Novedad editorial: Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994)

Novedad editorial: Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994)

-FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos. Prólogo de José Luis de la Granja.

Resumen

Héroes, heterodoxos y traidores analiza las historias cruzadas de ETA político-militar, EIA y Euskadiko Ezkerra.

En el ocaso de la dictadura franquista cristalizó en el País Vasco y Navarra la «izquierda abertzale», un movimiento independentista nucleado en torno al caudillaje de ETA. De tal matriz surgieron en 1974 dos facciones que tomaron caminos divergentes durante la Transición. Por una parte, ETA militar y Herri Batasuna, que se enfrentaron violentamente a la democracia parlamentaria. Por otro lado, un sector más pragmático, el de ETApm, EIA y EE, que evolucionó desde la complicidad con el terrorismo al compromiso cívico con la paz, desde el comunismo revolucionario a la socialdemocracia y desde el independentismo al autonomismo, piedra angular de su nacionalismo heterodoxo. Escrita desde la perspectiva de la historia política y cultural, la presente obra examina este singular proceso de secularización, que contribuye a una mejor comprensión del pasado reciente del País Vasco y, por ende, de España.

Descargas

Índice, Prólogo e Introducción

Capítulo I

Apéndices digitales

La imagen de EE (I)

La imagen de EE (y II)

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12 abril, 2013 · 11:45

Gálvez entre los leones

Gálvez entre los leones

Ocho años después de su última aparición, el reportero Gálvez regresa al ruedo, a la novela negra y a sus desdichas. En una palabra, diversión. Pocas veces me he reído tanto como con «Gálvez en Euskadi». A por él.

Sinopsis de Gálvez entre los leones de Jorge M. Reverte

Gálvez, periodista en el paro, recibe una peculiar oferta laboral: promocionar de un proyecto llamado Nueva Atapuerca, una suerte de parque temático prehistórico, con figurantes ataviados de cavernícolas incluidos.

El negocio es más bien turbio y Gálvez no tarda en quedarse sin trabajo. Y, lo que es peor, al intentar cobrar el dinero que le deben, se verá envuelto en una aventura en la que descubrirá un cadáver torturado con saña, sospechará que la mafia rusa le pisa los talones, deberá ocultarse en un club de intercambio de parejas y, lo que es peor, pedirle ayuda a su ex mujer.

Cuando ya está metido en un lío hasta las cejas, le ofrece su ayuda una supuesta sindicalista interesada en recuperar la pasta de Nueva Atapuerca para pagar a los figurantes. Y las pesquisas les llevan hasta un safari en África en el que nadie es quien dice ser. Rodeado de espías, mercenarios, negros albinos, una ranger con ganas de venganza, un jeque árabe y unos cuantos asesinos profesionales, Gálvez se verá envuelto en una operación de alto nivel para proteger a alguien muy importante que está por allí cazando elefantes…

Gálvez regresa en plena forma, protagonizando una aventura trepidante y muy, muy divertida.

Aquí puedes leer el primer capítulo del libro:

Haz clic para acceder a Galvez.pdf

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10 abril, 2013 · 16:55

HITZALDIA – CONFERENCIA: Lili Marleen: Canción de amor y muerte

H I T Z A L D I A - C O N F E R E N C I A: Lili Marleen: Canción de amor y muerte

Miércoles, 10 de abril de 2013
19h00 – 20h30
Dra. Rosa Sala Rose
Idazle eta itzultzailea – Escritora y traductora
Bizkaia Aretoa, Auditorio Arriaga
Paraninfo de la UPV/EHU
Avda. Abandoibarra, 3
48009 Bilbao

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3 abril, 2013 · 11:00

¡Por ahí resopla!

¡Por ahí resopla!

Me lo han traído hoy. En un par de semanas lo podrá encontrar en su librería más cercana.

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2 abril, 2013 · 19:43

El conocimiento…

El conocimiento histórico o científico no son fardos inertes que estarán esperando a ser consultados en la Wikipedia, igual que un aparador inútil que acumula polvo en un guardamuebles. Lo que sabemos del pasado sucede en el presente, porque nos ayuda en la tarea imperiosa de intentar comprenderlo, y por lo tanto nos pone en guardia contra las manipulaciones y los groseros embustes a los que son tan aficionadas las castas políticas y los ideólogos. Sin una conciencia histórica informada y activa no hay manera de valorar lo que sucede ahora mismo, porque no hay términos de comparación con lo que sucedía hace muy poco o hace mucho; y tan necesaria como la conciencia histórica es un grado solvente de conciencia geográfica: la idea tribal de que el lugar de uno es el centro del mundo tendrá menos fervorosos adeptos si en la escuela y en el instituto se enseña la amplitud y la variedad de los paisajes y de las formas de vida.

Antonio Muñoz Molina: «Memoria crítica», El País, 26-III-2013.

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/26/actualidad/1364312572_805278.html

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30 marzo, 2013 · 11:29

Los límites de la historia

Como José Luis de la Granja (El nacionalismo vasco. Claves de su historia, 2009), cuando comencé a investigar y escribir creía firmemente que «el conocimiento del pasado reciente no soluciona los problemas del presente, pero sí contribuye a su entendimiento, para evitar repetir errores históricos, que es condición necesaria para su resolución en el futuro». Sin embargo, reconozco que a veces son bastante pesimista al respecto. Hay que constatar que estos nobles propósitos chocan demasiado a menudo contra la dura realidad

El historiador guipuzcoano Juan Pablo FusiLos vascos y su historia», El Correo, 5-IV-1987) denunciaba en 1987 que la mayoría de la ciudadanía de Euskadi conocía la figura del general carlista Tomás de Zumalacárregui, pero desconocía la de su hermano, Miguel Antonio de Zumalacárregui, político vasco progresista que ocupó los cargos de diputado, ministro y presidente de las Cortes. Era el paradigma de cómo el «País Vasco desconoce su historia más reciente. Está forjándose una conciencia de sí mismo mutilada y deforme: está construyendo su identidad sobre una amputación brutal de la verdad histórica. Tal vez se esté aún a tiempo de rectificar». Fusi todavía tenía confianza en que los historiadores y los medios de comunicación recuperaran para el gran público «la verdadera historia del País Vasco».

Hoy en día Tomás de Zumalacárregui tiene un lugar destacado en los libros escolares e incluso ha dado nombre a calles (incluyendo una enorme avenida en Bilbao, la misma ciudad que ordenó bombardear). Miguel Antonio permanece relegado, aunque, como me corrige amablemente un lector, el museo Zumalacárregui, sito en Guipúzcoa, sí que se ha preocupado en rememorar su figura y la del liberalismo.

El filólogo y ensayista Jon Juaristi se propuso con El linaje de Aitor (1987) «la tarea de sacar a nuestro pueblo de su letal ensimismamiento. Será preciso, para ello, que muera nuestro pasado y, con él, todas las ensoñaciones románticas que han distorsionado trágicamente la imagen del pueblo vasco». Once años después, en la edición de 1998, admitía que, pese a la «edad dorada» de la historiografía vasca, «la recuperación de la historia no se ha traducido en una correlativa erosión de los mitos y falsificaciones» que continuaban imperantes. «El viaje no ha merecido la pena». El mensaje de El linaje de Aitor, al igual que el de otras muchas obras de historia, no había llegado ni al «hombre de la calle» ni a «los mismos universitarios».

Probablemente la dificultad resida, como afirmaba Granja, en que «la historia que divulgan los medios de comunicación de masas no coincide con el nivel de conocimiento alcanzado por la historiografía vasca». Sea por este o por otros motivos (nuestros propios errores, al escribir para otros historiadores, no para el ciudadano medio; el desinterés de los medios de comunicación, comparable con el de muchos historiadores respecto a la divulgación; el desprecio por el conocimiento de nuestra generación; los hábitos de lectura, etc.), lo cierto es que la historia rigurosa no llega a su público potencial. Aunque la historiografía vasca sea pujante, que lo es, la academia funciona como un circuito cerrado: lo que produce se queda allí como material de nueva producción intelectual, que se queda allí. El hueco que deja lo ocupa la literatura histórica sesgada, partidista y combativa. Hay panfletos antinacionalistas y nacionalistas (vascos) radicales, pero en Euskadi tienen más éxito estos últimos, sobre todo porque están impulsados por los engranajes de la maquinaria cultural de la «izquierda abertzale«, que incluye medios de comunicación, editoriales, distribuidora de libros, librerías, etc. Así, por desgracia, los mitos permanecen vivos. Y, con ellos su derivado: el odio, el victimismo, el sentimiento de superioridad, etc.

Es una batalla desigual, por tanto, la que se establece entre la historia profesional y la literatura partidista. Una batalla que la primera lleva años perdiendo. No hay que rendirse, desde luego, pero hay que tenerlo en cuenta. Es necesario salir del gueto académico sea como sea, intentando llegar a la ciudadanía. El historiador no puede ser un erudito que escriba para otros eruditos. Tiene una función social que cumplir. De otro modo, todo su esfuerzo, todo su trabajo, no serviría de nada.

Tomas de Zumalacarregui

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Versión Harlem Shake del blog

La ha hecho un amigo a traición, siguiendo el meme de Harlem Shake, pero tiene cierta gracia. Espero que no hiera sensibilidades. Hay que enchufar los altavoces.

Se puede ver y escuchar aquí.

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USAL TV

Nuestros tres minutos de gloria en USAL TV, la televisión de la Universidad de Salamanca.

 

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ETA buena, ETA mala

Al igual que parte de las fuerzas políticas de izquierda, cierto sector de la historiografía progresista y de las asociaciones vinculadas a la “Memoria Histórica” tienden a demonizar la historia de la derecha hasta nuestros días, así como a idealizar el movimiento obrero en la II República o al bando republicano durante la Guerra civil. De esta manera, como escribía Juliá (“Por la autonomía de la historia”, Claves de Razón Práctica, nº 207, p. 13), se cae en “la simple beatificación acrítica del pasado, interpretado según las estrategias políticas del presente”.

No es la única etapa blanqueada por un sector de la izquierda. También se tiene una visión distorsionada sobre los partidos, organizaciones y sindicatos que lucharon contra el franquismo, ETA incluida. Así, en ocasiones se ha pretendido presentar a toda la oposición a la dictadura como adalid de la democracia parlamentaria y la libertad. Baste ver la película Salvador (Puig Antich) (Manuel Huerga, 2007), en la que se hace pasar a este militante del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación) por un demócrata convencido. Pero no lo era.

Si uno echa un vistazo a los proyectos del grueso de los colectivos antifranquistas operativos, queda meridianamente claro que, lejos de simpatizar con la democracia (entendiendo como tal un sistema representativo pluripartidista de corte liberal), que denostaban por “burguesa”, pretendían instaurar uno u otro tipo de régimen autoritario en Euskadi o España. O una utopía ácrata. Habitualmente quien luchaba contra Franco no lo hacía para instaurar el pluralismo. Por no hablar, ciertamente, de los medios violentos que algunas de estas fuerzas empleaban (o esperaban emplear en un futuro). Se puede asesinar al pensado como enemigo por la patria o la revolución, ya que ambos elementos conllevan una narrativa romántica, estimulante y atractica, sobre todo para la juventud en un contexto autoritario y represivo. Pero ¿quién mataría en nombre de la democracia?

En ese sentido, coincido con Manuel Montero (Historia general del País Vasco. San Sebastián: Txertoa, 2008, p. 499) en que “para toda la oposición antifranquista, nacionalista o no, la democracia tenía una función instrumental. (…) el advenimiento de la democracia constituía una reivindicación más, que se concebía como el medio de llegar a la libertad del pueblo vasco o a la sociedad socialista. Nunca un fin en sí mismo”. Este autor, por supuesto, se refiere a la oposición realmente existente, lo que en el contexto vasco y navarro significaba el Partido Comunista, la extrema izquierda y ETA. Habría que matizar en el caso de la oposición virtual o pasiva de republicanos, PSOE, PSP, PNV, ANV y demás grupos cuyo horizonte final sí que se limitaba a una democracia parlamentaria más o menos homologable con las de Europa occidental. Pero estos no recuperaron cierta presencia hasta los años setenta, con el declive del régimen, que, por descontado, no tenía absolutamente nada de demócrata, por mucho que se hablara de «democracia orgánica».

En el País Vasco sigue siendo común idealizar la historia de ETA durante la dictadura franquista, ocultando que, como reza el dicho, de esos polvos vinieron los lodos que hemos soportado hasta hace muy poco. Muchos exactivistas de la organización, como el propio Mario Onaindia (“Distinción entre democracia y fascismo”, El Periódico de Catalunya, 25-I-2001), han defendido que hubo una “ETA buena” (precisamente en la que ellos militaron o a la que apoyaron) y una “ETA mala” (precisamente aquella en la que ellos ya no militaban o a la que ya no apoyaban). A mi juicio, se trata de un error, de un peligroso error: hay una cadena lógica, coherente y ascendente del asesinato de guardia civil José Antonio Pardines al atentado de Hipercor. Conviene dejarlo claro. Ninguna de las sucesivas ETA luchó por la libertad y, como se dejaba muy claro en los Zutik, la organización era antifranquista tan solo accidentalmente. El régimen que hubiese en España, al menos sobre el papel, daba igual, era algo accesorio.
No soy el primero que lo señalo. Tal autojustificación consoladora ya había sido denunciada por autores como Juan Aranzadi, Florencio Domínguez, Jon Juaristi y Patxo Unzueta. Pero conviene recalcarlo ahora que ETA militar, después de tanto tiempo, parece a punto de echar la persiana. Como sociedad democrática y con historia, no podemos permitirnos la ficción de que hubo una “ETA buena” y una “mala”. Quizá esa versión sea más consoladora, pero es falsa.

PD. Para matizar:
No creo que ser antifranquista fuera en absoluto sinónimo de ser demócrata ni por fuera ni por dentro. La oposición realmente existente (PCE, extrema izquierda y ETA) tenía un funcionamiento muy vertical y jerárquico (centralismo democrático) y no soñaba con instaurar una democracia parlamentaria. Las «democracias populares» que pretendía emular tenían tan poco de democracia como la «democracia orgánica» de Franco. Entiendo que en un contexto represivo y autoritario, sin tradición de pluripartidismo y con la onda del 68 para los más jóvenes era mucho más atractivo el discurso revolucionario y la utopía, en cualquiera de sus múltiples variantes. También es posible que una parte de sus militantes fueran simplemente antifranquistas y que se metiesen en dichos partidos porque no había otros a mano. Al menos eso pasó con el PCE, en el cual había mucha gente que no era comunista, pero que se metió en esta formación porque era la única que hacía algo, que era lo que entonces importaba. Seguramente algo similar podría decirse de ETA.
De cualquier manera, no es mi intención equiparar al franquismo, que era una dictadura autoritaria que utilizó la violencia estructural como uno de los pilares en los que se asentaba, con la extrema izquierda, que solo utilizó la violencia esporadicamente, que veía en la «democracia burguesa» una incómoda pero necesaria etapa transitoria y cuyo programa de máximos incluía normalmente otro tipo de dictadura, objetivo final que, por suerte, nunca llegó a conseguir. O sea, hay diferencias sustanciales y de ahí se deriva una responsabilidad moral también muy diferente. Ahora bien, si la extrema izquierda hubiera puesto en práctica su programa de máximos, esto hubiese acabado como Albania, China o a saber qué. Creo que fue Teo Uriarte el que contaba que en el funeral de Mario Onaindia un excompañero, llorando ante el féretro, dijo algo así: «Menos mal que no ganamos. Si no, nos hubieramos acabado matando entre nosotros». Me temo que tenía razón.
Por otro lado, tampoco está de más recordar que la derecha estaba comodamente instalada en la dictadura. Su conversión a la democracia, quitando casos puntuales, fue más bien tardía, por decirlo suavamente. Bastantes franquistas, por supuesto, no se convirtieron nunca.

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Reseña en «El Imparcial»

Hoy ha aparecido en «El Imparcial» esta reseña de nuestro libro escrita por Luis de la Corte Ibáñez.

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4 marzo, 2013 · 14:12