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Doble presentación en Vitoria el 27 de junio

Desde que empecé mi tesis doctoral, hace ya unos ocho años, he sido un abnegado siervo de la (celosa) musa Clio. Fue una etapa de mi vida larga, estresada, interesante y agridulce, en la que he aprendido mucho, pero en la que también he perdido unas cuantas cosas. Y personas. No me quejo: buena, mala o regular, fue mi elección. Pero es hora de dar por concluido el ciclo y buscar nuevas aventuras, sean estas las que sean. Ya de hacerlo, pardiez, que sea a lo grande.
Gracias a la generosidad de la Fundación Fernando Buesa y la Mario Onaindia Fundazioa, pondré el punto final el día 27 de junio en Vitoria en un acto de presentación doble: mi colega Raúl López Romo y un servidor hablaremos de «Sangre, votos, manifestaciones», el libro que escribimos al alimón y que apareció el año pasado, y de «Héroes, heterodoxos y traidores», que ya conocen de sobra por mi tendencia al autobombo. Nos presenta el catedrático de la UPV/EHU Antonio Rivera. Y luego habrá tiempo para el debate, si les place.

DÍA: jueves, 27 de junio
HORA: 19.00 h.
LUGAR: Sala Luis de Ajuria. C/ General Álava, 7. Vitoria.

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La historiografía del pasado reciente en Euskadi. Algunos apuntes I

Desde finales del siglo XX el estudio de la historia del pasado reciente es uno de los ámbitos de la historiografía en expansión. En España diversos departamentos universitarios de Historia Contemporánea están dando un mayor protagonismo a los análisis sobre dicha época, con congresos periódicos, asociaciones profesionales y revistas especializadas, como Historia del Presente e Historia Actual. De ahí que se haya escrito una amplia bibliografía sobre la historia política del último tercio de la centuria, tanto desde la historiografía como desde otras ciencias sociales. El objeto principal de estas obras ha sido el proceso de Transición en sí, sobre el que se ha abierto un largo e interesante debate sobre, entre otras cosas, si el protagonismo de la democratización debe recaer en las estructuras socio-económicas, en los líderes políticos (incluido el Rey) o en la movilización ciudadana. Otro de los temas de interés que ha tratado la historia del pasado reciente ha sido el de las grandes culturas políticas de España, las izquierdas y las derechas, especialmente las primeras. Pero también se ha investigado en profundidad la trayectoria de otras fuerzas minoritarias. Aun sin entrar en la literatura en torno al golpe de estado del 23 de febrero de 1981, una buena muestra es la atención académica que ha recibido la extrema derecha, una subcultura política electoralmente marginal cuyo mayor éxito fue la elección de Blas Piñar como diputado en 1979.

En el caso concreto de Euskadi, por el contrario, la historia del pasado reciente todavía no se ha experimentado un auge similar. La historiografía vasca, centrada en el siglo XIX y la primera mitad del XX, ha tardado en acercarse a esta época. El hueco dejado por los profesionales de la historia ha sido ocupado, en el mejor de los casos, por el periodismo y por las ciencias sociales, como la sociología y la ciencia política. Pero también, en el peor de los casos, por la literatura histórica (sesgada, militante y panfletaria). En conclusión, coincido con Santiago de Pablo en que «la historiografía vasco-navarra sobre este período se encuentra por debajo de la media española».

Es importante señalar algunas cuestiones al respecto. En primer lugar, a los problemas que normalmente ha de enfrentarse cualquier investigación enmarcada en la historia del pasado reciente hay que sumar el siempre tenso panorama vasco. No se puede olvidar que la Transición, lejos de ser un simple objeto de estudio, todavía se utiliza como arma arrojadiza en el debate político y que el nacionalismo vasco radical incluso llega a negar que hubiera un cambio de régimen tras la muerte de Franco. En segundo lugar, hay demasiadas lagunas historiográficas sobre el pasado reciente de Euskadi y sigue siendo muy escaso el número de monografías sobre la época.

En tercer lugar, los investigadores que se han acercado a este periodo se han centrado preferentemente en una de las tres culturas políticas del País Vasco. Únicamente la abertzale ha recibido la suficiente atención. La historia del pasado reciente del nacionalismo moderado (el PNV) cuenta con monografías muy sólidas como El péndulo patriótico. El caso del nacionalismo radical es diferente. Los mejores estudios sobre dicha comunidad han provenido de enfoques sociológicos como los de José Manuel Mata y Jesús Casquete. La historiografía política sobre la «izquierda abertzale» está representada por escasas monografías, como la ya clásica de John Sullivan, y algunos artículos recientes en revistas científicas. Aparte de lo referido a Euskadiko Ezkerra, no hay prácticamente nada en torno al nacionalismo vasco heterodoxo del último tercio del siglo XX.

            Probablemente a consecuencia de sus más de 800 víctimas mortales,ETA es el grupo que más atención mediática, política y académica ha acaparado desde su fundación. No es de extrañar, por tanto, que sobre ETA se haya escrito una abundante pero muy desigual bibliografía. Por desgracia, bajo esta riqueza se esconde una monotonía temática. La mayor parte de la literatura científica se ha centrado en una de las varias ramas de ETA, mientras que el resto ha sido olvidado o tratado de pasada. En consecuencia, nuestro conocimiento sobre la historia de Euskadi Ta Askatasuna está distorsionado. Cuando se estudia la ETA anterior a 1974 solo se tocan las facciones nacionalistas (ETA zarra y ETA V) y no las izquierdistas (ETA berri y ETA VI); cuando se avanza más allá de 1974, la principal protagonista es ETAm, quedando los otros grupos como meros actores secundarios. Eso es lo que les ha ocurrido a los CAA (Comandos Autónomos Anticapitalistas) o, en menor medida, a ETApm. No obstante, hay que destacar que han aparecido nuevos y originales enfoques sobre la historia de ETA, como los que han puesto el centro de interés en la relación entre la organización y el cine o en las víctimas del terrorismo.

Las otras dos culturas políticas del País Vasco, es decir, las no abertzales, no han sido objeto de tantos estudios. Las derechas  vascas (las élites franquistas, la extrema derecha, UCD, CDS o AP-PP) no han tenido quién les escriba. Permanecen prácticamente olvidadas, aunque han aparecido algunos trabajos dispersos sobre el tema. Pero tampoco las izquierdas (PSE, EPK y extrema izquierda) han corrido mucha mejor suerte. El desequilibrio historiográfico no corresponde con el peso político real de las tres culturas políticas. En consecuencia, se da una imagen distorsionada de la historia política de Euskadi. Es tal la sobreabundancia de estudios sobre el nacionalismo vasco y tal la escasez de los mismos sobre la derecha y la izquierda que un lector poco avisado podría llegar a pensar que durante las últimas décadas el País Vasco, lejos de estar caracterizado por su diversidad, ha sido homogéneamente abertzale.

 

BIBLIOGRAFÍA

GRANJA, José Luis de la (1992): «El nacionalismo vasco: de la literatura histórica a la historiografía», Historia Contemporánea, nº 7, pp. 209-236.

MOLINA, Fernando (2010): «La eterna “cuestión vasca”. ¡Y vuelta la burra al trigo!», Claves de Razón Práctica, nº 199, pp. 64-71.

MONTERO, Manuel (2011): La forja de una nación. Estudios sobre el nacionalismo y el País Vasco durante la II República, la Transición y la democracia. Granada: Universidad de Granada.

PABLO, Santiago de (2005):«Silencio roto (solo en parte). El franquismo y la transición en la historiografía vasco-navarra», Vasconia, nº 34, pp. 383-406.

RIVERA, Antonio (2004):«Cuando la mala historia es peor que la desmemoria (acerca de los mitos de la Historia contemporánea vasca)», El valor de la palabra, nº 4, pp. 41-72.

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No va mal la cosa

No va mal la cosa

La presentación del libro en Zarauz ha sido deliciosamente heterodoxa. Distinta. Muy especial, dado lo que significaba el lugar y el nivel de la concurrencia. Me lo he pasado como un enano porque he tenido la oportunidad… de escuchar. Me ha recordado la razón de que me guste tanto la investigación: por el placer de que me cuenten cosas más que de contarlas. Ver a Teo Uriarte y Javier Olaverri departiendo en directo es una experiencia única. Electrizante. Cómo debían ser en el parlamento, pardiez. Ya no quedan oradores como los de antes. Tal vez tampoco políticos. Alguien me ha preguntado si este tipo de actos son siempre tan divertidos. Ojalá, he pensado. Muchas gracias a todos los que se han acercado y perdon por no haberos podido prestar luego la atención que debía.
Por cierto, muchísimas gracias a la Mario Onaindia Fundazioa por la organización… y por la magnífica cena.
Y hoy almuerzo con la noticia, aparecida en Territorios, suplemento cultural de El Correo, de que el libro sigue vendiéndose muy bien, junto a otros como el de Idoia Estornes, que me tiene enganchado y que deberían leer todos ustedes.

PD: Les recomiendo este artículo de Antonio Rivera y que, si no lo han hecho ya, corran a apuntarse al grupo de Historia Contemporánea en el Facebook.

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15 junio, 2013 · 10:32

«Veinte años sin Euskadiko Ezkerra», El Correo, 13-VI-2013

Veinte años sin Euskadiko Ezkerra

            En las elecciones generales de junio de 1993 se enfrentaron en las urnas las dos formaciones herederas de EE. La parte más nacionalista había formado Euskal Ezkerra, que se alió con Eusko Alkartasuna. El sector más socialista de Jon Larrínaga se había integrado en el PSE-PSOE para dar lugar al actual PSE-EE. La coalición EA-EuE obtuvo peores cifras que las de EA en solitario, por lo que la entente no tardó en romperse. En cambio, el PSE-EE de Ramón Jáuregui consiguió 293.000 sufragios. Se trataba de un hito histórico: no solo había conservado un tercio de los votos de EE, sino que, además, se convertía en la primera fuerza del País Vasco, amenazando la hegemonía del PNV (287.000). Se trató de un espejismo. En las autonómicas de 1994 el PNV obtuvo 304.000 papeletas y el PSE-EE 174.000. Pese a que aquel fiasco respondía al desprestigio del Gobierno González, algunos socialistas culparon a la convergencia. El legado de los euskadikos se diluyó mientras el sueño de un PSE-EE vasquista como alternativa de gobierno fue postergado durante casi una década. Pero esa es otra historia.

            La que nos ocupa tiene sus orígenes en 1974, año de la división de ETA. Por un lado surgió ETA militar, banda que hasta 2010 se ha dedicado a atacar a la democracia combinando una triple estrategia: la sangre de sus atentados terroristas, los votos de su brazo electoral (Herri Batasuna) y las manifestaciones de sus simpatizantes. Por otro lado quedó ETA político-militar, cuyo intento de combinar “lucha de masas” y “lucha armada” fracasó gracias a la actuación de Lobo, topo del SECED. La crisis subsiguiente de los polimilis fue aprovechada por Eduardo Moreno Bergaretxe (Pertur), quien propuso una renovación estratégica: ETApm había de pasar a retaguardia cediendo el protagonismo a la vanguardia dirigente: EIA, Euskal Iraultzarako Alderdia (Partido para la Revolución Vasca). A pesar de su desaparición en julio de 1976 y de las presiones de ETAm, el plan de Pertur siguió su curso. Así, EIA se coaligó con el Movimiento Comunista y formó las candidaturas de EE, que participaron en las elecciones democráticas del 15 de junio de 1977 obteniendo 64.000 sufragios y dos parlamentarios.

A partir de entonces, no sin pasos atrás, contradicciones y escisiones, EIA experimentó una transición dentro de la Transición. La evolución de los euskadikos, en la que tuvieron un papel destacado Mario Onaindia y Juan Mari Bandrés, les llevó del marxismo-leninismo a la socialdemocracia, de la complicidad con el terrorismo etarra al compromiso con la paz y del independentismo al autonomismo. En resumen, de ver la “democracia burguesa” como una herramienta para tomar el poder a concebir la democracia parlamentaria como “medio, método y fin”. En 1982 la formación se fusionó con el Partido Comunista de Roberto Lertxundi. Había nacido Euskadiko Ezkerra. Por descontado, ETAm y HB tacharon aquel viaje de traición a la patria.

Mientras duró, la “aventura cuerda” de los euskadikos fue sugerente por varios motivos. Primero, gozaron de un alto grado de democracia interna. Segundo, EE tuvo un llamativo desinterés por el poder político, prefiriendo ejercer de “Pepito Grillo”. Sintomáticamente, su entrada en el Gobierno Vasco a principios de los noventa fue lo que propició su autodestrucción. Tercero, fue el partido que con más firmeza y sinceridad defendió el Estatuto de Gernika, que entendía no solo como marco de convivencia entre los vascos, sino también como engarce de Euskadi en el seno de España. Esa fue la esencia de su nacionalismo heterodoxo (no aranista, integrador, progresista y autonomista), que culminó en 1988 cuando EE aprobó con un “sí inequívoco” la Constitución. Cuarto, hay un éxito por el que los euskadikos merecen ser recordados: la disolución de un sector de ETApm. Gracias a los acuerdos de Onaindia y el ministro del Interior de UCD Juan José Rosón, los séptimos se reinsertaron en la vida civil tras renunciar a la violencia. Quinto, EE dio otro paso trascendental por aquel camino cuando muchos de sus afiliados se adhirieron a movimientos pacifistas como Gesto por la Paz mientras que en 1988 Kepa Aulestia y el lehendakari Ardanza apadrinaban el Pacto de Ajuria Enea.

Ahora bien, las luces de EE no pueden borrar sus sombras, que las tuvo. Como poco, hay que destacar tres. Por una parte, hasta 1981 EIA mantuvo una relación de interdependencia con ETApm. Por otra, los esfuerzos de los euskadikos no pudieron evitar que una facción de los polimilis, los octavos, continuara con la violencia terrorista. Algunos de ellos, como Thierry y Arnaldo Otegi, reforzaron las filas de ETAm en 1984. Por último, no conviene olvidar que alguien pagó el precio del proceso de reinserción de los séptimos: las entonces silenciadas víctimas del terrorismo.

EE, que siempre tuvo más simpatizantes que votantes, fracasó en las urnas. Quizá su discurso ético, cívico y racional no tenía cabida en la crispada política vasca, en la que tan comunes eran el victimismo y la demagogia. Tampoco fue capaz de mantener su cohesión interna. La convivencia entre nacionalistas y no nacionalistas en una misma formación resultó imposible. El cisma de los euskadikos fue, en cierto modo, un precedente de lo que ocurrió con la política vasca en 1998, cuando se pusieron en marcha el Pacto de Estella y el frentismo abertzale.

El proyecto heterodoxo de EE naufragó, pero aquella travesía no fue en balde. Los euskadikos no consiguieron cambiar el rumbo del País Vasco, pero se cambiaron a sí mismos. Abandonaron una religión política del odio, aprendieron el valor de la democracia y se transformaron en ciudadanos en el más amplio sentido del término. No es poco. Otros han tardado treinta años y cientos de muertos en comenzar a planteárselo siquiera.

           

Artículo publicado en El Correo, 13-VI-2013.

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Roberto Moso en «El Correo»

Ayer Roberto Moso hacía esta reflexión sobre la Transición y EE en El Correo al hilo de mi libro.

Por cierto, mañana por la tarde hay dos planes muy interesantes en Vizcaya, que les recomiendo:

Idoia Estornes presenta su libro en Bilbao.

-Raúl López Romo, María Losada y Carlos Carnicero hacen lo propio con el suyo en Baracaldo.

Idoia Estornes presenta su libro en Bilbao

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Me acusan de «mesianismo» (y dos buenas noticias para compensar)

Pero España jamás está fuera de la historia. Ni en los detalles. Gaizka Fernández Soldevilla acaba de publicar su tesis doctoral sobre Euskadiko Ezkerra. Ha confeccionado sus conclusiones antes de realizar el trabajo. No es ese el tema, sino su solapa: «una obra que contribuye a una mejor comprensión del pasado reciente del País Vasco y, por ende, de España». ¿Publicidad gratuita? Para nada. Mesianismo.

Iñaki Egaña: «La obsesión», Gara, 8-VI-2013

Ayer Gara publicó un artículo de opinión de Iñaki Egaña Sevilla en el que se me citaba explícitamente. Por cierto, es la segunda vez que aparezco en dicho diario. Hace unos años algo así hubiera sido como para preocuparse mucho. Sea como fuese, el texto se cae por su propio peso, aunque se lo recomiendo, porque es un ejemplo paradInakiEganaigmático de la narrativa de la autodenominada «izquierda abertzale«. Se trata de un ejercicio de literatura militante sin ninguna relación con la Historia como disciplina, cuya metodología y objetivos es evidente que el autor no solo desconoce, sino que desprecia. Al fin y al cabo, Egaña Sevilla no es un historiador, sino un propagandista que intenta legitimar una opción política determinada (el nacionalismo vasco radical) dotándole de argumentos seudohistóricos. Estos no resistirían ningún análisis crítico, pero eso es lo de menos, ya que no apela a la razón del lector, sino a su fe en el supuesto «conflicto secular» que enfrenta a los agresores españoles y los agredidos vascos, «una de las comunidades naturales más antiguas de Europa, presente en el territorio actual desde al menos el último Máximo Glacial». Ahí es nada.

Para escribir mi tesis doctoral he tenido que estudiar bastante de esta literatura sesgada y partidista, incluyendo varias obras de Egaña Sevilla, como su Diccionario histórico-político de Euskal Herria (Txalaparta, 1996). Creo que fue Cervantes quien escribió que incluso los libros malos pueden tener algo bueno. Tenía toda la razón: a veces uno encuentra datos útiles en la propaganda (sea esta del bando que sea, claro está), aunque siempre hay que tomarlos con el debido cuidado para contrastalos , no sea que reproduzcamos acriticamente falsedades, mitos y tergiversaciones interesadas. Espero sacar tiempo esta semana para profundizar más en el tema.

Conociendo el «método» y la «calidad científica» de Egaña Sevilla, a nadie puede sorprender que desdeñe cualquier obra de corte académico, aunque tanto él como otros de sus colegas no han dudado en aprovechar (sin citarlos adecuadamente) los trabajos publicados por la historiografía profesional vasca. Ahora bien, llama poderosamente la atención que un autodenominado «historiador» tenga el valor de tachar una tesis doctoral de «mesianismo» después de leer… su contracubierta. Un gran esfuerzo intelectual, sin duda alguna. Esperemos que algún día se recupere y sea capaz de echarle un ojo al índice. Por cierto, Iñaki Egaña Sevilla, quien por algún motivo suele olvidarse de poner su segundo apellido, confunde en su artículo «solapa» con «contracubierta». Definitivamente los libros no son lo suyo.

Por suerte, este fin de semana trajo otras noticias más gratas, que me acaban de comunicar. Al parecer, Héroes, heterodoxos y traidores figuraba ayer en el número 10 de la lista de los libros más vendidos de no ficción en Territorios, el suplemento cultural de El Correo. Muchas gracias a las personas que lo han comprado, porque me ha hecho muchísima ilusión. Hoy en ese mismo periódico aparece un texto en euskera, «Gorrak eta baturroak», escrito por Roberto Mosso, que espero poder colgar cuanto antes.

Territorios

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9 junio, 2013 · 19:02

Una declaración…

Una declaración de principios no es un proyecto, como tampoco lo es el programa máximo de un partido. Un partido puede, por ejemplo, aprobar una resolución en la que se hable de abolir la propiedad, conquistar el Estado, instaurar una república federal, hacer la revolución o cualquier otro objetivo perfectamente inalcanzable en el momento en que se formula. Si no dispone de un plan, ni acopia recursos, ni actúa con miras a la ejecución de esta resolución, nada de eso forma parte de su proyecto; lo más probable es que forme parte de su ideología, de sus creencias o del mundo de sus valores, tal vez de sus metas lejanas, pero no de un proyecto de actuación.

JULIÁ, Santos (2006): «En torno a los proyectos de transición y sus imprevistos resultados», en MOLINERO, Carme (ed.): La Transición, treinta años después. Barcelona: Península, pp. 62-63.

PD 1: A veces, cuando veo a determinados dirigentes políticos hablando ante las cámaras, recuerdo esta cita de Santos Juliá, que en su momento me esclareció muchas cosas. Pero la cita no solo es válida para los partidos políticos (creo que los hemos convertido en cabezas de turco para ocultar que sus defectos son, en gran medida, reflejo de los nuestros como individuos y como sociedad), sino también para los ciudadanos de a pie, para todos nosotros, que muchas veces gastamos saliva en hacer promesas y declaraciones vacías a otras personas, palabras que no significan nada, que solo son fuegos artificiales. Cuesta diferenciar una cosa y otra, pero al final se aprende. Eso espero.

PD 2: Este historiador, por cierto, participa esta tarde en un interesante acto en Bilbao.

PD 3: Si hay alguien de Vitoria en la sala, debería pasarse mañana por el acto de presentación de Cómo pudo pasarnos esto de Idoia Estornes, cuya invitación adjunto.

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6 junio, 2013 · 8:56

Los límites de la historia

Como José Luis de la Granja (El nacionalismo vasco. Claves de su historia, 2009), cuando comencé a investigar y escribir creía firmemente que «el conocimiento del pasado reciente no soluciona los problemas del presente, pero sí contribuye a su entendimiento, para evitar repetir errores históricos, que es condición necesaria para su resolución en el futuro». Sin embargo, reconozco que a veces son bastante pesimista al respecto. Hay que constatar que estos nobles propósitos chocan demasiado a menudo contra la dura realidad

El historiador guipuzcoano Juan Pablo FusiLos vascos y su historia», El Correo, 5-IV-1987) denunciaba en 1987 que la mayoría de la ciudadanía de Euskadi conocía la figura del general carlista Tomás de Zumalacárregui, pero desconocía la de su hermano, Miguel Antonio de Zumalacárregui, político vasco progresista que ocupó los cargos de diputado, ministro y presidente de las Cortes. Era el paradigma de cómo el «País Vasco desconoce su historia más reciente. Está forjándose una conciencia de sí mismo mutilada y deforme: está construyendo su identidad sobre una amputación brutal de la verdad histórica. Tal vez se esté aún a tiempo de rectificar». Fusi todavía tenía confianza en que los historiadores y los medios de comunicación recuperaran para el gran público «la verdadera historia del País Vasco».

Hoy en día Tomás de Zumalacárregui tiene un lugar destacado en los libros escolares e incluso ha dado nombre a calles (incluyendo una enorme avenida en Bilbao, la misma ciudad que ordenó bombardear). Miguel Antonio permanece relegado, aunque, como me corrige amablemente un lector, el museo Zumalacárregui, sito en Guipúzcoa, sí que se ha preocupado en rememorar su figura y la del liberalismo.

El filólogo y ensayista Jon Juaristi se propuso con El linaje de Aitor (1987) «la tarea de sacar a nuestro pueblo de su letal ensimismamiento. Será preciso, para ello, que muera nuestro pasado y, con él, todas las ensoñaciones románticas que han distorsionado trágicamente la imagen del pueblo vasco». Once años después, en la edición de 1998, admitía que, pese a la «edad dorada» de la historiografía vasca, «la recuperación de la historia no se ha traducido en una correlativa erosión de los mitos y falsificaciones» que continuaban imperantes. «El viaje no ha merecido la pena». El mensaje de El linaje de Aitor, al igual que el de otras muchas obras de historia, no había llegado ni al «hombre de la calle» ni a «los mismos universitarios».

Probablemente la dificultad resida, como afirmaba Granja, en que «la historia que divulgan los medios de comunicación de masas no coincide con el nivel de conocimiento alcanzado por la historiografía vasca». Sea por este o por otros motivos (nuestros propios errores, al escribir para otros historiadores, no para el ciudadano medio; el desinterés de los medios de comunicación, comparable con el de muchos historiadores respecto a la divulgación; el desprecio por el conocimiento de nuestra generación; los hábitos de lectura, etc.), lo cierto es que la historia rigurosa no llega a su público potencial. Aunque la historiografía vasca sea pujante, que lo es, la academia funciona como un circuito cerrado: lo que produce se queda allí como material de nueva producción intelectual, que se queda allí. El hueco que deja lo ocupa la literatura histórica sesgada, partidista y combativa. Hay panfletos antinacionalistas y nacionalistas (vascos) radicales, pero en Euskadi tienen más éxito estos últimos, sobre todo porque están impulsados por los engranajes de la maquinaria cultural de la «izquierda abertzale«, que incluye medios de comunicación, editoriales, distribuidora de libros, librerías, etc. Así, por desgracia, los mitos permanecen vivos. Y, con ellos su derivado: el odio, el victimismo, el sentimiento de superioridad, etc.

Es una batalla desigual, por tanto, la que se establece entre la historia profesional y la literatura partidista. Una batalla que la primera lleva años perdiendo. No hay que rendirse, desde luego, pero hay que tenerlo en cuenta. Es necesario salir del gueto académico sea como sea, intentando llegar a la ciudadanía. El historiador no puede ser un erudito que escriba para otros eruditos. Tiene una función social que cumplir. De otro modo, todo su esfuerzo, todo su trabajo, no serviría de nada.

Tomas de Zumalacarregui

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El infierno somos nosotros

Nada consuela tanto como buscar un cabeza de turco al que achacar los problemas individuales y colectivos, o sea, todo lo malo que nos pasa. Funciona tanto a nivel personal como en la política. En ese sentido, Eric Hoffer (El fanático sincero) afirmaba que «un movimiento de masas puede surgir y extenderse sin creer en un Dios, pero nunca sin creer en un demonio». Eso explica, en cierto modo, el relativo éxito de los nacionalismos que han adoptado un discurso maniqueo y «conspiparanoico». Al marcar un chivo expiatorio, como señala Martín Alonso, su narrativa entronca con el «pensamiento primario» del ser humano: la predisposición a imputar a otros «la responsabilidad de los acontecimientos desagradables» y la «tendencia a la hipersimplificación, que se expresa en su preferencia por explicaciones monocausales». Pero tampoco nos engañemos, en España no solo los patriotas periféricos utilizan tal recurso. Baste escuchar la burda retórica dicotómica de los portavoces del PP o del PSOE.
A nivel simbólico y emocional señalar un cabeza de turco resulta mucho más rentable que asumir la propia responsabilidad y hacer autocrítica. Cuando nos va mal, casi nunca nos cuestionamos nuestras propias acciones. Ya saben, la paja en el ojo ajeno y la viga en el nuestro. A la hora de aliviar frustraciones, es mucho más sencillo echarle la culpa a infieles, judíos, herejes, brujas, extranjeros, maketos, sacerdotes, rojos, «españoles», traidores o (últimamente) funcionarios y políticos en general; sin olvidarnos, claro está, de padres, exparejas, jefes, profesores, compañeros de trabajo, amigos o a quien vive en el piso de al lado. Eso pensaba yo, solazándome en mi misantropía, mientras asistía a una tumultuosa reunión de la comunidad de vecinos. Entonces he recordado cierta escena de La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999) en la que el profesor le dice al niño: “¿Es usted capaz de guardar un secreto? Pues, en secreto, ese infierno del más allá no existe. El odio, la crueldad: eso es el infierno. A veces el infierno somos nosotros mismos». Ojalá fuera escritor para poder sintetizar estas ideas en tan pocas y tan dolorosamente hermosas palabras.

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2 marzo, 2013 · 12:14

Entrevista en Radio Exterior

A partir del minuto 22.

Y aquí una entrevista en El Mundo, al hilo del mismo asunto: el Congreso de Sortu.

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25 febrero, 2013 · 14:32