En este #SierraDeltaContra 5 contamos con Marta Summers, analista de inteligencia, profesora de la Universidad Francisco de Vitoria y coordinadora del observatorio de actividad yihadista en el Magreb y el Sahel occidental del Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo (OIET). La profesora Summers analiza el pasado, el presente y las perspectivas de futuro de la violencia terrorista en esta región tan inestable y a la vez tan importante para Europa en general y para España en particular.
A continuación, hablamos con Eduardo Mateo, responsable de proyectos de la Fundación Fernando Buesa, que nos detalla la exposición «El valor de la palabra, el valor del compromiso» que acaba de inaugurar en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo.
El miércoles de 26 enero a las 19:30 horas Fidel Ángel Gómez Ochoa, Daniel Macías Fernández y un servidor participaremos en una mesa redonda sobre islamismos y terrorismos en el Ateneo de Santander. Más información, aquí
Se acaba de publicar el 4º episodio de Sierra Delta Contra. En este podcast entrevisto a José Moisés Pérez Cornejo, exJefe Superior de la Policía Nacional en el País Vasco, sobre la historia de la lucha contra ETA. Además, el historiador Raúl López Romo nos habla sobre su labor al frente del área de Educación del Centro Memorial.
En este episodio entrevisto a Martín Zabalza Arregui, director de Paz, Convivencia y Derechos Humanos del Gobierno de Navarra, acerca de su labor y sus proyectos.
En 2021 he publicado 116 entradas en este blog. Son pocas, pero ahora tengo menos tiempo que cuando empcé. De cualquier modo, el resultado es posivito. En total, el blog ha recibido 30.240 visitas, que se traducen en 18.561 visitantes.
El tercer post era un fragmento de mi último libro en el que me detenía en la figura de Mohamed Ahmed Abderramán, policía nacional asesinado por ETA el 23 de noviembre de 1984. 700 visitas. Me alegra especialmente porque es una víctima casi olvidada.
No era lo esperable, pero internet funciona así. En todo caso, me alegro mucho de que este humilde blog siga siendo una herramienta útil de divulgación. Gracias a quienes lo han visitado y a quienes han leído mi último tocho. ¡Feliz 2022! Urte berri on!
María Jiménez y un servidor coordinamos el último número de la Revista Internacional de Estudios sobre Terrorismo. Entre otras secciones, incluye las actas del curso del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y el CIAM, Centro Internacional Antonio Machado que dirigimos en Soria este verano. Participan en este número la propia María, Ana Escauriaza, Matteo Re, Javier Peñalver, Raúl López Romo, Martín Alonso, Txema Portillo, Javier Fernández Sebastián, Ofa Bezunartea Valencia y Alfredo Crespo.
La Revolución de Octubre frustró la recién nacida democracia rusa de 1917. Como escribió Karl Marx, la historia se repite: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa. En agosto de 1991 los comunistas intransigentes dieron un golpe de estado para intentar paralizar el incipiente proceso de democratización que se estaba produciendo en la URSS. Al contrario que Lenin, fracasaron estrepitosamente.
Borís Yeltsin se afianzó, Rusia recuperó su enseña nacional, el PCUS fue ilegalizado y las ilusiones del presidente Mijaíl Gorbachov, que todavía aspiraba a reformar el sistema soviético, se evaporaron. El 8 de diciembre de aquel mismo año los dirigentes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania acordaron sustituir la URSS por la Comunidad de Estados Independientes. Los países que la conformaban empezaron a declararse soberanos. El 25 de diciembre de 1991 Gorbachov dimitió y la bandera roja fue arriada del Kremlin. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas había dejado de existir.
Se cerraba así un experimento social sin parangón en la historia. El comunismo había tratado de construir una sociedad justa e igualitaria: modélica. Pero, para conseguirlo, se había recurrido a expropiar, eliminar derechos individuales, trasladar y/o rusificar a pueblos enteros, controlar a la ciudadanía, perseguir, encarcelar y ejecutar a los disidentes, gestionar la economía de manera centralizada, intervenir en terceros estados y provocar desastres medioambientales como los del mar de Aral o Chernóbil. En suma, en vez de vivir una utopía, cientos de millones de personas sufrieron una dictadura de corte totalitario que llegó al paroxismo con Stalin.
Suele calificarse el derrumbe del bloque del este como pacífico, pero hubo demasiadas excepciones. Según las cifras oficiales, durante el derrocamiento del dictador rumano Nicolae Ceaușescu en 1989 se produjeron 1.104 víctimas mortales y 3.352 heridos. Podrían sumarse al cómputo los entre seis y 100 fallecidos en la Mineriadă. También se registraron atentados terroristas, conflictos internos, limpieza étnica, golpes de estado y/o guerras en Moldavia, Azerbaiyán, Armenia, Chechenia, Ingusetia, Osetia, Georgia o Tayikistán.
Como señalan Javier Rodrigo y David Alegre en Comunidades rotas, “con el fin del comunismo, el este se convirtió en el nuevo Salvaje Oeste”. Hubo un número incontable de muertos, heridos, violaciones y refugiados. En gran medida, aquellas expresiones de violencia respondían a la implantación de un neocapitalismo de rostro inhumano, al repentino vacío del poder, que propició una brutal competición entre viejas y nuevas élites, y a la súbita reaparición de los discursos del odio que supuestamente el marxismo-leninismo había disuelto de raíz: el fanatismo religioso y el nacionalismo radical. Tal fue el origen de la desintegración de Yugoslavia, que, aunque no estaba alineada con la URSS, se vio arrastrada por su desplome. Las consecutivas guerras civiles en los Balcanes arrojan un saldo de 140.000 víctimas mortales.
La historia no terminó hace treinta años. Francis Fukuyama se equivocaba. La democracia liberal no se ha impuesto universalmente y el legado comunista sigue condicionando el devenir de una parte significativa del mundo. El resultado de la caída del bloque soviético es desigual. Aunque arrastran problemas de corrupción, extremismo o crimen organizado, hay países que intentan consolidarse como democracias parlamentarias cercanas o integradas en la UE. Otros, menos afortunados, continúan siendo dictaduras en las que los derechos humanos brillan por su ausencia. Entre ambos polos hay toda una gama de grises.
Aún se registran tanto brotes internos de violencia como conflictos entre los nuevos estados, ya sean militares (por ejemplo, entre Azerbaiyán y Armenia) o híbridos (el reciente de Bielorrusia con sus vecinos). Sobre todos ellos planea la sombra del imperialismo de nuevo cuño de la Rusia de Vladímir Putin, que ha desgajado territorios de Georgia, Moldavia y Ucrania. Ya no lo llamamos Guerra Fría, pero sigue habiendo tensiones entre Moscú y la OTAN.
Una parte de lo malo que trajo la URSS permanece, pero muchos de sus aspectos positivos han ido desapareciendo. No debería sorprendernos que las encuestas revelen que hay gente que recuerda con nostalgia el pasado. Pese a la falta de libertad, el comunismo permitió mejores condiciones de vida para la mayoría de los habitantes de la Unión Soviética y sus satélites. Durante décadas el Estado les garantizó paz, seguridad, convivencia interétnica, educación, medios de transporte, infraestructuras, sanidad, vivienda, trabajo, cultura, arte, etc. Y orgullo colectivo. Hay que tenerlo más en cuenta a la hora de mirar, juzgar y tratar a la Europa central y del este.