
La última novela de Arturo Pérez-Reverte ya está en mis manos. Toca disfrutar.

La última novela de Arturo Pérez-Reverte ya está en mis manos. Toca disfrutar.

Como muchos vascos de mi generación, creí ser un colonizado. Leí a Fanon, ingresé en ETA a mediados de los sesenta y rompí con el nacionalismo a fines de esa misma década. Con el tiempo, ostenté altos cargos en la Administración española, bajo gobiernos del Partido Popular. Hay quienes, empezando por los nacionalistas vascos, encuentran mucho de reprobable en dicha trayectoria, quizá porque piensan que nunca habría debido abandonar mi inicial militancia en ETA, organización en la que entré a mis deiciséis años, en pleno franquismo, y que dejé a mis dieciocho. Obviamente, yo no lo veo así, y no sólo por indulgencia conmigo mismo. Es bastante normal que las personas cambien, por lo que sea, por convicción o por oportunismo, y yo no pensaba lo mismo en 1967, en 1969 y en el 2000. Conozco a pocos que sigan manteniendo sus ideas de hace cuarenta y tantos años y los que conozco me parecen imbéciles o gente muy peligrosa. O ambas cosas a la vez.
Jon Juaristi: Espaciosa y triste. Ensayos sobre España.

COVITE celebra su jornadas anuales el viernes 29 y el sábado 30 de noviembre en San Sebastián en las que se presentará una interesantísima iniciativa: el Mapa del Terror. Yo participaré el viernes por la tarde con una conferencia sobre “la narrativa histórica del nacionalismo vasco radical”
PEQUEÑO CINE ESTUDIO (Madrid)
VIERNES, 29 de noviembre de 2013
ITAROA (Pamplona)
VIERNES, 5 de diciembre de 2013
ZUGAZA (Durango)
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Mi opinión es que desde la implantación de la democracia en 1977, la pauta en Euskadi fue la convivencia de la sociedad con esa persecución selectiva que ETA ejerció, que no afectaba más que a una parte de ella. Frente a ese acoso constante y cotidiano que ha ejercido ETA y su entorno, buena parte de la sociedad vasca miró hacia otro lado, exceptuando momentos puntuales. Hubo ciertamente algunas manifestaciones contra ETA tras determinados asesinatos (los de Ryan, febrero del 81; de Martínez Barrios, octubre del 83; de Blanco, julio de 1997, todos ellos precedidos por un secuestro…), pero lo que predominó fue la indiferencia social ante la actuación de la banda, a la par que el desamparo, cuando no el aislamiento, de las víctimas del terror etarra. Es la idea de los corazones helados (M. Pagaza), en un contexto general que, en cualquier caso y como elemento que también debe valorarse, el concepto de ciudadanía republicana, de una ciudadanía virtuosa y activa, no se sostiene en nuestra sociedad occidental.
No obstante, la soledad en la que vivieron las víctimas del terrorismo durante un buen periodo de tiempo, la ausencia de un reconocimiento institucional y social, la carencia de calor humano es una losa que debiera pesar sobre una parte sustantiva de la sociedad vasca y sobre el partido al que durante este periodo le correspondió la tarde de gobernar: el Partido Nacionalista Vasco. Hubo así una responsabilidad, una culpa moral, de un segmento importante de la comunidad vasca, que consistió con su silencio la extensión del terrorismo etarra y facilitó con su frialdad hacia las víctimas su marginación social.
Luis Castells (2013): «La historia del terrorismo en Euskadi: ¿Entre la necesidad y el apremio?», en José María Ortiz de Orruño y José Antonio Pérez (coords.): Construyendo memorias. Relatos históricos para después del terrorismo.
CiU se gasta 4 millones de euros en reescribir la historia de la Guerra de sucesión
El líder etarra Peixoto dijo en una entrevista que «se necesita sangre y tiempo para hacer un pueblo». Estaba equivocado. Lo que hace falta es dinero. Mucho dinero.
El hecho de que yo estuviera dentro de ETA no me otorga ninguna capacidad especial para saber lo que pasó o lo que después ha ido pasando, las mulas del duque de Alba soportaron treinta años de guerra y no aprendieron nada de táctica ni estrategia militar. Con el tiempo, y una vez superados muchos recuerdos emotivos con cierta serenidad, sé del problema vasco por lo que he ido mirando, leído y reflexionando, no por haber estado allí, aunque alguna ventaja resulte de ello.
Eduardo Uriarte (Teo): Tiempo de canallas. La democracia ante el fin de ETA.
PS: Estoy escribiendo una recensión del magnífico y muy polémico libro de Teo Uriarte, que he devorado en unos días. Es la primera vez que en el tema del terrorismo alguien reparte (argumentada) estopa dialéctica a los «suyos» más que a los «otros». Y a los sucesivos gobiernos. Su tesis central: «El primer instrumento de legitimación de ETA ha sido el Estado español». Ahí es nada. No me extraña que intentasen censurar Tiempo de canallas. Pero han conseguido el efecto contrario: que se convierta en un éxito editorial. En mi opinión, el mejor motivo para leer una obra es que alguien no quiera que la leas.