GFS: “El antifranquismo de ETA”, El Correo, 22-II-2021

En enero de 1967 ETA anunció que, cuando llegase la hora de su victoria, “estudiaremos nuestra verdadera Historia, dejando a un lado las enciclopedias de burgueses y españoles”. Pese a los 853 asesinatos, 2.600 heridos y 86 secuestros que cometió, la banda se tuvo que disolver sin alcanzar sus objetivos fundacionales. Tampoco pudo reemplazar los libros de historia por otros patrióticamente correctos.

Sin embargo, el nacionalismo radical no ha renunciado a reescribir el pasado, tarea a la que dedica fundaciones, asociaciones, editoriales, medios de comunicación, seudohistoriadores y activistas digitales. Aunque a veces cuentan con el apoyo o el altavoz de ciertos entes públicos, por lo general se trata de iniciativas privadas cuyo mensaje ni llega al mundo académico ni convence a la ciudadanía vasca. No obstante, como demostró el asalto al Capitolio de los EEUU, sería un error desdeñar el poder de las denominadas fake news. Siguiendo a Martín Alonso, “las historias ficticias producen emociones reales y las emociones tienen consecuencias”. Aquí sabemos perfectamente a dónde llevan las mentiras, la ira y el odio.

En tal empeño la “izquierda abertzale” vampiriza términos, fechas, hitos y símbolos de culturas políticas ajenas a la suya. Así, se apropia e instrumentaliza (¡a la vez!) la monarquía navarra, el carlismo, el movimiento obrero, la II República, ANV, Jagi-Jagi, los milicianos y los gudaris de la Guerra Civil o los nuevos movimientos sociales.

También pretende hacer pasar a ETA por la punta de lanza del antifranquismo. ¿Lo fue? Es irónico, pero hace mucho que la propia organización respondió a esa pregunta. En sus palabras, “todo sistema español en Euzkadi es una opresión extranjera, sea este sistema monarquía, república, dictadura, ‘democracia’ capitalista o república ‘democrática’” (1964). Una vez que adoptó la estrategia de acción-reacción-acción (realizar atentados terroristas para provocar una represión brutal que desencadenase una “guerra revolucionaria”), ETA se convenció de que “la dictadura del General Franco está siendo para nuestro pueblo infinitamente más positiva que una República democrático-burguesa” (1965).

El año anterior ya había advertido de que el “antifranquismo lucha contra Franco, como si no hubiera opresión española sobre Euzkadi. Nosotros luchamos contra la opresión española en Euzkadi como si no hubiera Franco”. Y es que veían al dictador como un “mero accidente histórico”: España y Francia eran “nuestros auténticos enemigos”. Por eso ETA jamás reivindicó la II República. “La bandera rojo-amarillo-morada (…) es para nosotros tan símbolo extranjero como la rojo-amarilla… y la destruiremos (en Euzkadi naturalmente; ¡allá los españoles con sus banderas en España!) si llega el caso”. Así, la organización se negaba a colaborar con las instituciones republicanas y las fuerzas antifranquistas no nacionalistas, algo que sí hacían el PNV, ANV y ELA, lo que les costó continuos reproches.

ETA tampoco era demócrata. Que perpetrase atentados durante el final del régimen no significa que quisiese sustituirlo por un sistema representativo como los de Europa occidental. Por ejemplo, en 1965, temiendo que el dictador muriese repentinamente y se instaurase “un gobierno democrático burgués que ahogaría nuestras posibilidades”, el grupo se preparó para “intentar un golpe de Estado al amparo de los primeros momentos de confusión”. ETA seguía el modelo de la toma del poder en países como Argelia, Cuba, Vietnam, China o los satélites de la URSS, así como de su sistema político. La organización no aspiraba a una democracia parlamentaria, sino a un “Estado Socialista Vasco”, es decir, a una dictadura de partido único.

Además de por sus documentos históricos, el supuesto antifranquismo de ETA también queda desmentido por sus actos. Como calculó Raúl López Romo, hasta el fallecimiento de Franco en noviembre de 1975 la banda causó el 5% de sus víctimas mortales. El resto de los asesinatos, el 95%, tuvieron lugar después de esa fecha. Y es que, desde la perspectiva del ultranacionalismo, la restauración de la democracia, la Ley de Amnistía o el Estatuto de Autonomía de Euskadi no supusieron un cambio real. Únicamente eran “accidentes históricos”. Como Franco.

Zuri guztiak ez dira elurrak: no todas las cosas blancas son nieve. Antiespañola e independentista, ETA solo fue una organización antifranquista de forma coyuntural. Excepto cuando le interesaba por motivos propagandísticos, siempre rechazó ser definida como tal. Ponerle ahora esa etiqueta supondría un insulto a la memoria de los antifranquistas que, pagando un alto precio, se enfrentaron a la dictadura y contribuyeron a traer la democracia.

Fuente: El Correo

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