
Gonzalo Araluce, periodista y coautor de Relatos de plomo, ha escrito este estupendo reportaje sobre mi libro en El Español.
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Zutik (Caracas), n.º 63, III-1966

Gonzalo Araluce, periodista y coautor de Relatos de plomo, ha escrito este estupendo reportaje sobre mi libro en El Español.
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Zutik (Caracas), n.º 63, III-1966
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Un grupo de intelectuales nacionalistas ha presentado un manifiesto a favor de la eliminación del español como lengua cooficial en una hipotética Cataluña independiente, es decir, a favor de implantar el monolingüismo en catalán. Literalmente se trataría de «una nación, un estado y su lengua”. No queda muy claro cuál sería la situación del aranés. No hago ningún comentario al respecto: ya saben que en este blog no suelo escribir acerca de temas de rabiosa actualidad política y no es mi intención comenzar a hacerlo ahora. Si traigo a colación esta noticia es porque, al hilo de la misma, me he topado con la entrevista a una de las firmantes del manifiesto, Sílvida Senz, en la que se pueden leer declaraciones como esta:
—Franco va utilitzar la immigració arribada als Països Catalans per espanyolitzar la població autòctona?
—Sí. És un fet estudiat en treballs historiogràfics. S’ha demostrat la intenció que va tenir Franco de colonitzar el territori. En documents del franquisme es pot comprovar com celebraven aquesta espanyolització.
Me ha llamado poderosamente la atención que en cierto sector de los nacionalismos periféricos perviva la visión de los inmigrantes laborales del Desarrollismo como colonos/apóstoles del franquismo. La creía superada, porque, desde luego, los trabajos historiográficos lo único que han confirmado es que se trata de un mito. Buceando en internet he descubierto que estaba equivocado: la teoría de la conspiración ha vuelto. Y ha vuelto porque estuvo muy presente en su momento, pero de eso hace medio siglo.
El de la «colonización» teledirigida por la dictadura para aculturizar las naciones supuestamente «conquistadas» era uno de los argumentos que durante los años sesenta empleaban los primeros etarras, como Txillardegi, para legitimar la imagen de una Euskadi ocupada militarmente por un enemigo exterior, España, y, por ende, justificar una guerra de liberación nacional. Por descontado, aquellos nacionalistas radicales que crearon ETA obviaban que los habitantes de la España rural sencillamente se iban a vivir allí donde había trabajo, o sea, a zonas industriales como el País Vasco, Cataluña… y Madrid, por no hablar de Alemania y otros países europeos, que supongo que Franco no pretendía «españolizar».
Hace unos años Raúl López y yo escribimos un par de artículos al respecto que quizá merece la pena rescatar ahora:
PS: Estas ideas, por cierto, también entroncan con la teoría de la conspiración de aquellos que ven la mano negra del autodenominado «Estado Islámico» en los refugiados sirios y en los inmigrantes económicos de religión musulmana, considerándolos colonos islamizadores de Europa.
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Lo que le agradezco mucho, pardiez. Pueden leerlo aquí.
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Hoy aparecen dos entrevistas diferentes que me han realizado en El Correo y El Diario Vasco al hilo de la publicación de mi nuevo libro, La voluntad del gudari.
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Hoy Antonio Elorza ha tenido la amabilidad de citar mi último libro en un artículo de opinión publicado en El Correo y otros diarios del grupo Vocento. Concretamente menciona el concepto de «transferencia de culpabilidad», mecanismo propagandístico que permitó a ETA desviar la responsabilidad de su primer asesinato (1968): Txabi Etxebarrieta, en vez de como el victimario del guardia civil José Antonio Pardines, fue ensalzado como la víctima sacrificada por la Guardia Civil, cuerpo que en la narrativa etarra ejercía el papel de supervillano: «la fuerza principal de represión imperialista en Euskadi sur». De esta manera, Etxebarrieta fue representado como un héroe que se había inmolado por la patria. Haciendo un paralelismo con el Ché Guevara, asesinado el año anterior por el Ejército boliviano y la CIA, se le nombró el «Primer Mártir de la Revolución». Dos años después un Zutik de Caracas unía simbólicamente su muerte con la de Zumalacárregui y Arana. Por el contrario, Pardines fue presentado como víctima de un accidente de tráfico, un agresor contra el que Txabi hubo de defenderse o, más comúnmente, se le borró de la historia. La propaganda etarra convenció con cierta facilidad a la oposición antifranquista y a un importante sector de la ciudadanía vasca, a la que le resultaba difícil creer la descripción del suceso que había hecho la habitualmente poco veraz prensa del Movimiento.
Maurice A. J. Tugwell, en quien me baso, define la «transferencia de culpabilidad» como «una desviación de la atención pública, la cual se aparta de los actos comprometedores del que inició el conflicto para dirigirse hacia los del adversario, de manera que puedan ser olvidados o perdonados, mientras que los últimos desgasten la confianza y la legitimidad de la otra parte». Ahora bien, en su máximo grado, la transferencia «justifica el acto original transformándolo desde ser una responsabilidad psicológica hasta convertirse en un triunfo, mientras simultáneamente se despoja a las acciones del oponente de su contenido de rectitud moral y de utilidad práctica». A ojos de una parte significativa de la sociedad vasca, la reacción del régimen no hizo sino confirmar las tesis de ETA.
Por cierto, contra toda evidencia, el nacionalismo radical ha seguido manteniendo una versión adulterada del asesinato de Pardines. Así, según Jose Mari Lorenzo, el guardia civil «mandó al conductor que se detuviera y después de comprobar los datos falsos de la documentación intentó sacar su arma. Los ocupantes del coupé se adelantaron y el guardia de tráfico José Pardines Arcay quedaba tendido en el suelo». En el 40º aniversario de aquella jornada, apareció en el diario Gara, 7-VI-2008, un artículo conmemorativo en el que se repetía la escena: «Pardines intenta sacar su arma, pero Etxebarrieta dispara primero. El guardia civil cae muerto».
Para saber más sobre este mecanismo:
TUGWELL, Maurice A. J. (1985): «Transferencia de culpabilidad», en RAPOPORT, David C. (ed.): La moral del terrorismo. Barcelona: Ariel. pp. 73-93.
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Florencio Domínguez, el mayor experto en ETA y director del Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo, ha tenido la amabilidad de prologar mi último libro, La voluntad del gudari, con este magnífico texto, que les recomiendo.
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