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De piratas

Tal día como hoy de 1828, nació Julio Verne, uno de los escritores que deberían formar parte de la educación de cualquier niño, si es que queremos que ese niño tenga imaginación y sueños. El astronauta ruso Yuri Gagarin dijo en una ocasión que se había decidido por tal fascinante profesión precisamente gracias a la obra de Verne. Personalmente, aunque había algunas de sus novelas que me parecían excesivamente frías, hubo una que me cautivó desde la primera vez que cayó en mis manos: Veinte mil leguas de viaje submarino. Recuerdo que, cuando era un adolescente y tenía un mal día (y los adolescentes suelen tenerlos muy a menudo), soñana con ser el capitán Nemo: «He roto con toda la sociedad por razones que solo yo tengo el derecho de apreciar. No estoy sometido por lo tanto a ninguna de sus leyes». Desde luego, Nemo («Nadie» en latín) era un furibundo libertario. A su particular manera, que incluía ir hundiendo barcos británicos, claro.

Precisamente hoy se cumple el décimo aniversario del asesinato de otro ácrata (a su manera, como casi todos los exeuskadikos): en el homenaje que Basta ya le tributó en Andoain ondeaban la ikurriña, las banderas española y europea, la de UGT y una enseña pirata. Se trataba de Joseba Pagazaurtundua Ruiz (más conocido como Joseba Pagaza, aunque hay que tener cuidado: en EIA-EE había otro Joseba Pagaza distinto que no tiene nada que ver con este). Pasó por las filas de ETApm, EIA y EE, siendo luego de los euskadikos que se unió a la convergencia PSE-EE en 1993. Sargento jefe de la Policía Municipal de Andoain, el nacionalismo vasco radical nunca le perdonó que hiciera (bien) su trabajo ni su compromiso cívico a favor de la democracia y la libertad. Como él mismo advirtió en varias cartas, todo parece indicar que determinados altos cargos de la Consejería de Interior del Gobierno vasco tampoco se preocuparon demasiado por su vida. Sufrió persecución y continuos ataques y, finalmente, el 8 de febrero de 2003 un pistolero de ETAm lo asesinó de cuatro disparos. Euskal Herritarrok, fuerza gobernante en el Ayuntamiento de Andoain, se negó a condenar el atentado. Hoy sus herederos de Sortu y EH Bildu prefieren pasar página. Pero es peligroso, muy peligroso, pasar página sin haberla leído con detenimiento antes. Sin aprender la lección.
PD: Hoy aparece en la revista El Cultural de El Mundo una reseña de nuestro libro Sangre, votos, manifestaciones escrita por el profesor Juan Avilés.

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8 febrero, 2013 · 10:03

Recensión del «Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco»

En el último número de Historia del Presente (nº 20, 2012) aparece una recensión escrita por un servidor sobre el más que interesante y recomendable libro:

-SANTIAGO DE PABLO, JOSÉ LUIS DE LA GRANJA, LUDGER MEES Y JESÚS CASQUETE (Coords.): Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco. Madrid, Tecnos, 2012, 899 pp.

He aquí el texto:

El nacionalismo (sea cual sea la patria en cuestión) apela directamente a las pasiones y los sentimientos del ciudadano: por ejemplo, la propia identidad territorial o, en sus casos extremos, el odio al «otro». Una de las claves de su fuerza radica en que dicha doctrina se basa esencialmente en lo irracional. O incluso en la fe. En otras palabras, más que convencer al individuo, procura conmoverlo. Del amplio catálogo de catalizadores que los movimientos nacionalistas emplean para conseguirlo hay uno que destaca por encima del resto: el símbolo. Se trata de una poderosa herramienta que sirve, entre otras cosas, para condensar ideologías, marcar la identidad del grupo, despertar las emociones del receptor e invitarle a la acción. Por consiguiente, con el fin último de profundizar en el funcionamiento de los patriotismos, parece recomendable que la historia política también se ocupe de estudiar sus iconos y representaciones.

Eso es precisamente lo que se ha pretendido hacer con el Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco, un amplio, riguroso y concienzudo análisis del universo simbólico de dicho movimiento desde sus orígenes hasta la actualidad. En él se disecciona el imaginario que comparte toda la cultura política abertzale (patriota vasca), así como los símbolos privativos de cada facción en que esta se divide (el PNV y el nacionalismo vasco radical), la genealogía de sus más importantes emblemas, sus modificaciones a lo largo del tiempo, la manipulación de la que han sido objeto, su instrumentalización política, etc.

Como se anuncia en el propio texto, nos encontramos ante una obra pionera en su género. Y, como tal, seguramente servirá de modelo para otras por venir centradas en distintos patriotismos. De igual manera, tal y como se reconoce en el estudio introductorio, Jesús Casquete tuvo la idea de desarrollar este monumental trabajo tras conocer otro similar, el Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo (Acantilado, Barcelona, 2003) de Rosa Sala Rose. A partir de entonces, y durante seis años, se puso en marcha un grupo de investigación de la Universidad del País Vasco formado por doce historiadores y científicos sociales coordinados por Santiago de Pablo, todos ellos expertos en la materia: el propio De Pablo, José Luis de la Granja, Ludger Mees, Jesús Casquete, Maitane Ostolaza, Leyre Arrieta, Coro Rubio, José María Tápiz, Virginia López de Maturana, Xosé Manoel Núñez Seixas, Iñaki Iriarte y Álvaro Baraibar.

Se trata, no cabe duda, de una obra coral harto ambiciosa. Por su originalidad y por el nivel de sus aportaciones, no hay duda de que el Diccionario está llamado a ser un libro de obligada referencia para los especialistas en la historia del abertzalismo. Además, no sufre de los defectos de los que habitualmente adolecen este tipo de manuales, ya que los autores han procurado hacer divulgación en el mejor sentido de la palabra. Así, aun con las inevitables diferencias entre unas y otras entradas, el Diccionario está escrito con amenidad, claridad y concisión. Está al alcance de cualquier lector, sin necesidad de que este tenga conocimientos previos sobre la cuestión. Por añadidura, tiene como objeto un tema de perenne actualidad, que sigue despertando el interés de la ciudadanía, ya sea por su eco mediático o porque algunos de los símbolos que aquí se estudian son omnipresentes en Euskadi (este mismo término, la ikurriña [la bandera bicrucífera], etc.), al habérselos transmitidos el PNV a la Comunidad Autónoma del País Vasco durante la Transición. En definitiva, este es un producto de calidad y atractivo. Y así lo ha valorado la editorial Tecnos, que publica el texto en una cuidadísima edición en la que abundan las ilustraciones a color.

En el Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco tienen cabida 53 voces, que se pueden consultar por separado, como capítulos independientes, ya que cada uno de estos textos es autónomo. Al mismo tiempo, todas las entradas remiten a otras, dando pie a un fascinante ejercicio de lectura múltiple. Cada voz tiene sus propias referencias, a las que hay que sumar una extensa bibliografía final que resultará muy útil a cualquier persona interesada en el pasado y el presente del nacionalismo vasco.

En este heterogéneo (pero coherente) conjunto podemos encontrar escudos y banderas (los de Navarra o la ikurriña), lugares de memoria (Guernica, Amaiur, Estella, Iparralde [el País Vasco francés], Sabin-Etxea, etc.), batallas (Arrigorriaga, Munguía o Roncesvalles), iconos (el roble o el arrano beltza [águila negra]), lemas como el aranista Jaun-Goikoa eta Lagi-Zarra (Dios y Ley Vieja o Fueros), fiestas y fechas conmemorativas (el Aberri Eguna [Día de la Patria Vasca], el Alderdi Eguna [Día del Partido], el Gudari Eguna [Día del Soldado Nacionalista Vasco], el 20 de noviembre o el 31 de julio), figuras históricas (el rey Sancho el Mayor de Navarra, San Ignacio de Loyola o el general Tomás de Zumalacárregui), políticos abertzales relevantes (Sabino Arana, Eli Gallastegui, José Antonio Aguirre, Manuel Irujo, Telesforo Monzón, etc.), dirigentes de ETA (Javier Etxebarrieta [Txabi] o José Miguel Beñaran [Argala]), canciones (Agur Jaunak o Eusko Gudariak), acontecimientos como el proceso de Burgos (1970) o incluso la (imaginada) némesis del movimiento nacionalista: España. También se presta atención a las mudanzas en la denominación del territorio vasco y a la pugna entre política y simbólica que todavía persiste entre distintos nombres: Vasconia, Provincias Vascongadas, País Vasco, Euskadi, Euskal Herria, etc.

Como asumen los propios autores, lo más discutible del Diccionario es la selección de las voces. Existe, como se ha dicho, una genérica (y muy sugestiva) entrada sobre España, pero, a mi juicio, y teniendo en cuenta su importancia para el imaginario abertzale, no hubiera estado de más un tratamiento específico sobre quienes han encarnado la crucial figura del enemigo de la causa patriótica. Entre estos contrasímbolos o símbolos negativos, que se han demostrado bastante eficaces para la facción extremista del nacionalismo vasco, podrían citarse a los maketos (inmigrantes), Madrid, las víctimas de ETA, las instituciones democráticas, la Guardia Civil, los partidos no nacionalistas, la lengua castellana, etc. También se echa de menos cierta atención a los políticos (abertzales heterodoxos o exabertzales) que han sido percibidos como traidores, el más destacado de los cuales fue Mario Onaindia. Para terminar, tampoco hubiera estado de más dedicar un mínimo espacio a Eduardo Moreno Bergaretxe (Pertur), figura emblemática de ETA político-militar y Euskadiko Ezkerra hasta 1982.

Ahora bien, estos reproches son tan discutibles como la propia opción que los autores han tomado, la cual sin duda ha sido largamente meditada, discutida y consensuada. De haber tenido que contentar las preferencias de sus más quisquillosos lectores, no estaríamos ante un Diccionario propiamente dicho, sino ante una enciclopedia. Este formato permitiría abarcar un abanico de símbolos más amplio, pero también habría impedido un análisis minucioso de los mismos, por lo que el presente libro habría perdido en profundidad, que es uno de sus puntos fuertes. Convengamos, por tanto, en que aquí se recogen los principales elementos del imaginario abertzale, los imprescindibles para comprender su pasado y su presente. En consecuencia, a partir de ahora resultará difícil escribir la historia de este movimiento sin bucear previamente en las páginas del magnífico Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco.

 

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Violencia y relatos, ¿avanzamos?

Hoy El Correo publica el siguiente artículo de opinión, firmado por mi colega y amigo Raúl López Romo y un servidor:

El terrorismo ha atenazado a quienes no pensaban como los verdugos, sobre todo a aquellos que no asumían como exclusiva una única identidad territorial. En Euskadi la violencia ha ejercido la función de gran polarizador político. Hace 25 años los partidos democráticos plantearon, mediante el Pacto de Ajuria Enea, un discurso cívico frente a la narrativa maniquea y excluyente del nacionalismo vasco radical. Lo importante, se venía a decir, no era la identidad, sino el Estado de derecho y las instituciones comunes, frente a quienes arremetían contra ellas. Fue un intento loable, pero no terminó de cuajar. Siguió habiendo quien encontraba su lugar en la equidistancia, para evitar decantarse por uno de los supuestos extremos. Valga como ejemplo el documental de Julio Medem La pelota vasca (2003).

Jonan Fernández ha sido nombrado nuevo responsable del área de Paz y Convivencia del Gobierno vasco. Su labor al frente de Elkarri estuvo caracterizada por iniciativas bienintencionadas, pero que a nuestro juicio partían de una premisa errónea: la creencia de que en el País Vasco existe un conflicto secular en el que están enfrentados dos bandos equiparables. Si las dos partes han conculcado derechos humanos, ambas han sido tan culpables como víctimas. El corolario era aparentemente lógico: ya que todos han cometido atropellos, la solución se ha de centrar en la reconciliación, en mirar hacia adelante.

Este esquema goza de un gran predicamento a nivel político y social, pero, desde una perspectiva histórica, es más que cuestionable, ya que se sostiene sobre un olvido selectivo. Para restañar las heridas no se puede asumir dicho relato acríticamente. Al contrario, resulta necesario reflexionar con honestidad sobre lo que nos ha ocurrido en las últimas décadas. Y sobre lo que sigue ocurriendo, porque el odio sectario todavía no se ha desactivado. Esto puede observarse en la vida cotidiana. Una parte de la población continúa sin poder expresar abiertamente su identidad vasco-española, lo que representa un menoscabo de la libertad de expresión inadmisible en democracia. Hasta hace poco ETA y su entorno perseguía y mataba a los representantes electos de casi la mitad de los vascos. Hoy nadie es asesinado por sus ideas en Euskadi. En este sentido hemos avanzado considerablemente, pero es que el punto de partida era tan bajo, las aspiraciones cívicas tan mínimas…

Y queda mucho por hacer. Que se lo digan, sin ir más lejos, a quienes salieron a la calle con camisetas de la selección española de fútbol en la última Eurocopa. Algunos volvieron a sus casas humillados, golpeados e insultados. Que animar a “la Roja” sea visto como una provocación, y que muchos lo hagan desde el sofá pero no en la calle, dice mucho (en realidad dice muy poco) sobre dónde estamos en cuanto a tolerancia.

La educación es una herramienta fundamental para elevar el nivel cultural de la ciudadanía y para fomentar el espíritu crítico. La Fundación Fernando Buesa publicó hace pocos meses un informe que señalaba que una parte significativa de nuestros futuros docentes quieren pasar cuanto antes la página de ETA. No es muy halagüeño, pero ¿qué esperábamos? En las últimas décadas han abundado los que han optado por la ambigüedad y el mirar hacia otro lado ante un sector social que ha tenido como vanguardia de su quehacer político… a una banda terrorista.

En Euskadi la memoria devora a la historia. La violencia no ha sido precisamente un acicate para los estudios reposados sobre nuestro pasado reciente. Varios profesores amenazados y forzados al exilio son la prueba más palmaria de ello. Es cierto que últimamente, gracias a la labor tanto de historiadores veteranos como de una nueva generación de investigadores, se han publicado diversos trabajos rigurosos sobre las causas y consecuencias del terrorismo. Pero en demasiadas ocasiones no encuentran eco y quedan recluidos en el circuito cerrado de la universidad, sin cumplir una función social de divulgación.

Jonan Fernández y su equipo tienen ahora entre manos una gran responsabilidad: su labor puede contribuir tanto a desmontar el mito de las violencias simétricas como a apuntalarlo, banalizando así el mal etarra. Para evitar esto último convendría que pusieran negro sobre blanco que ETA no solo ha sido la organización terrorista que más ha matado en España, con muchísima diferencia, y la que más ha perdurado, hasta el punto de que aún hoy no se ha desarmado. También ha sido la única banda que ha contado con un notable respaldo social para imponer mediante la fuerza su proyecto de poder. Por lo tanto, este ha sido el único ideal político que, tras el franquismo, ha supuesto un desafío contra la pluralidad de la sociedad vasca.

El Correo, 31-I-2013.

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«Derechos humanos» y el Pacto de Ajuria Enea

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Nada nuevo bajo la lluvia. Basta echar un vistazo a las fotografías de la manifestación de ayer para comprobar que no fue sino la enésima puesta en escena de la tan manida obra de siempre. Por supuesto, el nacionalismo vasco radical había organizado un acto muy visual y espectacular, que buscaba llamar la atención de la prensa. Ni siquiera el itinerario del desfile es inocente, ya que está estudiado para permitir a los reporteros gráficos situarse en puntos estratégicos desde los que sacar instantáneas de toda la marea humana que se había congregado en las calles de Bilbao. Hoy esas fotografías ocupan las páginas de los periódicos. A primera vista la manifestación impresiona, es cierto: esos paraguas de los familiares de los presos etarras marchando en ordenada formación militar encarnan lo que el propio Gara, con acierto, ha definido como “una ocupación del centro” de Bilbao. En mi caso, permítanme la ironía, me ha traído a la memoria cierta escena de la película “El libro de la selva”.

Se trata, sencillamente, de una repetición ritual con idénticos actores y libreto que los de anteriores ocasiones. “Derechos humanos, resolución, paz. Presos vascos a Euskal Herria”. Ni siquiera el lema es original. Por un lado, la libertad de los presos por delitos de terrorismo (o sea, por asesinar o ayudar a que otros asesinen, lo de “presos políticos” es un viejo eufemismo) continúa siendo una de las principales reivindicaciones del movimiento, que los considera héroes y «gudaris de la Resistencia» (así, literalmente, se los denominaba en las publicaciones de ETA de los años 60). Por otro lado, los ultranacionalistas, tras décadas de manipular el (tan odiado) idioma castellano o español, dando la vuelta al significado real de las palabras, han construido una auténtica “neolengua”, como en la novela 1984 de George Orwell. Por consiguiente, ni siquiera llama la atención que se apropien de términos como “Derechos humanos” o “paz”, conceptos que ETA y su entorno civil nunca han respetado. Lo insólito, lo que hubiera demostrado que el nacionalismo radical ha cambiado es que en el lema de la marcha hubiese sido “ETA disolución ya. Presos vascos a Euskal Herria”. Entonces sí que hubiera habido sitio para una razonable esperanza en la evolución de la autodenominada “izquierda abertzale” hacia posiciones cívicas y democráticas. Todavía no la hay.

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Que HB se desmarcara del terrorismo era precisamente lo que se buscaba hace 25 años. Aunque probablemente muchos de los que participaron en la manifestación de Bilbao lo ignoraran, ayer se cumplió el aniversario de un hecho crucial (este sí que fue original) en la historia reciente del País Vasco: la firma del Pacto de Ajuria Enea. A lo largo de 1987 ETA había asesinado a 52 personas: 21 de ellas en la masacre de Hipercor (Barcelona), en junio, y otras 11 en la de la casa-cuartel de Zaragoza en diciembre. Ambos atentados, ejemplos de terrorismo indiscriminado, tuvieron un enorme impacto en la clase política y propiciaron un acercamiento estratégico entre las distintas fuerzas democráticas. Su primer hito fue el acuerdo de Madrid (noviembre de 1987). Se trató de un precedente directo del “Acuerdo para la pacificación y normalización de Euskadi” o Pacto de Ajuria Enea firmado el 12 de enero de 1988, después de 110 días de negociaciones, por todos los partidos democráticos con representación en el Parlamento vasco (PNV, PSE, EA, EE, PP y CDS), al que posteriormente se unieron otros (EuE y EB).

El texto establecía taxativamente la ilegitimidad del terrorismo para fijar la agenda política, revalorizaba el Estatuto de Guernica y admitía la posibilidad de un final dialogado de la violencia, pero, como rezaba el documento, se haría “respetando en todo momento el principio democrático irrenunciable de que las cuestiones políticas deben resolverse únicamente a través de los representantes legítimos de la voluntad popular”. Entonces, ¿de qué cabía hablar con ETA? De “las vías de reinserción” para los exterroristas. Poco más. Como colofón, se solicitaba al lehendakari (entonces José Antonio Ardanza, el verdadero artífice del acuerdo junto al secretario general de EE Kepa Aulestia) que continuase “liderando el proceso en aras de la total normalización del país”. De ahí surgió la llamada Mesa de Ajuria Enea, un organismo consultivo formado por los representantes de los partidos firmantes, que se reunían en aras de realizar análisis conjuntos y consensuar estrategias políticas.

Se trató de un punto de inflexión en la historia de Euskadi. Por fin, superando dicotomías identitarias y/o de clase, se constataba la existencia de dos bloques en la sociedad vasca, violentos y demócratas. De paso, el acuerdo fijaba que el problema era de convivencia entre los propios vascos (y, no, por tanto, un secular “conflicto” étnico con España) y terminaba con la ambigüedad de cierto sector del nacionalismo vasco respecto al terrorismo de ETA. El Pacto de Ajuria Enea ejerció de “paraguas” del incipiente movimiento pacifista vasco y legitimó a las fuerzas vascas no nacionalistas. También, bueno es recordarlo, dio pie a que se eliminara la legislación antiterrorista extraordinaria y se mejorara la actuación policial.

La unión de los demócratas frente a los violentos era una de las mayores amenazas a las que se había tenido que enfrentar ETA y su brazo político. Según un informe de HASI, se estaba asistiendo a “una potente ofensiva del enemigo, a su reagrupamiento y relanzamiento de sus baterías contra el MLNV”. ETA advirtió de que el acuerdo suponía “un peligroso deslizamiento hacia el enfrentamiento civil”. Desde luego, la banda terrorista se empeñó en que así sucediera. Ahora bien, el Pacto no naufragó por culpa del ultranacionalismo violento, sino de sus propios promotores, que fueron incapaces de gestionarlo de una manera eficaz y que, poco años después, tras la deriva radical del PNV y el Pacto de Estella (1998), abandonaron la distinción entre demócratas y violentos para abrazar la de nacionalistas contra no nacionalistas. Y allí fracasó, de nuevo, nuestra clase política y, por extensión, la sociedad vasca. Pero esa es otra historia que habrá tiempo de contar.

¿Hay relación entre la manifestación y la efeméride? Desde luego que sí. Ayer en El Correo Kepa Aulestia escribía  al respecto:

«Hoy un reguero de gente se adueñará de calles céntricas de Bilbao reclamando que se modifique la legislación penitenciaria para, en correspondencia al ‘cese definitivo’ de ETA, propiciar la aproximación y la excarcelación de sus presos. Independientemente del sentir de cada manifestante es obvio que la cita persigue exonerar colectivamente a los activistas de ETA a cuenta de su definitiva tregua. Eludir la asunción del daño causado y la compensación moral debida a la memoria de sus víctimas directas, desdeñar cada condena judicial y beneficiarse del doble proceso que convierte al victimario y a la víctima en anónimos sujeto y objeto de una tragedia pretendidamente compartida con el mismo dolor. Veinticinco años después el ‘espíritu de Ajuria Enea’ no alcanza a dar luz para desbrozar la maraña de valores y contravalores en juego. Sencillamente porque hace veinticinco años los firmantes del pacto no fuimos conscientes de los vericuetos por los que la violencia como ideología trataría de perpetuarse».

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