Archivo de la categoría: Literatura

Librería Espacio Kattigara​. Libros usados contra la crisis

lateral-solo¿Todavía no conocen la Librería Espacio Kattigara​, en pleno centro de Santander? Contra la crisis, ¡libros usados! Aquí pueden descargarse su amplio catálogo.

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Felipe Juaristi Galdos ha recibido el Premio de la Crítica Española 2014 en la categoría de poesía en euskera

10428601_10204165945774342_1705450071604593411_nFelipe Juaristi ha recibido el Premio de la Crítica Española 2014 en la categoría de poesía en euskera con su obra Piztutako etxea (La casa encendida). Felipe es, entre otras cosas, director de la revista Grand Place (Mario Onaindia Fundazioa).

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Ha muerto el escritor Terry Pratchett

Sin títuloHa muerto el escritor Terry Pratchett. En casa hay una balda entera con sus libros de fantasía. Pratchett me enseñó a amar la lectura y me hizo reir a carcajadas, lo que no estaba reñido con aportarme algunas lecciones básicas sobre la vida como ver a la Muerte como un tipo un tanto estresado, no tomarme demasiado en serio a mí mismo, mostrar un respeto reverencial ante las señoras mayores (potencialmente brujas poderosas) y mantenerme alejado de los vendedores de perritos calientes. Y voy a la ruina. Hoy es un día horriblemente triste para todos sus lectores, que quedamos huérfanos de sus palabras, pero Pratchett ha sabido endulzarnos el amargo trago con una despedida que solo entenderán quienes conozcan su obra. Los elegidos, como el pobre Rincewind. Supongo que lo tenía preparado desde hace tiempo. Son las mejores últimas palabras de las que nunca he tenido noticia. Adiós, maestro. Le echaré de menos.

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Presentación de la revista “Grand Place” en San Sebastián

GRAND PLACE DONOSTIA

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Premio a la librería donostiarra “Lagun” por su coraje cívico frente a Franco y frente a ETA

Esozi Leturiondo, presidenta de la Mario Onaindia Fundazioa, entregó ayer a María Teresa Castells, propietaria de la librería “Lagun“, el premio de la fundación por su «coraje» en tiempos del franquismo y del terrorismo de ETA. En el acto Felipe Juaristi impartió una interesantísima conferencia que merece la pena leer.
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Felipe Juaristi: “Libros andantes/liburu ibiltariak”

LIBROS ANDANTES
1
Debemos a Ray Bradbury y a Fahrenheit 451, quizá su obra maestra, la imagen inquietante y a la vez sugerente de los “hombres-libro”, humanos que son libros, libros que son humana materia sin pedestal. En la sociedad utópica descrita por Bradbury, los libros están prohibidos y su propiedad perseguida, por lo que si, por casualidad o como consecuencia de la encuesta policial, se da con alguno, inmediatamente es arrojado a la hoguera, símbolo eterno de la purificación. Aquellas gentes que amen los libros, y tengan querencia cierta hacia la cultura, deberán aprenderse de memoria un libro al menos. De esa manera, un tanto azarosa, tratarán de preservar el recuerdo de los textos escritos, en la medida en que se preserve la vida de la persona que lleva en su memoria las palabras buscadas.
Uno no tiene excesiva capacidad memorística, salvo para guardar algún verso travieso, algún trozo de canción evocadora de los años jóvenes o no tan jóvenes, como hilos que se van agarrando a la existencia. Uno no tiene gran capacidad de almacenaje, ni conoce a nadie que se sepa de memoria algún libro entero. Recuerda a Leopoldo María Panero recitando La tierra baldía en inglés, con envidia. Otra poesía, otros lugares, por supuesto. Ya le gustaría salir a pasear con un amigo al paseo de la Concha, y que el colega, sobre la playa de blanda arena, con voz estruendosa le recitara pasajes de La Iliada, mirándole a los ojos, si fuese menester. Sería un buen motivo para subirse a un barco velero, bajel pirata que llaman por su bravura “El temido”, y marchar a Troya, a combatir con Aquiles, o sea con Brad Pitt.
Entre los amigos son legión aquellos que guardan mayor parecido con Hanta, el personaje de Bohumil Hrabal en Una soledad demasiado ruidosa. Apilan en sus hogares un buen número de libros, periódicos y revistas, en un desorden muy ordenado, todo hay que decirlo. Prueban de cada libro, despacio, como si fuese fruta prohibida; toman cada hoja con la pasión del condenado, como si el hecho de leer fuese una especie de tregua o amnistía en su larga condena. Vendrá la Muerte, estoy seguro, y los hallará con la mirada perdida en un párrafo lejano.
A uno le parece admirable ese fetichismo de la letra impresa. El propio Cervantes, nos lo recuerdan sus biografos, andando por la calle se paraba y se ponía a leer las hojas volanderas que el viento arracimaba aquí o allí.
2
Contaba seis años, ni uno más ni uno menos, cuando aprendí a leer. Andaba entonces con las monjas del pueblo y recuerdo que pasé un año entero antes de aprender a leer; quiero decir que desde que comencé a aprender a leer hasta que acabé de aprender a leer, o decidí que había acabado de aprender a leer, pasó un año, ni uno más ni uno menos. Era el último de la clase, y las monjas dijeron a mi madre, según supe después, que nunca haría carrera, que era mejor que empezara a trabajar cuanto antes en el taller del padre, si fuera posible, que me sería de mejor provecho. En aquel tiempo no me gustaba la lectura; me parecía una perdida de tiempo irremediable eso de gastar los ojos haciéndolos resbalar sobre letras. Tenía mejores actividades a las que dedicarme, prefería resbalar en cuestas de verdad, llenas de barro, agua y fango. No gozaba leyendo, no me divertía, no… Nunca he sabido por qué fue así, y en este instante apenas me importa. Lo que sé es que al fin aprendí a leer y que me alegré. Así que, una vez que aprendí a leer, pregunté en casa qué había para llevarse a los ojos, con el mismo tono pedante que otras veces solía preguntar: “Mamá, ¿qué hay para llevarse a la boca?” Era mediodía y la madre estaba preparando la comida, porque el padre salía del taller y venía directamente, sin entretenerse en el camino, a comer. Andaba ella muy atareada entre las cazuelas y sartenes del fogón familiar, en una cocina que era toda luz, y ella también se me parecía rodeada de un halo luminoso. Todo estaba limpio y relucía, como si fuese nuevo en aquella cocina, entonces. Creo que no me oyó bien; no me hizo demasiado caso.
–Búscalos tú mismo –me respondió.
Comencé la búsqueda y en el ángulo oscuro del salón pequeño encontré sólo dos libros. Uno contenía las estrofas de “Basarri”; el otro, las de “Txirrita”. El padre, según cuentan las crónicas, había sido bertsolari, allá en Elosua, cuando joven, y amigo de “Basarri”, en los años mozos. Tomé el libro. Me pareció que aquello que leía ya lo había escuchado alguna vez anterior. Los de “Txirrita”, además de oídos, los tenía presentes en la memoria; no todos, por supuesto, pero sí bastantes. Pregunté, por tanto, para qué servía leer. La respuesta llegaría, al fin, cuando menos la esperaba.
3
Contaba yo, creo, con siete años cuando me regalaron un libro titulado Lugares maravillosos del mundo. En aquel fabuloso volumen leí que la biblioteca de Alejandría, uno de los lugares maravillosos, fue quemado por los hombres de un caudillo árabe llamado Omán, en el año 644 de nuestra era.
El propio Borges, tan poco dado a mixtificaciones, participó de dicha opinión. Un poema suyo acaba de esta forma:
“En el siglo I de la Hégira,
Yo, aquel Omar sojuzgó a los persas
Y que impone el Islam sobre la tierra,
Ordeno a mis soldados que destruyan
Por el fuego la larga Biblioteca…”
Tendría diecisiete años cuando cayó en mis manos La decadencia y caída del imperio romano de Gibbon. El autor duda de que la quema de la biblioteca de Alejandría fuese obra de los árabes. Paulo Orosio, seguidor de san Agustín, escribió en el año 415 lo siguiente: “La biblioteca la han vaciado hombres de nuestro tiempo. No hay ninguna duda”. Orosio escribió tal afirmación el mismo año que las masas de Alejandría despellejaran vivo a Hipatia, matemático y director de la biblioteca. Utilizaron conchas marinas para separar la piel de la carne. Cuentan que había cien mil obras en aquella biblioteca y unos setecientos mil libros. Pero todo yace palidecido por las tenues luces de la suposición, porque nadie sabe a ciencia cierta qué fue lo que ardió en Alejandría, fuese de la mano de cristianos, fuese de la de infieles. La biblioteca estaba distribuida en dos plantas. Bernard Shaw cita la biblioteca en una de sus comedias. Dice César: “Dejadlo quemar. Es recuerdo de la maldad humana”. Borges opinaba que era improbable que César dijese tales palabras. No tenían los hombres antiguos el concepto de memoria que nosotros, los modernos, manejamos sin ton ni son tantas veces. Ni participaban de nuestra preocupación por la letra escrita.
Siempre me ha dejado absorto y sin palabras la historia de la biblioteca de Alejandría. Pero en comparación con lo que ahora mismo significa Internet, pienso que no es nada, una pluma al viento.
4
Hay gente que identifica su propio malestar con la del mundo que lo rodea. No es de extrañar que en el oficio de poeta haya más gente de esa calaña que de otra, u otras, pues es la de poeta actividad tendente al ensalzamiento y alabanza del ego, sin olvidarnos del ensimismamiento. Si vive el poeta, cuando vive o sueña que vive, cree que todo el mundo avanza en la vida acompañado de sus latidos, de sus guiños de ojos, de sus pensamientos, de su pesadumbre; y cuando se muere, o cuando se mata, llega a creer que también el mundo se muere o se mata, a su imagen y semejanza. El suicidio del poeta, cree él, es el genocidio del mundo. O dicho de manera simbólica, cuando se quema el libro de un poeta, es el propio poeta quien se quema: o sea, todo el mundo arde sin compasión.
Kafka ordenó que quemaran su obra, empujado quizá por un inconfesable e insoportable sentimiento de paternidad. Afortunadamente, no le hicieron caso y hoy en día su obra se nos aparece en toda su hermosura, libre de fuego y humo. Mallarmé, en su lecho de muerte, ordenó a sus amigos que destruyeron la obra en la que se había empeñado durante más de treinta años: “Quemadlo, no hay beneficio para vosotros, queridos amigos. Creedme, va a ser hermoso”. Los queridos amigos, por supuesto no cometieron el auto de fe ordenado, afortunadamente, reitero. “El cielo está muerto”, escribió, queriendo decir o dar a entender que era él quien yacía muerto. La religión de Mallarmé es la religión del yo, la religión del espejo que envía una y otra vez hasta el infinito la misma imagen.
Defensa del Infinito se llamaba el libro que el poeta Louis Aragon quemó en el año 1927. El hecho de que el poeta, unos meses antes, ingresara en el seno del Partido Comunista tiene algo que ver, según creo, con la destrucción del libro. En comparación con dicho texto, todos los anteriores eran una especie de juego para niños. Un año más tarde el poeta intentó quitarse la vida. Sería la segunda muerte, una vez consumado el bibliocidio. “Es mi problema, es mi problema”, fueron las únicas palabras que acertó a pronunciar cuando le preguntaron por las razones de la quema de su libro.
Pero no era su problema, no sólo su problema.
¿Cuántos libros han muerto en nuestro país, aún antes de haber sido publicados? ¿Cuántos se han quemado en la imaginación, aún antes de convertirse en letra?
5
Bernard Shaw tiene, a veces, la capacidad de sorprenderme. Escribió que los espejos servían para ver nuestros cuerpos y los libros para contemplar nuestras almas.
Cada libro es, por tanto, una visión de nuestra alma. Y mil libros, es de suponer, son mil visiones.
¿Para qué tantas?, me pregunto a veces y cuando la ocasión lo considera pertinente. ¿Somos acaso tan plurales?
6
Tengo un amigo, llamémoslo Koldo, que lee mucho y que escribe poco, y lo que escribe lo destruye una vez pergeñado.
–Prefiero no dar comienzo a las historias, antes de que acaben mal.
No hace mucho tiempo me dijo que si Sócrates y Jesucristo hubiesen escrito libros, los habrían quemado. Ellos no escribieron; no tenían necesidad alguna. Ellos eran sus propios libros, andaban y enseñaban. Por eso, obligaron a beber la cicuta a Sócrates y crucificaron a Jesucristo. Pitágoras tampoco escribió nada, que yo sepa. Tenía mayor confianza en la palabra hablada que en la escrita; más le valía la palabra suelta y echada a andar que la atada al alfabeto. Tampoco “Txirrita” escribió. No escribir no significa ser analfabeto. Más inculto que quien no escribe es quien no escucha, porque no sabe o porque no quiere.
Hay muchas personas en el mundo que son verdaderos libros. Su muerte sería comparable a la destrucción de la biblioteca de Alejandría.
El que Borges escribiese es un hecho que no deja de sorprenderme. Que Axular escribiera me preocupa aún más. ¿No podía haberlo dejado para luego o para nunca quizá?
7
Siempre ha habido, desde que tengo uso de razón o uso de la memoria, que a veces es lo mismo y a veces no, una buena biblioteca en Azkoitia. La encargada era amiga de nuestra madre, viuda ella, y, quizá por ello, nos recibía con cariño, cada vez que entrábamos en el edificio.
–¿Qué te gusta leer? –me preguntó.
–Poesía –respondí. En mi torpe imaginación Tanto “Basarri” como “Txirrita” escribían poesía.
La amiga de la madre me dejó las Poesías Completas de Antonio Machado, en una antigua edición de Espasa Calpe. Llevé conmigo el libro durante toda la carrera y, una vez finalizados los estudios, lo devolví.
–¿Te ha servido para algo? –me preguntó la bibliotecaria.
Le respondí que sí, que me había servido de mucho. Era la pura verdad.
8
Quien no haya visitado el Cap de Creus en Cataluña, ha dejado de visitar un rincón que bien pudiera ser del mismo paraíso. Hay un faro, el mismo que aparece en la película El faro del Fin del Mundo: Kirk Douglas, para más señas. No hay otro lugar en la península donde la luz sea tan visible, tan manejable, tan flexible. No es de extrañar, por tanto, que muchos pintores recalen y habiten, o hayan habitado, en los alrededores: Dalí, sin ir más lejos, en Port Rigalt. Mirando hacia la derecha se ve Cadaqués; hacia la izquierda aparece Port Bou, y más allá, cruzada la frontera, Colliure, entre la neblina mediterránea. Quien entienda algo de Historia sabrá que Antonio Machado cruzó la frontera en ese lugar, de sur a norte. Tuvo que abandonar una maleta, llena de papeles. Unos años más tarde, también llegó al mismo punto Walter Benjamin, viajando en sentido contrario, de norte a sur. También llevaba una maleta, repleta de papeles. No pudo continuar el viaje. La policía de Franco les impidió la continuación del camino, a él y a sus compañeros de infortunio y de viaje. Aquella misma noche se suicidó, utilizando morfina. A la mañana siguiente encontraron su cadáver. A la mañana siguiente cruzaron los demás; pero ya no había maleta.
Creo que el exilio de Machado y el de Benjamin son uno y el mismo. Creo que la maleta de Machado y la de Benjamin eran una y la misma. Lo que contenía la primera, escrito en un precioso castellano (Machado poseía un estilo llano, pero no por ello pobre; dicho de otra manera, era especialmente profundo) venía en la segunda expresado en alemán, barroco y duro en algunos aspectos, pero no por ello inferior en calidad. No creo que se tratase de poemas; al menos si se toma el poema en su sentido clásico y habitual. Tanto Machado como Benjamin, al final de sus vidas, preferían los textos breves, que sin ser aforísticos, trascendían la nitidez y la precisión de la sentencia: palabra en su termino justo, frase en su neta desnudez.
Todo ello se puede contemplar desde la atalaya de Cap de Creus, recogidos bajo el faro. El mar azul y ese cielo de la infancia, irrepetible, siempre limpio y siempre luminoso. Benjamin era la traducción de Machado; y la de Benjamin, Machado. Sus últimos días golpearon con la fuerza de una saeta el techo del tiempo, trémulos e inquietos; más preocupados que por su suerte, por la de las maletas que llevaban en sus débiles manos.
Ambos son testigos y víctimas pasajeras y pasadas de este siglo que no necesita maletas.
9
Dice el Manifiesta Futurista, según san Marinetti, en su décimo punto: “Queremos incendiar los museos, las bibliotecas y las academias, sean de la clase que sean, y luchar en contra de todo moralismo, feminismo y cobarde oportunismo”.
Escribió Heine que en aquellos lugares donde se quemaban libros, acababan ardiendo personas. Junto a los libros, a veces; sin los libros, otras.
Cuando se quema o queman un libro, cundo lo convierten en ceniza y polvo, cuando lo matan, no están matando a nosotros, nos están quemando a nosotros, están haciendo ceniza y polvo con nosotros. Porque todos, en algún sentido, somos libro, un libro de huesos, carne y sangre.
10
Ha sido en Covarrubias donde he podido contemplar uno de los cuadros más sugerentes que conozco. Se titula el Libro de la Virgen y los expertos lo atribuyen a Van Eick. Es un trabajado extremadamente delicado. La Virgen sostiene el libro y el hijo, un niño de pecho, lo mira o lo lee, no sé.
El cristianismo siempre ha hecho apología del libro, de un único libro generalmente, del libro santo.
11
Luís García Montero tituló Poesía, cuartel de invierno uno de sus libros de ensayo. El poeta, lo digo en general, no siempre acierta a vivir, no de una manera plena y satisfactoria al menos, pero es muy hábil y lábil en el oficio de dar nombre a cosas, animales y personas: digno y alabado sucesor de Adán. Será porque las palabras son para él compañeros y no enemigos, aunque de todo haya. La poesía, como intuyó García Montero, es un cuartel de invierno, para los que el invierno es hogar y no estación de tránsito, para los que no conocemos el estío, ni siquiera en el más caluroso y abrasador agosto.
Astorga es una ciudad invernal. Incluso en verano es difícil sacudirse y quitarse el frío de encima. Se anda con los pies fláccidos y helados; las manos se convierten en duras piedras, las orejas se llenan de sabañones. Es preciso el abrigo, a todas horas, la protección máxima, en ese clima moral y físicamente extremo. Tierra de poetas y de ascetas, claro. Los días pasan con lentitud, y las noches se demoran dando vueltas en la noria del relente. Parece que el tiempo también se desmoronó y quedó en estado sólido y gélido, sumido en la blanca eternidad de hielo. Allá me llevaron cuando era aún joven e inconsciente, cuando además de inconsciente era joven, porque la inconsciencia y la juventud no son cualidades que siempre vayan a la par y de la mano. Hay jóvenes inconscientes y ancianos inconscientes; y
creo que en los últimos deja de ser virtud para convertirse en vicio de lesa estupidez. Pues es la inconsciencia en gente de edad como una piedra molar pesada y dura, una montaña de afiladas aristas de granito. Me llevaron al invierno y aunque en el cuartel no aprendí qué es eso que se llama poesía, porque la poesía la llevamos en nuestro interior, de contrabando y sin saberlo, a veces, o no es nada, me dieron la oportunidad de leer, gozar y conocer la literatura que más tarde me serviría en mi educación, no sólo sentimental, sino también moral.
El cuartel de Astorga tenía la biblioteca más curiosa y rara, dadas las circunstancias, que haya conocido. Por lo visto, un coronel que estuvo al mando ordenó, a cargo del ministerio correspondiente, ignoro cuál, la compra de un buen número de libros. Puede que el tal coronel fuese inexperto en el oficio militar y que comprase los libros, fiándose de sus títulos. Puede que de verdad supiese lo que compraba, lo que es más admirable, si cabe, en un militar. Bajo esta última perspectiva me imagino al citado coronel como un hombre irónico, gracioso y socarrón, amante de la literatura, además. Y quien haya conocido la vida militar, aunque sea desde la lejanía, y sin rozar con ella, sabe que el servicio de las armas se contrapone y se opone al de las letras, salvo honradas y caras excepciones: Francisco de Aldana. Realizó su servicio en la ciudad de San Sebastián y la ciudad apenas ha agitado su recuerdo.
Los libros de aquella biblioteca eran especiales, no hay otra definición. Leí en la soledad fría y extraña de aquel cuartel obras como Acto de servicio de Heinrich Böll y Sin novedad en el frente de Remarque. Al principio, no podía dar crédito a que el cuartel poseyera aquellas joyas literarias. También me pasó por la mente que aquella exhibición de literatura antimilitarista era una celada para que nos delatáramos por nuestras preferencias o inclinaciones políticas. Para quien posea una visión totalitaria del mundo, la literatura deja de ser ficción y se convierte automáticamente en verdad indiscutible; al igual que la verdad de su vida se convierte maquinalmente en pura ficción. Sin saberlo, claro. Había en aquella biblioteca una hermosa historia del socialismo, junto a un buen número de libros marxistas. Por razones que no vienen al cuento, pero que son de cuento, pasé la mayor parte de la estancia militar en una especie de calabozo, frío y desnudo, sin más adorno que un duro catre. Pero allí, sólo mas no olvidado, tuve la ocasión de leerme todo Dostoievski, y ya sé que no es fácil de digerir. Creo que fue en Astorga donde leí todas las obras de Chandler y de Hammet.
Creo que el servicio militar fue, como tal servicio, bueno y agradable, dentro de lo que cabe. Nunca he vuelto a leer con aquella pasión, con aquel deseo, pero tampoco con la despreocupación y la felicidad de entonces. Si leía no era para obtener algún rédito o beneficio inmediato, ni para pasar el rato, sino para sentirme libre. Supe en Astorga que leer es el acto de libertad primordial e irrenunciable, como caminar sin rumbo ni sentido por donde va el aire o la lluvia o la nieve. Porque leer es andar de un lado a otro, sin pararse a descansar; leer es un viaje que no tiene fin, una travesía de una imaginación a otra, de un arco iris a otro, de un cielo a otro. Hoy y ahora siento que en aquel nevero de Astorga fui libre, más libre que cuando caminaba fuera de los muros del cuartel. Quizá tenga que ver con la juventud, quizá todo sea pura fantasmagoría, como la vida misma. Quizá sólo seamos libres cuando leemos.
En las crónicas sobre Auschwitz se comprende que aquellos desgraciados que eran dejados en el campo se esforzaran en aprenderse de memoria una canción, un poema, una pequeña historia, para transmitirla a los cuatro vientos. Les valía para saber que estaban en el mundo.
Y que estaban vivos.
12
“No recuerdo tal destrucción desde la época de los mongoles”. Son palabras del director de la biblioteca central de Irak. No son antiguas; pero así resuenan en nuestros oídos, endurecidos a todo lo que suene barbarie. Las pronunció cuando las tropas de los Estados Unidos saquearon Bagdad.
Hemos regresado a la época de los mongoles. Gengis Khan no cabalga a caballo. Ni falta que hace
13
“Habent sua fata libelli”.
Los libros son dueños de su destino, van labrándolo a medida que transcurre su vida.
Hace tiempo que presté el libro Vidas Imaginarias de Marcel Schwob a un buen amigo. Se encontraba en la cárcel. Transcurridos diez años, me lo devolvió un pariente que pasó una larga temporada en los Estados Unidos, sin saber que era de mi propiedad, si es que se puede hablar de propiedad en el caso de los libros. Traía mi rúbrica de entonces, y la fecha del día de la compra: 77-15-04.
¡Qué fatiga pensar en el viaje realizado por el libro!
14
Rayuela de Julio Cortázar es el libro, de cuantos haya leído, que por tener mayor influencia en mi vida personal, ha dejado más sentida y profunda huella. Fue en un año de Carrera. Acostumbrábamos a tomar un autobús para acudir a la facultad, tras caminar casi una hora monte a traviesa. No es que viviéramos lejos de Madrid; lejos era cerca, en comparación del lugar donde vivíamos. Desde entonces tengo clavado en las blandas entrañas la costumbre de leer libros duros, largos y recios mientras ando en transporte público. Tampoco es que me resulte difícil, carezco de carné de conducir. El curso se iba, como se van las cosas suaves, y llegó sin mucha prisa y con bastante parsimonia la época de los exámenes. Aprobé todas las asignaturas, excepto una. El día del examen estaba yo enfrascado en la lectura de Rayuela, sin poder soltar el libro de las manos ni liberarlo de mi mente. No me presenté. El profesor, con quien mantenía una entrañable amistad, me pidió explicaciones. Le confesé la verdad, sin recato alguno. Volví a la facultad en septiembre a realizar el examen; pero gracias a aquel profesor tuve el primer trabajo que recuerdo: colaborador en una revista dedicada a la moda y a sus complementos.
Escribía reseñas de libros.
15
Tuve un amigo, llamémoslo Eduardo, ya fallecido, que tenía la costumbre generosa de dejar una biblioteca en cada casa en la que vivió, que no habitó. Era un militante acérrimo en contra de la propiedad privada y nada poseía, aparte del nombre, que hasta renunció al apellido. No tenía libros, ni casa, ni ropa… A veces acudía adonde los amigos o compañeros de fatiga o de militancia, en busca de un lugar donde dormir o pernoctar, durante una temporada, más o menos larga, según sus inquietudes: un viejo y duro sofá, las más de las veces. En compensación, dejaba allí todos los libros que compraba o robaba, mientras duraba su estancia, para el dueño de la casa. Luego se marchaba, añadiendo a su ausencia un profundo sentimiento de melancolía. No había nacido para estar en un lugar. De ninguna parte era.
Era un libro, un libro peregrino y andante.
Esos son los libros que forman mi biblioteca. Con ellos salgo a gusto a pasear y a hablar. No han aprendido un único libro de memoria, pero conservan el sabor y el olor de miles de ellos.
El recuerdo es lo que nos caracteriza como seres humanos. Guardar el recuerdo de los hombres y mujeres que son y han sido es, a fin de cuentas, nuestro más noble objetivo en la vida.
Los libros son los mojones de nuestra existencia. En la infancia amamos los de colores; en la juventud los que den alas a nuestra febril imaginación; en la madurez libros que profundicen en el ser que somos o queremos ser.

FELIPE JUARISTI

LIBURU IBILTARIAK
1
Ray Bradburyk sortu zuen, edo berari sortu zitzaion, Fahrenheit 451 famatu hartan, “gizon-liburuen” irudia, alegia liburu diren gizonena. Bradburyk deskribatzen duen gizarte horretan liburuak debekaturik daude, eta harrapatutakoak sutara botatzen dituzte, erre daitezen. Liburuak ez ezik, kultura ere maite dutenek, liburu bana ikasiko dute buruz, liburuen oroitza gorde dadin, ahal den neurrian, buruz ikasi duena bizi daitekeen neurrian.
Nik, egia esan, ez dut, poema bat edo beste izan ezik, buruz ezer ikasteko ahalmenik izan sekula. Ez dut testu luzerik buruz ikasteko bururik izan. Gainera, ez dut lagunen artean bat bera ere libururen bat buruz osorik dakienik. Gustatuko litzaidake, nola ez, adiskide batekin paseatzera atera Kontxako etorbidean zehar, agian, eta hondarraren gainean berak, egoerak eskatuko lukeen ahots ozenaz, Iliadako pasarteren bat esatea, nire begietara begiratuz ahal dela. Uste dut itsasontzi bat hartu eta Troiara joango nintzatekeela Akilesekin batera, alegia Brad Pittekin batera.
Gehiago ditut lagunen artean Bohumil Hrabalen Una soledad demasiado ruidosa liburuko Hantaren antzekoak. Liburuak eta egunkariak pilatzen dituzte beren etxeetan, anabasa eder alferrekoan. Liburu bakoitza, fruitu debekatua balitzaie bezala, dastatzen dute poliki-poliki; orri bakoitza kondenatuaren grinaz hartzen dute poliki-poliki. Irakurtzea egingo luketen azken ekintza balitz bezala poliki-poliki. Seguruenik Herio ongi apartatuak harrapatzen baditu, irakurtzen izango da. Ez dut zalantzarik batere.
Miresgarriak zait letra idatziaren fetitxismo hori. Cervantesek berak, hala gogorazten digute, kalean zegoelarik haizeak batetik bestera eramaten zituen orri solteak ere irakurtzen omen zituen.

2
Sei urte nituela ikasi nuen irakurtzen, ez lehenago ez geroxeago, monjetan hain zuzen. Urtebete igaro zitzaidan irakurtzen ikasi baino lehen, alegia urtebete joan zen ikasten hasi nintzenetik ikasten amaitu nuen arte, edo ikasten amaitu nuela sinetsi nuen arte. Gelako azkena nintzen, eta monjek amari esan zioten ez nuela karrerarik egingo, hobe nuela lehenbailehen lanean hasi, aitarekin tailerrean. Irakurtzea ez nuen batere gustukoa, denbora galtzea iruditzen zitzaidan. Gauza hobeak nituen egiteko, ez nuen gozatzen, ez nuen jolasten, ez nuen. Ez dut sekula jakin zergatik zen, eta une honetan ez zait batere inporta. Dakidana da halako batean ikasi nuela irakurtzen eta poztu egin nintzela. Irakurtzen ikasi eta etxean galdetu nuen zer zegoen irakurtzeko, bestelako egunetan “ama, zer dago bazkaltzeko?” galdetzen nuen bezala. Eguerdia zen eta ama janaria ari zen prestatzen, jakina, aita, izan ere, tailerretik irten eta bazkaltzera etortzen zen. Buru belarri zebilen eltzekoak prestatzen, leihoetatik argia besterik sartzen ez zen sukaldean, eta bera ere argiz inguraturik ageri zitzaidan, bertako erregina. Dena garbi eta distiratsu zegoen, sukalde zuri hartan. Bere zereginak zituelako, uste dut, ez zidan kasu gehiegi egin.
–Heuk bilatu! –erantzun zidan.
Bila hasi eta saloi txikian bi liburu aurkitu nituen. Basarriren bertsoak zituen batak; Txirritarenak, besteak. Gure aita bertsolaria izan zen, aspaldi, Elosuko bertsolaria, eta bere garaian ezagutu omen zuen Basarri. Haren liburua hartu nuen. Irakurtzen ari nintzena entzuna nuela iruditu zitzaidan. Txirritarenak, entzunak ez ezik, ezagunak nituen batzuk, ez denak, noski. Beraz, neure buruari galdetu nion zertarako balio zuen irakurtzeak. Erantzuna ez zitzaidan berehala iritsiko.
3
Zazpi urte nituen Munduko toki miresgarriak izeneko liburua oparitu zidatenean. Han irakurri nuen Alexandriako liburutegia, toki miresgarrietako bat, Oman izeneko arabiar baten gizonek erre zutela, gure garaiko 644. urtean.
Iritzi horren aldekoa Borges bera ageri zen, geroago jakingo nuenez. Haren poema bat hitz hauez amaitzen da:
“En el siglo I de la Hégira,
Yo, aquel Omar que sojuzgó a los persas
Y que impone el Islam sobre la tierra,
Ordeno a mis soldados que destruyan
Por el fuego la larga Biblioteca…”
Hamazazpi urte nituenean irakurri nuen Gibbonen La decadencia y caída del imperio romano. Egileak ez du sinesten Alexandriako liburutegia arabiarrek erre zutenik, izan ere, erreketa gertatu eta 600 urtetara idatzi zuen gizon batek kontatzen baitu historia hori. Paulo Orosiok, san Agustinen jarraitzaileak, 415. urtean idatzi zuen: “Liburutegia gure garaiko gizonek hustu dute. Ez dago zalantzarik”. Alexandriako Hipatia jendeak larru gabetu zuen urtean idatzi zuen Orosiok. Hipatia matematikaria zen, liburutegiko zuzendariaz gainera, eta itsas maskorrak erabili zituzten, bizirik zegoela, larrurik gabe uzteko. Ehun mila lan omen zeuden Alexandriako liburutegi hartan, zazpiehun mila liburu. Omen da erabil daitekeen hitza, izan ere, inork ez baitaki zehazki zer erre zuten kristauek eta zer arabiarrek. Alexandriako liburutegia bi eraikinetan baitzegoen banatuta. Bernard Shawen komedia batean aipatzen da Alexandriako liburutegia. Zesarrek dio : “Utzi erretzen. Gaiztakeriaren oroimena da”. Borgesek dio ez duela uste Zesarrek halakorik esango zuenik. Ez baitzuten antigoalekoek oroimenaren ahalmenaz guk dugun iritzia, ezta idatzitakoari buruz ere guk dugun axola.
Beti liluratu izan nauen historia da Alexandriako liburutegiarena. Interneten aldean jarrita, ezer ez delakoan nago.

4
Bada jende bat beren zoritxarra munduarenarekin nahasten duena. Poeten ofizioan horrelakoak gehiago izatea, bestelakoetan baino, ez da harritzekoa, poetak egolatra izateko joera baitu. Bizi delarik, uste du mundu guztia bizi dela bere bihotz zimikoek, bere begi kliskek, bere buru gogoetek lagundurik; eta hiltzen delarik, edo bere buruaz beste egiten duelarik, mundua ere hiltzen dela iristen da sinestera. Poetaren suizidioa, munduaren genozidioa, horra hor poeta egolatraren ustea. Edo modu sinbolikoan esanda, poetaren liburua erretzen denean, poeta bera da erretzen dena: mundua bera alegia.
Kafkak bere obra erretzeko agindu zuen, onar ezin zitekeen aitatasun sentimendu batez bultzaturik. Zorionez, ez zioten kasurik egin eta gaur egun haren lana bere ederrean ageri zaigu, surik gabe. Mallarmék ere hogeita hamar urtez landutako obra erretzeko agindua eman zien bere lagunei, heriotza bezperan: “Erre ezazue, ez dago zuentzako ondasunik, nire lagun maiteok. Sinets ezazue, ederra izango da.” Lagun maiteek, noski, ez zuten auto de ferik egin, zorionez, berriro diot. “Zerua hilda dago”, idatzi zuen, bera hilik zegoela esateko. Mallarméren erlijioa, izan ere, niaren erlijioa zen, irudi bera behin eta berriro eta infinituraino bidaltzen duen ispiluaren erlijioa.
Infinituaren defentsa zuen izenburua Aragon poetak 1927an erre zuen liburuak. Hilabete batzuk lehenago poeta Alderdi Komunistan sartu izanak badu, nire ustez, erreketarekin zerikusirik, liburu horren aldean idatzitako beste guztiak haur-jolasak baitziren, poetaren esanetan. Urte bat geroago, bere buruaz beste egiten saiatu zen. Jakina, bigarren heriotza izango zitzaion, aurrenekoa gertatua baitzen ordurako: Alderdi Komunistan sartu eta bere liburua erre zuenean. “Nire arazoa da, nire arazoa da”, esan zuen erreketaren berri emandakoan.
Ez zen bere arazoa soilik, noski.
Zenbat liburu hil ote dira gure herri honetan, beraiek sortu baino lehen? Zenbat erre ote dira irudimenean, letra bihurtu baino lehen?
5
Bernard Shawek harriturik uzten nau tarteka. Ispiluak geure buruak eta literaturak geure arimak ikusteko balio zutela idatzi zuen.
Liburu bakoitza beraz, geure arimaren ikuspegi bat da. Eta mila liburu, mila ikuspegi.
Zertarako hainbeste, galdetzen diot neure buruari. Hain anitzak ote gara?
6
Badut lagun bat, dei diezaiogun Koldo, asko irakurri eta gutxi idazten duena, eta idazten duena idatzi ondoren apurtu.
–Oso gaizki amaitzen direlako, nahiago dut ez hasi.
Ez dela asko esan zidan Sokratesek edo Jesukristok liburuak idatzi izan balituzte erre egingo zituzketela. Ez zuten idatzi. Ez zuten halako beharrik, liburuak ziren berak: liburu ibiltariak. Horregatik, pozona edanarazi zioten Sokratesi eta Jesukristo gurutzean hilarazi. Pitagorasek ere ez zuen idatzi, nik dakidala; gehiago sinesten zuen ahoz esandakoaz, letraz idatzitakoaz baino. Txirritak ere ez. Ez idazteak ez du esan nahi analfabetoa izatea. Sekula idazten ez duena baino analfabetoagoa iruditzen zait sekula entzuten ez duena. Hamaika dago horrelako.
Jende asko dago munduan liburu direnak. Haien heriotza Alexandriako liburutegiaren hondamena ekar dezake, eta ekarriko du, seguru asko.
Borgesek idazteak oraindik harritzen nauen kontua da. Axularrek idazteak ere kezkatuta uzten nau. Ez al zuen geroko gerorako uzterik hori ere?
7
Azkoitian liburutegi ona izan dugu, oroitza dudanetik hona, gutxienik. Liburuzaina lagun baten ama zen, alarguna bera, eta horregatik, seguru asko, ondo hartzen gintuen. Berak galdetu zidan.
–Zer gustatzen zaizu irakurtzea?
–Poesia –erantzun nuen, Basarrik eta Txirritak, irudimena nuen, poesia egiten zutela.
Lagunaren amak Antonio Machadoren liburu bat eman zidan, Espasa Calpeko edizio zahar bat: Poesías Completas. Nirekin eraman nuen karrera osoan eta ikasketak bukatutakoan itzuli nuen.
–Balio izan al zaizu? –galdetu zidan.
Baietz erantzun nion, oso baliagarri izan zitzaidala. Ez zen gezurra.
8
Kataluniako Cap de Creus ikusi ez duena paradisuaren zati bat ikusteke dago. Bertan faroa, Munduaren Amaierako Faroa filmekoa: Kirk Douglas eta abar… Penintsulan inon ez da hango argirik. Ez da harritzekoa pintatzaile askok bizitokia inguruetan aurkitu izana: Dalik, esaterako. Eskuinera begiratu eta Cadaqués ikusten da; ezkerrera begiratu eta Port Bou, eta harantzago, mugaz bestaldera, laino artean, Colliure. Historia dakienak badaki Machadok muga igaro zuela hortxe bertan. Maleta bat utzi behar izan zuen, paperez betea. Geroxeago, alderantzizkoa bidea eginik, Walter Benjamin igaro zen, iparretik hegoaldera. Berak ere maleta bat zekarren, paperez betea. Ez zuen igarotzerik izan. Espainiako polizia frankistak ez zien ez berari ez berarekin zetozenei pasatzen utzi. Gau hartan bere buruaz beste egin zuen, morfina erabiliz. Biharamunean aurkitu zuten haren gorpua. Biharamunean igaro ziren besteak; baina maletarik ez.
Nago Machadoren erbestaldia eta Benjaminena biak bat direla eta bera. Machadoren maleta eta Benjaminena biak bat direla nagoen bezala. Batean zegoena, gaztelera ezinago ederrean (Machadok estilo laua baitzuen, baina ez horregatik pobrea; alderantziz esanda, oso zen sakona), bestean, Benjaminenean, alemaneraz zetorren, estilo barrokoagoan, gogorxeagoan, baina ez horregatik kaxkarragoan. Ez dut uste poemak zirenik; poema hartzen bada zentzu klasiko eta ohikoan, bederen. Bai Machadok eta bai Benjaminek, azken garaian, testu labur eta zehatzak maiteagoak zituzten, aforismoak barik, aforismotik urrutira joan zitezkeenak; hitza bere neurri justuan, esaldia bere biluzian.
Guzti hori ikus daiteke Cap de Creuseko talaiatik begira. Faroaren babeslekutik. Itsaso urdina, eta haurtzaroko zerua, beti garbi eta beti distiratsu. Machadoren itzulpena Benjamin izan zen; eta Benjaminena, Machado. Gezi moduan jo zuten denboraren sabaia haien azken egunek, urduri, larri: beren buruez bainoago, eskutik helduta zeramatzaten maletez kezkatuago.
Biak dira maletarik behar ez duen gure mende honen lekuko eta biktima iraganeko.
9
Futuristen Manifestuko hamargarren puntua, Marinettiren arabera: “Museoak, liburutegiak, era guztietako akademiak erre nahi ditugu, eta moralismoaren, feminismoaren eta edozein koldarkeria oportunistaren aurka borrokatu.”
Heinek idatzi zuen liburuak erretzen dituzten tokietan, gizonak erretzen amaitzen dituztela. Liburuekin batera, batzuetan; libururik gabe, besteetan.
Liburu bat erretzen dutenean, liburu bat hauts bihurtzen dutenean, liburu bat hiltzen dutenean, gu ere hiltzen gaituzte, gu ere hauts bihurtzen gaituzte, gu ere erretzen gaituzte. Gu ere, neurri batez, liburua gara, hezur eta haragizko liburua, ordea.
10
Covarrubiasen nik ikusi izan dudan pinturarik ederrenetakoa dago. Amabirjinaren Liburua du izena eta Van Eickena omen dela arituek diote. Oso delikatua da lan hori. Amabirjinak liburuari eusten dio eta semeak, haur besoetakoa bera, liburuari begiratzen dio edo liburua irakurtzen du.
Kristautasunak beti egin du liburuaren apologia, liburu bakarrarena gehienetan, alegia liburu sainduarena.
11
Luis García Montero poetak bere saiakera-liburu bati Poesía, cuartel de invierno izenburua jarri zion. Poetak ez du beti bizitzen jakiten, edo behintzat ez du bete-betean bizigintzan asmatzen, baina oso jaioa izan ohi da izenburuak ipintzen. Hitzak adiskide eta ez etsai dituelako izango da, seguru asko. Poesia neguko kuartela baita, beti neguan bizitzen ohiturik gaudenontzat, sekula uda ez dugunontzat, uztailik beroenean ere.
Astorga neguko hiria da. Udan ere ez da hotza erraz gainetik kentzen. Oinak beti izozturik, eskuak zurrundurik ibili beharra dago, ondo abrigatuta, ahal bada, eta hobeto babestuta. Ez dira arin igarotzen egunak, ezta gauak ere. Denbora bera ere hoztuta geratu dela dirudi, bere aldian itxirik. Ez daki zer egin berotzeko, ez du aurrera joaterik. Denbora eternoa egin da, izotzezko eternitate zurian. Hara eraman ninduten gazte txoroa nintzelarik, alegia txoroaz gainera gazte nintzelarik, izan ere, txorotasuna eta gaztetasuna, ez dira beti batera etorri ohi. Badira gazte txoroak eta adineko txoroak, jakina, eta nago azkenak okerragoak direla lehenak baino. Txorotasuna adineko baten baitan harri latza baita, harri handia, harrizko mendia. Negura eraman ninduten eta hango kuartelean poesia zer zen ikasi ez banuen ere, poesia barnean berez daramaguna baita, edo ez da ezer, gerorako baliagarriak izango zitzaidan literaturaz jabetzeko, dastatzeko eta gozatzeko aukera eman zidaten, edo hartu nuen, ez dakit.
Astorgako kuartelak nik ezagutu izan dudan liburutegirik bitxiena zuen. Nonbait, han izandako koronel batek liburu asko erosarazi zizkion dagokion Ministerioari. Litekeena da koronel hori oso zabarra izatea, bere langintza militarrean, eta liburuen izenburuz fidaturik erositakoa erostea. Litekeena da benetan jakitea zer zen erositakoa. Argi horren mendera begia eramanik, koronel hura, Astorgako kuartela liburuz bete zuena, gizon ironikoa zen, zirikatzaile eta txantxazale aparta, liburuen maitalez gainera. Bizitza militarra, hastapenetan bada ere, ezagutu duenak badaki militarra eta kultura, bateragarriak ezik, kontrajarriak direla zentzu guztietan, salbuespenak salbu, Francisco de Aldana esaterako. Donostian egin zuen bere zerbitzua eta hiriak ez du ezer egin halakorik gogorazteko. Tamalez diot hori, badaezpada ere. Liburutegi hartan zeuden liburuak apartak baitziren. Heinrich Böllen Acto de servicio eta Remarqueren Sin novedad en el frente, hantxe kuarteleko bakardade hotz eta arrotz hartan irakurri nituen. Hasieran, liburuok begiz jotakoan, ezin nuen sinetsi halako altxorraren jabe izan zitekeenik kuartel hura. Pentsatu ere pentsatu nuen trikimailua ere izan zitekeela soldaduon joera politikoak zelatatu eta jakin nahian. Munduaren ikuspegi absolutua duenari, literatura ez zaio fikzio, egia baizik; bere egiazko bizitza fikzio zaion bezala. Hala denik jakiteke, noski. Sozialismoaren historia eder bat ere bazen, liburu marxista askorekin batera. Soldadutzako denbora gehiena ziegan eman nuen. Aukera izan nuen Dostoievski osorik irakurtzeko, eta ez da samurra. Eta nobela beltza. Uste dut Astorgako garaian irakurri nituela Chandlerren eta Hammetten guztiak.
Oso soldadutza ona izan nuela iruditzen zait. Sekula ez dut orduko gogo harekin irakurri, ezta orduko zoriontasun eta axolarik ezarekin. Irakurtzen banuen, ez zen etekinik ateratzeko, ezta denbora pasatzeko ere. Libre izateko baizik. Ziegako garai gozo hartan irakurtzea askatasun modu bakarra zitzaidan. Horrela jakin nuen irakurtzea askatasun ekintzarik behienena dela, inondik inora ibiltzea bezala. Irakurtzea batetik bestera joatea baita, inon ez pausatzea; irakurtzea amaierarik ez duen bidaia baita, irudimenetik irudimenera, ortzadarretik ortzadarrera, zerutik zerura. Astorgako negutegi hartan libre izan nintzela sentitzen dut orain, kuarteletik kanpo izan naizen baino libreago, seguru. Beharbada badu zerikusia gaztetasunarekin, beharbada dena irudipen hutsa da, bizitza bezala. Beharbada irakurtzean soilik gara libreak.
Auschwitzi buruzko kroniketan irakur daiteke bertaratuak saiatzen zirela kanta bat, poema bat, testu zatitxo bat buruz ikasten eta lau haizetara zabaltzen. Beraiek ere munduan zeudela adierazteko balio zitzaien.
Bizirik zeudela baieztatzeko.
12
“Ez dut halako basakeriarik gogoratzen, mongolen garaitik hona”. Irakeko liburutegi nagusiko zuzendariaren hitzak dira. Ez dira aspaldikoak. Estatu Batuetako indarrek Bagdaden sartu ondorengoak baino ez.
Mongolen garaiak iritsiak zaizkigu, jakina. Gengis Khan ez dabil, ordea, zaldiaren gainean. Ez du beharrik halako.
13
“Habent sua fata libelli”.
Liburuek beren patua dute.
Behin, Marcel Schwoben Vidas Imaginarias utzi nion lagun bati. Kartzelan zegoen bera. Handik hamar urtera, Estatu Batuetan denboraldi luze bat egin zuen ahaide batek liburu bera itzuli zidan, nirea zela jakin gabe. Orduko nire sinadura zekarren, azken orrialdean, eta erosi nuen eguneko data: 77-15-04.
Liburuak egindako bidaiaz pentsatze hutsak nekatu egiten nau.
14
Julio Cortazarren Rayuela da, irakurritako liburuen artean, nigan eragin handiena izanik arrastorik sakonena utzi duena. Karrerako urteetako bat zen. Fakultatera joateko autobusa hartu behar izaten genuen, ia ordubete mendian zehar ibili ondoren. Ez ginen Madriletik urruti bizi; urruti ere gertu zegoen bizi gineneko tokiaren aldean. Ordutik hona daukat barne-muinetan iltzaturik garraio publikoetan irakurtzeko ohitura. Ez zait oso zaila egiten, dena dela, ez dut gidatzeko baimenik. Urtea luzatu egin zen, nolabait, eta azterketa garaia etorri zen. Gai bat ezik, guztiak gaindituak nituen. Azterketa, beraz, gai horri buruz egin behar genuen. Rayuela irakurtzeari ezin utzi eta ez nintzen aurkeztu. Irakasleak azalpena eskatu zidan. Egia esan nion. Irailean itzuli behar izan nuen, baina irakasle hari esker izan nuen gogoan dudan lehendabiziko lana: modako aldizkari bateko kolaboratzaile.
Liburuei buruzko iruzkinak egiten nituen.
15
Lagun batek, dei diezaiogun Eduardo, bizi izan zen etxe bakoitzean liburutegi bat uzteko ohitura zuen. Propietate pribatuaren aurkako militante amorratua zen eta, izenaz aparte, abizenari uko egin baitzion, ez zuen ezer bere, ez etxe, ez arropa, ez liburu… Tarteka lagunengana jotzen zuen, lo egiteko txokoren baten bila: sofa zahar bat gehienetan. Ordainez, erositako edo lapurtutako liburu guztiak bera hartutako etxean uzten zituen, haren hutsak eragindako malenkonia sentimendu handi batekin batera. Ez zen toki batean geldi egoteko jaioa.
Liburua zen bera, liburu alderrai eta ibiltaria.
Liburu ibiltari horiek osatzen dute, hain zuzen, nire liburutegia. Horiekin joaten naiz gustura paseatzera eta hitz egitera. Ez dute liburu bat buruz ikasi, baina milaka askoren oroitza dute.
Oroitza da gizatasunaren funtsa. Izan diren gizon-emakumeen oroitza gordetzea da, azken finean, gure zeregina.

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Novedad editorial: ‘Si pudiese hablar de ti’

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El periodista Aurelio Romero, cuyo nombre les sonará porque no es la primera vez que aparece en estas páginas, acaba de publicar su primera novela: “Si pudiese hablar de ti”. Tienen más información sobre la misma aquí.

Pueden leer los primeros capítulos: 1, 2 y 3.

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