. ETApm optó por formar un nuevo partido político, EIA. Las elecciones de 1977 fueron un reto para el nacionalismo vasco radical, que adoptó estrategias divergentes. ANV, ESB, ESEI y EIA decidieron participar, este último en el seno de la candidatura Euskadiko Ezkerra; ETAm, EHAS y LAIA apostaron por el boicot. EE obtuvo dos parlamentarios y apostó por la vía institucional. La alta participación obligó a ETAm a cambiar de planes. Se quedó con la mayor parte de la herencia de ETA y, cuando HASI, LAIA, ANV y ESB formaron Herri Batasuna, ETAm la tomó bajo su control.

Abstract
In 1974 ETA split up in two rival organizations. ETAm tried to refrain from politics and concentrate on terrorism. ETApm chose to create a new political party, EIA. The elections that took place in 1977 were a major challenge for the Basque extreme nationalism, which assumed diverging strategies. ANV, ESB, ESEI and EIA decided to take part in it, the last one within the list of Euskadiko Ezkerra; ETAm, EHAS and LAIA backed the boycott. EE obtained two parliamentarians and betted on the institutional way. The high participation in the polls forced ETAm to change its plans. It kept ETA’s legacy most important share and, when HASI, LAIA, ANV and ESB created Herri Batasuna, ETAm took control of it.

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26 septiembre, 2014 · 19:14

Nace la revista “Grand Place” de la Mario Onaindia Fundazioa

CAM00620 La Mario Onaindia Fundazioa acaba de presentar su revista bilingüe Grand Place. Formo parte de su Consejo de Redacción, pero me temo que mi única aportación a este pequeño gran proyecto es alguna reseña que otra. Otros tienen el mérito de haberlo sacado adelante, como su director, Felipe Juaristi, y el secretario de la fundación, Alberto Agirrezabal. El primero número incluye un interesante dossier sobre la izquierda hoy, pero también creación literaria, poesía, recensiones y muchas otras cosas. Pueden leer algo más sobre esta publicación aquí y aquí.

Se pondrá a la venta en algunos puntos, pero también cabe la posibilidad (más económica, por cierto) de suscribirse anualmente con este formulario. Para más información, escriban aquí: info@marioonaindiafundazioa.org

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23 septiembre, 2014 · 17:16

Reseña de “Sangre, votos, manifestaciones” en la revista “Indice Histórico Español”

La pueden leer aquí

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La influencia del humor en la evolución de EIA-EE

Euskadi sioux, n1 1979-02-15-pag

EIA incluyó en sus boletines secciones satíricas, como «Euskadi my love» en Bultzaka, y editó comics, como el «repugnante panfleto» Behin batean, en el que se parodiaban buena parte de los mitos históricos del nacionalismo. Pero lo más destacable fue el impulso de EIA y su entorno cultural (la editorial Hordago) a revistas en las que participaban artistas e intelectuales de la talla de Juan Carlos Eguillor, Bernardo Atxaga, Rafael Castellano, Vicente Ameztoy, Iván Zulueta, Juan Cruz Unzurrunzaga, etc. Me refiero a Euskadi Sioux (1979) y Araba Saudita (1979-1980), dos iconoclastas y transgresoras publicaciones que se reían del Gobierno, de UCD, del PNV, de HB y de lo tradicional, pero también, y he aquí la clave, de EIA y de su secretario general. Como temía el venerable Jorge de Burgos, el monje ciego de El nombre de la rosa de Umberto Eco, la risa es perjudicial para el fanatismo. De esa manera, la ironía y el humor sirvieron a los militantes y simpatizantes del partido para desacralizar la política y tomarse menos en serio a sí mismos y, por ende, a su patriotismo. Contra lo que pueda parecer, lo aquí expuesto tiene una base científica: el psicólogo Vassilis Saroglou, de la Université Catholique de Lovaina (Bélgica), ha encontrado, a través de sus experimentos, una fuerte correlación entre fundamentalismo religioso y falta de sentido del humor.
Ahora bien, lo cierto es que parte de la militancia de EIA no entendía este tipo de parodia política. Así, en octubre de 1978 se informaba de que «en las zonas de Hernai y Tolosa no se han vendido las revistas por el contenido de la sección de “Euskadi my love”» («Acta de la Permanente Provincial de Gipuzkoa», 5-X-1978, BBL, c. EIA, 7, 24).

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“Claves de Razón Práctica” me publica un artículo en su último número

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Se trata de “Historia de una heterodoxia abertzale: Euskadiko Ezkerra”, que pueden encontrar en Claves de Razón Práctica,236, 2014, pp. 78-85.

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11 septiembre, 2014 · 12:04

La efímera Euskadiko Herrikoi Batzarra (Asamblea Popular de Euskadi) de 1975

A finales de la dictadura la oposición antifranquista puso en marcha varias plataformas unitarias: la Junta Democrática, promovida por el PCE, en julio de 1974 y la Plataforma de Convergencia Democrática, auspiciada por el PSOE y en la que también participaba el PNV, en junio de 1975. Ambas se unificaron en marzo de 1976 en la «Platajunta» (Coordinación Democrática). Los organismos de este tipo se multiplicaron a nivel regional (por ejemplo, la Asamblea de Cataluña). En ese contexto, apremiado por el creciente aislamiento de los polimilis, que consideraba fatal, Eduardo Moreno Bergaretxe (Pertur) rediseñó la política de alianzas de la organización. Suya fue la propuesta de que ETApm nuclease dos ejes complementarios. Por un lado, «un compromiso estratégico, un acuerdo a largo plazo» entre los diversos grupos que conformaban la «izquierda abertzale», una atomizada constelación que Pertur consideraba «corroída por las divisiones internas y por el sectarismo». Por otro lado, una alianza táctica transversal, a corto plazo, entre dicho movimiento y la extrema izquierda (los hasta entonces aborrecidos «españolistas»), para la cual Moreno Bergaretxe adelantó un programa común de ocho puntos, el «Herrikoi Batasuna» (Unidad Popular): establecimiento de un gobierno provisional en Euskadi, disolución de las Fuerzas de Orden Público, medidas de castigo contra los responsables de estas, bilingüismo oficial, nacionalización de las industrias básicas, la transformación de España en una confederación, libertades democráticas, amnistía, y, por último, la integración de los inmigrantes en el País Vasco.

Días atrás hemos hablado en este mismo blog de la dificultosa gestación de la alianza estratégica del disperso entorno de ETA, que cristalizó en KAS, así como de sus limitaciones. Tampoco fue sencillo lograr que el nacionalismo radical y la extrema izquierda se asociaran. Pertur decidió iniciar una relación más fluida con la izquierda «revolucionaria», especialmente con el MCE, en el que militaba uno de sus hermanos. Para los líderes de este partido, acostumbrados a los prejuicios de ETA y su entorno, resultó ser una grata sorpresa. Josetxo Fagoaga y Juan Zubillaga, con los que se entrevistaba periódicamente, describen a Moreno Bergaretxe como una persona abierta, tolerante, interesada en buscar puntos en común y receptiva a colaborar con ellos. Pero, tal y como temían, el líder polimili era una rara avis: el acercamiento entre ambos mundos fue observado con desconfianza por amplios sectores del la «izquierda abertzale», ya que suponía violar uno de los tradicionales tabús de ETA (y abandonar la apuesta por un frente abertzale con el PNV). La extrema izquierda, en cambio, sí compartía el interés de Pertur, aunque sus motivos basculasen entre lo programático y lo instrumental. Hay que tener en cuenta que entre las fuerzas «revolucionarias» imperaba cierta fascinación por la violencia (emular a ETA fue una de las causas por las que determinados partidos leninistas crearon sus propias organizaciones terroristas, como fueron el FRAP y los GRAPO), el discurso filoabertzale se había puesto de moda y, tras el proceso de Burgos, se constató que el capital simbólico que ETA había atesorado (sus mártires y sus presos, por ejemplo) era un poderoso incentivo para las movilizaciones populares. Además, el Movimiento Comunista, según sus dirigentes, tenía como idea fundacional la unidad de la clase obrera vasca por encima de sus orígenes y las identidades territoriales.

El primero de los varios intentos fallidos de formalizar una plataforma transversal entre el nacionalismo radical y la extrema izquierda se denominó EHB, Euskadiko Herrikoi Batzarra (Asamblea Popular de Euskadi). Si bien la idea original (el «Herrikoi Batasuna») había partido de Pertur, el arranque del EHB data de septiembre de 1975, fecha en la que, tras la constitución de la Asamblea Democrática de Euskadi del EPK (y para competir con ella), el Partido Carlista lanzó la propuesta de formar un «Organismo Unitario de la Oposición Vasca». El día 16 de octubre en Biarritz (Francia) se desarrolló la primera reunión, a la que acudieron la mayoría de las formaciones políticas y sindicales del País Vasco y Navarra, con la notable excepción del PNV. El PSOE y el EPK, presentes entonces, declinaron asistir a la segunda cita, ya que consideraban al EHB incompatible con el Gobierno vasco. La presencia de los grupos abertzales, tachados de «pequeñoburgueses», provocó que la Liga Comunista se negara a participar en una «plataforma de colaboración de clases contraria a los intereses del pueblo de Euskadi».

De acuerdo con una sugerencia de la ORT, el EHB estableció una comisión técnica para la redacción de un programa común. ETApm intentó que KAS consensuase un borrador para presentarlo a dicha junta. Sin embargo, el plan de Pertur chocó frontalmente con la negativa a colaborar de ETAm, LAIA y EHAS, que recelaban de la que consideraban antinatural relación entre los polimilis y los «españolistas». Las disensiones internas de la «izquierda abertzale» obligaron a que, con el fin de dar tiempo a KAS para unificar sus posturas, el segundo pleno del EHB pospusiese durante quince días la cuestión de la alternativa unitaria. Entretanto, el 20 de noviembre de 1975 el dictador Francisco Franco murió en la cama y, dos días después, Juan Carlos de Borbón fue proclamado rey de España por las Cortes. El relevo en la Jefatura del Estado abría un nuevo y esperanzador horizonte, pero la oposición radical, varada en discusiones bizantinas, estaba demasiado ocupada para sacar provecho de las circunstancias. En la tercera reunión del EHB, celebrada a finales de diciembre, se logró aprobar un texto consensuado, inspirado en el «Herrikoi Batasuna» de ETApm. Pertur obtuvo una victoria pírrica, ya que inmediatamente ETAm, EHAS y LAIA salieron del EHB. Con el fin de evitar dar la imagen de ser excesivamente dependiente de ETApm, el sindicato LAB siguió el mismo camino. El sistema de alianzas que había planteado Moreno Bergaretxe se resquebrajaba: los polimilis no tenían más opción que elegir uno de los dos ejes, KAS o el EHB. Optaron por salvaguardar la unidad estratégica de la «izquierda abertzale» y abandonar el Euskadiko Herrikoi Batzarra. Falto de uno de sus cimientos, el nacionalista, el organismo unitario se derrumbó.

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La “Marcha por la Libertad” y la ruptura de la primera KAS en agosto de 1977

En julio de 1977 las gestoras pro amnistía convocaron la «Marcha por la libertad»: cuatro columnas que, tras recorrer el País Vasco y Navarra, desembocaron en Pamplona. Se trataba de una iniciativa unitaria y transversal, apoyada por numerosos partidos nacionalistas y de izquierdas (pero no por el PNV ni el PSE), cuyo objetivo oficial era exigir un estatuto de autonomía para Euskadi y la amnistía general para los «presos políticos». No obstante, la concentración de miles de jóvenes entusiastas, receptivos e impresionables en una coyuntura de exaltación patriótica, fue aprovechada por la «izquierda abertzale» para difundir su discurso. Siguiendo a Florencio Domínguez, hasta ETAm se dedicó a reclutar nuevos activistas. Durante la Marcha afloró la rivalidad entre EIA, por un lado, y HASI, LAIA y ETAm, por el otro. El precipitante de la querella fue el papel de los extrañados, que, tras regresar clandestinamente a España, se habían convertido en las fulgurantes estrellas del nacionalismo radical, un inestimable capital simbólico. Mas, como comprobó HASI, «no eran personas neutrales sino mayoritariamente pertenecientes a la tendencia EIA». Equilibrando la balanza, Telesforo Monzón, que ejerció motu proprio como patriarca de la Marcha, se inclinaba hacia ETAm. Los extrañados reaparecieron públicamente en un acto conjunto en el colegio de los jesuitas de Durango. Luego, acudieron en peregrinaje a las tumbas de los mártires de ETA (Txabi, Txiki, Otaegi, etc.), ante las que cantaron el Eusko Gudariak. Tampoco faltaron al homenaje a Pertur en el velódromo de Anoeta que organizó EIA, y en el que, según la prensa, hubo entre quince y veinte mil asistentes, prueba del atractivo popular que habían adquirido los héroes de ETA. A finales de agosto, tuvo lugar el acto de clausura de la marcha a las afueras de Pamplona. A pesar de la irregular situación de los extrañados, el Gobierno Suárez se abstuvo de intervenir.
La Marcha había sido una prueba de los progresos de la «izquierda abertzale», pero también había demostrado su irreparable descomposición. KAS había fallecido con las elecciones de junio, solo restaba oficiar su funeral. ETAm ya había advertido en un Zutik de julio que EIA «camina hacia la ruptura de la unidad del sector abertzale». El 16 de agosto se convocó un encuentro con el pretexto de discutir, entre otras cuestiones, una propuesta sobre los futuros comicios municipales. Pero el orden del día fue alterado, ya que la reunión era, en realidad, una encerrona contra EIA y ETApm. Acaudillados por ETAm, el resto de miembros de la coordinadora (HASI, LAIA, ASK, los berezis, etc.) dieron un ultimátum a EIA: o se sometía a KAS y acababa con sus relaciones con las «organizaciones españolistas» o iba a ser expulsado. Al partido se le concedió un plazo de quince días para tomar una decisión. No obstante, la decisión ya estaba tomada: la dirección de HASI, como queda reflejado en Barnekoa, decidió «suspenderlos, no echarlos (no crear mártires)». En el siguiente boletín legitimaba ante sus bases la suspensión de relaciones con EIA con el apoyo de ETAm y los berezis y planteaba una estrategia conjunta con LAIA contra EIA.
El día 30 tuvo lugar la última reunión de KAS en la iglesia de Sokoa (País Vasco francés). Los berezis atacaron a EIA y ETAm exigió su inmediata salida. Según Uriarte, Dolores González Katarain (Yoyes), la entonces mano derecha de Argala, afirmó que «si [los de EIA] se quieren marchar, que se marchen. No son más que unos traidores». Los delegados del partido, con el respaldo de ETApm y la mayoría de LAB, se aferraron a su autonomía: «EIA está de acuerdo con la política realizada hasta el momento y no se va a echar para atrás de nada y no admitiremos que se nos fiscalice (…). No estamos dispuestos a renunciar a Euskadiko Ezkerra de ninguna forma». Tras un receso, los representantes de LAIA y HASI leyeron un comunicado preparado de antemano. «Suspendían» sus relaciones con EIA. En otras palabras, la formación había sido desalojada de la coordinadora, que quedó bajo control de ETAm. Unos meses después, Mario Onaindia zanjaba el asunto: no estar en KAS «es algo que no nos preocupa en absoluto. Creemos que la iniciativa de la Koordinadora (…) acabó el 15 de junio».
Dentro de EIA la ruptura de KAS no supuso ningún trauma. Por ejemplo, la sección vizcaína del partido aprobó positivamente la salida de KAS, ya que «es hoy inoperante y fiscalizador (…). El KAS es hoy un chantaje al pueblo, ya no sirve para la unidad». Unos meses después delegados de EIA y ETAm tuvieron una entrevista. Los milis acusaron al partido de hacer una política «cada día más reformista». Los representantes de EIA explicaron que intentaban llegar «a otros sectores sociales» y que «aceptar el programa y volver a KAS les encerraría de nuevo en un marco muy estrecho para actuar y además esto último lo ven casi imposible por todo lo que ha sucedido, pero sobre todo porque les encerraría». LAIA también se reunió con el partido de Onaindia. Su acertada conclusión fue que «no vimos ni la menor intención por parte de EIA de cambiar de postura respecto al KAS, sino que se reafirmarán en romper con tal organismo e intentar ser ellos el epicentro de todas las alianzas y no el KAS.

Bibliografía básica
APALATEGI, Jokin (dir.) (1978): Marcha de la Libertad. Zarauz: Elkar.
DOMÍNGUEZ IRIBARREN, Florencio (1998): ETA: Estrategia organizativa y actuaciones, 1978-1992. Bilbao: UPV-EHU.
FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka y LÓPEZ ROMO, Raúl (2012): Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Madrid: Tecnos.
FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos.
LETAMENDIA, Francisco (1994): Historia del nacionalismo vasco y de ETA. San Sebastián: R&B. 3 vols.
ONAINDIA, Mario (2004): El aventurero cuerdo. Memorias (1977-1981). Madrid: Espasa.
URIARTE, Eduardo (2005): Mirando atrás. Del proceso de Burgos a la amenaza permanente. Barcelona: Ediciones B.

Documentación básica sobre la ruptura de KAS
La versión de la facción maximalista de la «izquierda abertzale» en «HASI y LAIA informan sobre KAS», X-1977, y en Punto y Hora, nº 53, 15 al 21-IX-1977. Los cuatro miembros de LAB que acudieron a la reunión de KAS defendieron a EIA y cuestionaron las actas que había tomado el otro sector de la «izquierda abertzale» («Correcciones al acta del KAS de la reunión del 30 de agosto de 1977»). La versión de ETApm en Kemen, nº 16, 1977. La versión de EIA en Boletín interno de EIA, nº 6, 1977, e «Informe de la reunión de KAS del 30 de agosto», 1-IX-1977.

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Los orígenes de KAS, la Koordinadora Abertzale Sozialista

KAS, Koordinadora Abertzale Sozialista (Coordinadora Patriota Socialista), procedía de un «comité coyuntural» creado en el verano de 1975 por ELI, Eusko Langile Indarra (Fuerza Trabajadora Vasca), un efímero grupúsculo de Rentería, para organizar la campaña contra las ejecuciones de Txiki y Otaegi. Tras constatar las posibilidades que brindaban esos encuentros, se decidió consolidar la relación. KAS estaba formado por tres miembros de pleno derecho: LAIA, Langile Abertzale Iraultzaileen Alderdia (Partido de los Trabajadores Patriotas Revolucionarios), EHAS, Euskal Herriko Alderdi Sozialista (Partido Socialista de Euskal Herria), y ETA político-militar. Además, contaba con algunos miembros consultivos (con voz, pero sin voto): los sindicatos LAB y LAK. Posteriormente EIA, Euskal Iraultzarako Alderdia (Partido para la Revolución Vasca), se unió a los primeros y a los segundos se sumó ASK, Abertzale Sozialista Komiteak (Comités Patriotas Socialistas). El estatus de ETA militar no estaba tan claro. Aunque, en consonancia con la marginación de la actividad política que había anunciado en 1974, oficialmente se conformaba con dar su apoyo externo, lo cierto es que los delegados milis participaban activamente en muchas de las reuniones de KAS y su influencia, como queda bien reflejado en las actas, era más que notable. Al fin y al cabo, todos coincidían en que el liderazgo carismático de la «izquierda abertzale» correspondía legítimamente a ETA. Bien es cierto que esta se hallaba dividida en dos ramas, pero para LAIA y EHAS sus preferencias estaban bastante claras: mientras que ETAm les cedía la arena política, ETApm no hacía lo propio. En cualquier caso, ni unos ni otros fueron capaces de consensuar las funciones de KAS. Para LAIA y ETAm la coordinadora debía convertirse en un órgano soberano con la atribución de marcar la estrategia de todo el nacionalismo radical. En cambio para ETApm únicamente se trataba de un foro de discusión cuyas decisiones no eran vinculantes. Reflejando la correlación de fuerzas del momento, la propuesta de los polimilis acabó imponiéndose: KAS se definió en agosto de 1975 como una «coordinadora consultiva preferente para la acción» y una «mesa permanente de debate1.

Un año después, el 18 de agosto de 1976, se formalizó con la firma de un manifiesto, basado en un borrador que había presentado ETApm. Se expuso por primera vez un documento que posteriormente iba a tener un largo recorrido, muy ligado a la trayectoria de ETAm, aunque por aquel entonces no se le dio excesiva importancia. Se trataba de la denominada «Alternativa KAS», el programa táctico de la coordinadora para «Euskadi sur», que recogía las condiciones mínimas que se exigían al Gobierno para dar por válida la Transición: libertades democráticas, amnistía, disolución de los «cuerpos represivos», reconocimiento del derecho de autodeterminación, autonomía provisional, bilingüismo y mejora de condiciones laborales y de vida de los trabajadores2.

Antes, en diciembre de 1975, cuando las críticas del resto de grupos a algunos de sus últimos atentados se hicieron públicas, ETApm había hecho una primera valoración de KAS: «Ya es hora», se quejaban los polimilis, «de decir claramente que la izquierda abertzale no está a la altura de sus responsabilidades frente a Euskadi», porque «constituye un mosaico de tendencias», que son «tan diferentes» que «resulta imposible aglutinarlas tras unos objetivos comunes». La desilusión de ETApm estaba justificada. En palabras de Jon Idigoras, «el trauma de las escisiones y las diferencias personales brotaban muchas veces en las reuniones, hasta el punto de que las discusiones terminaban en un monumental escándalo de gritos». Según Natxo Arregi, líder de EHAS, los encuentros consistían en «eternas y estériles discusiones entre ETAm, ETApm y LAIA, no precisamente sobre la política a seguir, pues se derivaba así como casi siempre a culpas pasadas que unos y otros se imputaban y echaban a la cara». Durante sus tormentosos dos primeros años de vida, lejos de convertirse en la alianza estratégica del nacionalismo radical, KAS consistió en una serie de tormentosos encuentros entre organizaciones y partidos enfrentados por las heridas del pasado, las rivalidades del presente y los divergentes proyectos para el futuro. De hecho, KAS no funcionó con efectividad hasta que, tras la expulsión de ETApm y EIA en 1977 y de LAIA en 1979, ETAm consiguió tomar el control absoluto3.

Bibliografía

ARREGI, Natxo (1981): Memorias del KAS (1975-1978). San Sebastián: Hordago.

CASANELLAS, Pau (2014): Morir matando. El franquismo ante la práctica armada, 1968-1977. Madrid: Los Libros de la Catarata.

CASTRO, Raúl (1998): Juan María Bandrés. Memorias para la paz. Madrid: Hijos de Muley-Rubio.

FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos.

FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka y LÓPEZ ROMO, Raúl (2012): Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Madrid: Tecnos.

IDIGORAS, Jon (2000): El hijo de Juanita Gerrikabeitia. Tafalla: Txalaparta.

JIMÉNEZ DE ABERASTURI, Juan Carlos y LÓPEZ ADAN, Emilio (1989): Organizaciones, sindicatos y partidos políticos ante la Transición: Euskadi 1976. San Sebastián: Eusko Ikaskuntza.

LETAMENDIA, Francisco (1994): Historia del nacionalismo vasco y de ETA. San Sebastián: R&B. 3 vols.

SULLIVAN, John (1988): El nacionalismo vasco radical, 1959-1986. Madrid: Alianza.

1 «Nota a KAS» y «Comunicado de fundación del KAS», 1-VIII-1975, en Hordago (1979, vol. XVII: 482 y 483). Las distintas propuestas sobre KAS en Hordago (1979, vol. XVII: 507-515) y Sugarra, nº 3, IV-1976. Hay constancia de que dos pequeños colectivos no vinculados a ETA pidieron la entrada en KAS: EKAB como miembro y ESEI como observador. Ambos fueron rechazados, como se puede ver en Arregi, las actas de la dirección de EHAS, XI-1976, y Asteroko, nº 2, 1977. Por otra parte, a pesar de la victoria inicial de ETApm, se mantuvieron las diferentes concepciones de la función de KAS, lo que salió a la luz en la primera mitad de 1977. Así, para EIA, KAS era «una coordinadora y nada más que una coordinadora de partidos de la Izquierda Abertzale (…) que quedan totalmente libres para tomar las decisiones que mejor crean que se ajustan a las necesidades del pueblo» («EIA ante las elecciones», 1977). Pero, para el resto de esa misma «izquierda abertzale» KAS era un órgano decisorio al que, por tanto, EIA debía someterse («Acta de KAS», 12-XI-1976).

2 «Manifiesto y alternativa del KAS», 18-VIII-1976. Según Juan Mari Bandrés, el documento fue improvisado por algunos polimilis (ebrios) el día anterior a su aprobación. La alternativa provocó la ruptura de LAIA. Un sector la firmó y pasó a denominarse LAIA bai (LAIA sí), luego simplemente LAIA, mientras que el otro, LAIA ez (LAIA no), se negó a hacerlo por considerar que era un programa asumible por la burguesía y abandonó la coordinadora. Algunos de sus miembros acabaron en los CAA.

3 Hautsi, nº 8, XII-1975.

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Reseña de “Cómo pudo pasarnos esto. Crónica de una chica de los 60”, de Idoia Estornes

Idoia Estornes Zubizarreta: Cómo pudo pasarnos esto. Crónica de una chica de los 60, Erein, San Sebastián, 2013, pp. 572.

Bastantes de los políticos e intelectuales vascos que tuvieron cierta presencia en la arena pública durante la Transición y la etapa democrática han publicado sus memorias. Es el caso de José Luis Álvarez Enparantza (Txillardegi), Jon Idigoras, Carlos Garaikoetxea, Mario Onaindia, Eduardo Uriarte (Teo), Joseba Azkarraga, Jon Juaristi, José Ramón Recalde, Xabier Arzalluz, José Antonio Ardanza, Marcelino Oreja, etc. Significativamente la mayoría de ellos comparte dos rasgos: ser nacionalistas vascos (o exnacionalistas) y hombres. Se echan en falta más autobiografías tanto de los vascos no nacionalistas como de las mujeres, sean estas de la ideología que sean. Al escribir las suyas, Cómo pudo pasarnos esto, la editora, historiadora y articulista Idoia Estornes Zubizarreta se ha propuesto no solo mostrarnos su reveladora trayectoria vital, sino también abrir una puerta para que otras profesionales vascas sigan su camino: «Hay que salir a la calle, muchachas, contar lo que nosotras sentíamos, hacíamos o no, mientras ellos eran los principies de las tinieblas. Necesitamos memoria, en rotunda primera persona, de chicas también» (p. 14).

Lo primero que sorprenderá al lector es que Estornes no ha escrito unas memorias al uso. Investigadora avezada, no ha renunciado al método científico que ha seguido durante su larga carrera. Así pues, en un ejercido de egohistoria e historia, la autora ha cotejado sus propios recuerdos con bibliografía especializada, documentación de la época y más de cien entrevistas personales. Enriquecido por el contraste de todos estos puntos de vista, el libro a veces parece la crónica coral de toda una generación, la que vivió su juventud durante la década de los sesenta del siglo XX. Por añadidura, al ser Estornes una «juntadora de letras» con un estilo ameno y ágil, Cómo pudo pasarnos esto tiene la virtud de hacer disfrutar al lector.

La autora repasa con profundidad todas las etapas de su vida atendiendo a distintos planos (biológico, familiar, afectivo, profesional, político, etc.). Comienza con una descripción de su infancia y adolescencia en Chile, a donde los Estornes, una conocida familia de editores de tendencia abertzale (patriota), habían emigrado. De esta manera, se nos dan valiosas pinceladas sobre la situación de los nacionalistas vascos de a pie en el exilio americano y las vías (en forma de relato oral, sobre todo, pero no solo) a través de las cuales esta doctrina se transmitía de padres a hijos.

En 1958 la familia regresó al País Vasco, lo que permite a Estornes hacer una interesante comparativa entre la situación de Chile y España, atenazada esta última por el régimen franquista. Ahora bien, como comprobó la joven Idoia, la dictadura no se sostenía únicamente por la represión policial y el apoyo de la Iglesia Católica. Tampoco era cierto que toda la población de Euskadi, que ni de lejos era homogéneamente abertzale, se opusiera frontalmente al denominado «Caudillo». Al contrario, descubrió la aquiescencia de buena parte de los vascos y navarros, incluyendo a no pocos nacionalistas que habían prosperado durante el desarrollismo. Por ejemplo, Estornes recuerda los veraneos de Franco en San Sebastián: «las sirenas de los barcos saludándole en la bahía y puerto, el gentío que le aplaudía. Muchos donostiarras engalanaban entonces, sin complejos, los balcones con la rojigualda. En el resto de la provincia, allí por donde pasaba la comitiva surgía un mar de pancartas, banderas, colgaduras, gallardetes. Se cerraban factorías y escuelas para dar suelta a proletarios y chiquillos» (p. 102). Una imagen, como se ve, que concuerda poco con la memoria idealizada y distorsionada del pasado reciente de Euskadi que ha construido y difundido exitosamente el nacionalismo vasco. Y es que, como historiadora, a lo largo de sus memorias Idoia Estornes no duda en desmitificar la versión más simplista de la narrativa abertzale, que tiene tan poco que ver con la realidad histórica como la narrativa franquista.

La autora también escribe sobre la época del desarrollismo (los años cincuenta y, sobre todo, sesenta) y su impacto en la sociedad, el paisaje y la geografía urbana del País Vasco. Así, por ejemplo, se nos presenta la industrialización (o reindustrialización) y la pujanza económica que trajo aparejada. Por supuesto, ocupa un lugar destacado el reflote del negocio editorial familiar en San Sebastián, que tomó el nombre de editorial Auñamendi. La consecuencia directa del desarrollismo fue la inmigración de miles de trabajadores desde la España rural a los núcleos industriales, entre ellos al País Vasco. Este movimiento de población provocó el rebrote de la xenofobia de un sector de los autóctonos contra los «maketos», ahora tildados de «coreanos», «cacereños» o «manchurianos». Ecos de aquel sentimiento de rechazo son perceptibles en el debate que entonces sostuvo un sector del nacionalismo vasco radical, en ocasiones muy relacionado con (o dentro de) la Iglesia, que intentó que se sustituyera el criterio racista de exclusión de Sabino Arana por el puramente idiomático (o sea, que el euskera hiciera al vasco y no los apellidos).

Ni el vascuence ni la cultura en vascuence, que era diversa, tenían la culpa de que algunos intelectuales estuviesen planeando un monolingüismo tan excluyente como el de la dictadura franquista. En esta época, precisamente, el euskera experimentó un renacimiento, gracias a su unificación (batua), la labor de las ikastolas y la renovación cultural en el País Vasco, en el que el sector editorial fue una pieza clave.

Las consecuencias del desarrollismo fue más allá, ya que, gracias a la puerta que abrió al influjo europeo, trajo un importante cambio de costumbres. Ahí entran, por ejemplo, los producidos en la vida social, afectiva y sexual, que muchas veces pasan desapercibidos al historiador, pero que la autora trata con detalle. Por supuesto, aquella marejada se enredó en el casi inevitable choque generacional entre padres e hijos, que también afectó a Idoia Estornes, ya que la familia tiene un lugar prominente a lo largo de las páginas de Cómo pudo pasarnos esto.

Su paso por la Universidad de Navarra sirve para darnos un panorama muy amplio de esta institución, así como de la Pamplona de los años sesenta. Es aquí donde Estornes inició su militancia política, en este caso en el movimiento estudiantil, y entró en contacto con la nueva oposición antifranquista. Aquellos primeros pasos le llevaron a ser detenida por la policía. Contra lo que pudiera parecer leyendo o escuchando ciertas obras, el compromiso militante contra la dictadura no era una experiencia tan común como se pretende. En palabras de Estornes, «ser antifranquista no era en absoluto popular, peor aún, era molesto y peligroso; el prestigio llegaría más tarde» (p. 211), una vez muerto el dictador. También fue en Navarra donde la autora tomó conciencia del machismo imperante y de la relegación de la mujer. Más adelante tomaría parte activa en organizaciones y movilizaciones feministas. El contraste entre España y la Europa democrática se hizo más evidente gracias a sus viajes a Francia, Gran Bretaña e Italia.

1968 fue un año crucial en todo el mundo, pero también en la historia del País Vasco en general y en la biografía de Estornes en particular. Poco después del Mayo francés, ETA causaba sus primeras víctimas mortales (el guardia civil José Antonio Pardines y Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político-social de San Sebastián) y, en un enfrentamiento con la Guardia Civil, caía abatido el etarra Txabi Etxebarrieta. La entonces joven generación de la autora, la misma que la de Txabi, sufrió un choque tremendo que le llevó tanto a simpatizar con el miembro de ETA muerto como a ignorar a Pardines o congratularse por el asesinato de Manzanas, al que se acusaba de ser un torturador profesional. Para Idoia Estornes hubo un antes y un después. «En 1968 dejé de ser una chica antifranquista con veleidades euzkadianas para subirme en el vagón del nuevo nacionalismo, el que nada-tenía-que-ver-con-el-de-los-viejos y los rechazaba por pusilánimes, agotados, por “burgueses”» (pp. 248-249).

No entró en ETA ni en su entorno civil, sino en ELA-MSE (Eusko Langileen Alkartasuna-Movimiento Socialista de Euskadi), luego ELA berri (nueva). Dicho colectivo, entre sindicato y partido, intentaba aunar socialismo con un abertzalismo moderado. Además, se declaraba contrario a la actividad de ETA, que consideraba contraproducente. Ahora bien, los miembros de ELA-MSE no dudaron en respaldar a la ETA nacionalista frente sus escisiones obreristas. El proceso de Burgos y, sobre todo, su hábil escenificación por algunos de los condenados, como Mario Onaindia, fue otro escalón más en la nacionalización de una significativa parte de la juventud vasca. «El Eusko Gudariak final de los procesados, puño en alto, nos hundió en la mística del sufrimiento heroico-estético» (p. 335). El juicio, además, provocó indirectamente la división de ELA-MSE. El sector en el que se encuadraba Estornes, tras la división del universo etarra en 1970, colaboró con ETA V, la rama nacionalista, contra la obrerista, ETA VI. «Nuestra ayuda fue una ingenuidad, un error» (p. 341), reconoce Estornes. Y es que en esta obra, cosa poco habitual en unas memorias, no falta la autocrítica. Así, el tema de la responsabilidad de la legitimización del terrorismo en Euskadi ocupa un lugar específico. «El activismo de ETA –primero inerme, luego armado- fue rechazado por muy pocos antifranquistas de mi generación, unos por razones ético pragmáticas, otros por miedo. Sin embargo, entre ambas posiciones se extendió un amplio vergel: el de los militantes del ETA, mátalos, la gran mayoría de los coetáneos concienciados» (p. 366).

Cómo pudo pasarnos esto se centra igualmente en la Transición en Euskadi, proceso convulso (mucho más que en el resto de España). En el plano político, por destacar algunos puntos, Estornes asistió a la reunificación de ELA-STV o a los intentos de crear una alternativa nacionalista de izquierdas. Primero las efímeras formaciones socialistas ESB y ESEI y luego EE, Euskadiko Ezkerra (Izquierda de Euskadi), en cuyas listas se presentó a las elecciones municipales de 1979. Asimismo, la autora narra el lento despertar de la conciencia crítica contra los atentados terroristas de ETA. Por ejemplo, ayudó a recoger bastantes de las 33 firmas del manifiesto de los intelectuales de 1980. Por otra parte, el 23-F tuvo para ella «un efecto colateral importante: había que arropar aquel amago de democracia, dejarse de pamplinas. Podía ser “eso” o “lo de antes” (…). Me atreví a hacer mía, por primera vez sin aprensión, la Constitución» (p. 433). No fue la única: muchos de los militantes de EE, así como algunos de los miembros de ETA político-militar, reflexionaron en una dirección muy similar. No es de extrañar, ya que su evolución es paralela en muchos sentidos a la secularización ideológica que experimentaron los euskadikos y que llevó a estos del nacionalismo radical al autonomismo y del apoyo a ETA al pacifismo.

El análisis del universo intelectual del País Vasco, visto desde la perspectiva de una historiadora y editora es otro de los aspectos a los que más atención presta Estornes. Así, asistimos a su labor en Auñamendi, empresa familiar en la que entró a trabajar en 1967. Tuvo un destacado papel en la compleja y fascinante elaboración del Diccionario Enciclopédico Vasco, una obra tan monumental como pionera de la que, por cierto, se nutrieron muchas de las enciclopedias que otras editoriales publicaron posteriormente, ya fuera en euskera o castellano. Es significativo cómo Auñamendi inventó de la nada una metodología propia: la búsqueda de especialistas que pudieran escribir las entradas, la autoelaboración de las mismas cuando era imposible encontrarlos, los ficheros, las imágenes, las correcciones, los añadidos… Todo ello se llevó a cabo tanto en la época en la que todavía no se usaban los ordenadores personales como luego, durante la progresiva introducción de la informática en la profesión. Se trató de una empresa que tardó décadas en completarse, cerrándose con el acuerdo de digitalización de la Enciclopedia con la Sociedad de Estudios Vascos, que para Estornes tuvo un resultado agridulce.

Un último apunte merece el análisis que la autora hace del mundo cultural en el País Vasco y especialmente de los cambios de calado en el sector editorial durante la etapa democrática. Así, se estudia la expansión de la (generosamente subvencionada con dinero público) industria cultural asociada a la «izquierda abertzale», cuya competencia desleal ha perjudicado en ocasiones a las otras editoriales (y no tan subvencionadas). La politización e instrumentalización económica de la cultura en euskera, un tema casi tabú en Euskadi, aparece con toda su crudeza. «Caí en cuenta de que, para algunos –demasiados- la lengua se había convertido en un negocio, el único negocio» (p. 522).

Cómo pudo pasarnos esto interesa al lector medio, pero, desde luego, interesará mucho más al especializado, ya que en sus páginas el historiador puede encontrar abundante material para sus propias investigaciones. Se trata, por tanto, de un libro lúcido, que nos ayuda a entender desde un prisma original y enriquecedor el pasado reciente del País Vasco y Navarra.

Fuente: Historia del Presente, nº 23, 2014

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